La burbuja

La burbuja

Una vida activa en redes sociales entraña un peligro evidente que en demasiadas ocasiones nos empeñamos en obviar: vivimos en una burbuja. El día a día físico nos pone —un poquito— en contacto con personas de otros ámbitos, con gente afín a otras opiniones, pero cuando nos sumergimos en la maraña social de Internet tendemos a establecer lazos con aquellos que tienen gustos, intereses y pareceres similares a los nuestros. Nos sentimos cómodos y a gusto así, recibiendo «megustas» en cada tuit de pataleta social y en ese chiste sobre el líder del partido político más alejado de nuestra papeleta electoral. Y olvidamos que existe todo un mundo más allá, un universo paralelo de gente que vive a nuestro lado, pero que entiende la realidad e interpreta sus necesidades de forma diametralmente opuesta a la nuestra.

Nunca había sido tan consciente de la existencia de esos universos paralelos como el día en que mamá y yo compartimos una noche de cena y concierto con los amigos del trabajo de mi hermana. La tía de nuestra gusanita trabaja en una gran empresa de auditoría, de esas de traje y corbata para los hombres aunque el sol les apriete los pescuezos con la sequedad aplastante del verano madrileño. Nos encontramos en un irlandés cerca de una de las colmenas de oficinas de Azca. Y empezó el baño de realidad. Entre auditores, abogados y registradores de la propiedad aprendimos que existían jóvenes de nuestra edad que sólo acudían a fiestas nocturnas que les garantizaran que un aparcacoches les ahorraría rayones en su Mercedes de 60.000€ después de 3 ó 4 gin-tonics a 15€ la copa; conocimos —como las meigas, haberlas, haylas— mujeres florero de apenas 30 años que desconocen lo que cuesta un café porque su marido lo paga todo con la tarjeta —«black» o no, nunca lo sabremos— de ese bufete de abogados cuyo nombre descuelga un apellido compuesto tras otro cual dinastía élfica del «Simarillion»; nos dimos cuenta, en definitiva, de que nuestra vida no tenía nada que ver con la de todos esos jóvenes oscuramente trajeados que no nos habrían tocado ni con un puntero láser atado al extremo de un palo si nos hubieran visto en cualquiera de las sentadas del 15M que a nosotros nos ponían «la gallina de piel».

Exactamente así es como me siento tras haber dejado reposar unos días la lectura de este artículo de Carmen Posadas. Y sí, pongo el enlace, porque su opinión merece una visita tanto como cualquier otra, porque tenemos que esforzarnos por clavarle un alfiler a nuestra burbuja. Podría haber escrito esta entrada inmediatamente después de que sus palabras me encendieran las entrañas; podría haberla juzgado, como hace ella con vosotras, con las mamás a las que yo me siento más cercano;  podría decir que qué derecho tiene ella a opinar acerca de vuestra vida terrenal desde la posición acomodada que su familia privilegiada a buen seguro le ha garantizado; podría dar por hecho que en casa de la mujer del Gobernador del Banco de España mamá no tenía que agacharse a limpiar vómitos de bebé del viejo suelo de la cocina, que no sería ella quien cambiaba pañales, quien consolaba con unos brazos que parecen estirarse hasta el suelo después de horas de arrullo a un llanto inconsolable. Pero no lo voy a hacer, porque no lo sé, y porque aunque lo supiera, no soy nadie para juzgar sus decisiones vitales ni de crianza.

Ella, en cambio, sí juzga. Desde una pretendida posición poseedora de la única verdad del feminismo, desplaza de un plumazo a todos los hombres del cuadro y carga una vez más las tintas sobre las mismas dianas aburridas de siempre: las mujeres, las madres. Y seguramente lo haga también desde una burbuja, pero no por eso deja de hacer —en mi humilde opinión— un flaco favor a la causa que aparenta defender.

«”El viernes es la fiesta de fin de curso, cada madre traerá algo para la merienda. Por supuesto tú puedes aportar una tarta que compres por ahí en vez de algo casero, como estás tan ocupada…”. Este diálogo, sacado de una película de Anne Hathaway, resume un hecho nuevo y nada tranquilizador: el regreso, a través de la moda de lo natural y ecológico, de ciertos roles femeninos más ancestrales y retrógrados.»

¿Pero por qué precisamente «femeninos»? Ya sabéis que nosotros en casa defendemos en buena medida esa vuelta a lo casero; ¿acaso significa eso que mamá haya abandonado su rol de mujer trabajadora e independiente para someterse al hogar? En primer lugar: no. Y en segundo lugar: ¿y qué si ella hubiera decidido hacerlo así? ¿Es algo de lo que avergonzarse pretender trabajar en el hogar? ¿Tengo que sentirme humillado yo por haber elegido dejar mi puesto en una empresa durante un tiempo para dedicarme a mi hija y a mi hogar?

No, Carmen Posadas, no. Eso que tú llamas una moda no es tal, y lo que trae no son viejos roles que tú eliges atribuir a las madres. Eso que tú llamas una moda está revolucionando muchos hogares con nuevos roles masculinos que pareces desconocer, porque ya no asumimos que sea mamá la que debe llevar la tarta al cole, porque somos ya muchos los padres que cocinamos para nuestros hijos. Y nos gusta. Y nos sentimos orgullosos de ello. Eso que tú llamas una moda puede que lo que esté llevando a nuestra despensa sea una dieta más sana alejada de la bollería industrial, una conciencia más profunda sobre las implicaciones que nuestro estilo de vida tiene sobre los demás y sobre el medio ambiente que nos rodea. Y tú eres libre de no compartir la filosofía de eso que tú llamas una moda, pero déjanos a nosotros ser libres de hacer lo que nos dé la gana.

«Ante mi sorpresa, llegada la hora empezó a dar de mamar al retoño después de que este, hablando como un catedrático, solicitara el servicio de comedor. No seré yo quien se mese los cabellos ante las madres que reclaman su derecho a alimentar a sus hijos cómo y cuándo les plazca, allá cada cual con su particular afán de protagonismo, por no decir exhibicionismo.»

Curiosa forma la tuya, Carmen Posadas, de no mesarte los cabellos. Curiosa también, tu forma de defender el feminismo desde una óptica que ataca a las mujeres que deciden ser soberanas de su cuerpo y utilizarlo para aquello para lo que consideran que la Naturaleza se lo ha dado. Atrevida, más que curiosa, tu forma de calificar su actitud desde una postura que ignora toda evidencia científica acerca de las maneras óptimas en el ámbito de la lactancia materna. ¿Es exhibicionista quien da un biberón a un bebé en público acaso? Seguimos erre que erre dejando que la sexualización que hemos hecho del pecho femenino oprima la libertad de las madres para dárselo a sus hijos cuando consideren oportuno. Seguimos permitiendo que la machista cosificación del cuerpo femenino determine lo que les consentimos y lo que no a las mujeres.

«Pero ¿es compatible con una vida profesional amamantar niños hasta esa edad?

Cuando quieras, Carmen Posadas, estás invitada a nuestro humilde hogar. Si eres capaz de tolerar que te ofrezcamos un bizcocho cocinado en casa, podrás comprobar en primera persona que es posible —que no fácil— desarrollar una vida profesional plena al mismo tiempo que se amamanta a un niño de dos años. Insisto: no es fácil. ¿Significa eso que debamos darnos por vencidos? ¿Tenemos que renunciar a lo que consideramos mejor para nuestros hijos sólo porque tú nos digas que es imposible? El hecho de que resulte tan complicado en muchos casos debería ser, precisamente, un aliciente para fomentar políticas y medidas que lo faciliten, no un motivo de crítica para quienes se esfuerzan por conseguirlo. Olé por todas esas madres que consiguen hacerlo compatible a pesar de las dificultades; tienen mi más sincera admiración.

Hagamos un ejercicio: reemplacemos la lactancia que tanto te perturba por un hábito físico saludable. ¿Es compatible hacer algo de deporte todos los días con una vida profesional? Desde luego que sí. Exige un esfuerzo, claro está. Hay que madrugar, o trasnochar, o renunciar al tiempo que le dedicamos a otros quehaceres diarios, pero es más que posible. ¿Te supone también un problema que alguien se esfuerce por mantener una rutina saludable en este sentido?

«Tampoco parece muy compatible con el trabajo lo que propugnan las muy progresistas ‘miembras’ de la CUP. Ellas desean que los centros de salud promuevan «métodos alternativos de recoger el sangrado menstrual» a los caros y poco ecológicos tampones y compresas. Para ello abogan por el sangrado libre (sic) y la utilización de esponjas marinas (sic también).»

Se te olvida un último «sic», Carmen Posadas: también abogan por la utilización de la copa menstrual, un invento del mismísimo demonio cuyo uso resulta infinitamente más económico y respetuoso con el medio ambiente que el de las alternativas «tradicionales» que supongo tú defiendes. ¿Pero a ti qué más te da cómo recojan «el sangrado menstrual» las demás mujeres? ¿Por qué ese empeño en llevar al extremo todas las posturas de la Izquierda? ¿Por qué esa predisposición negativa a todo lo que suena a cambio? ¿Qué clase de feminismo es ese tuyo, Carmen Posadas, que niega a las mujeres, otra vez, el derecho a decidir sobre su cuerpo?

«El 80 por ciento de los adolescentes dice conocer actos de violencia en parejas de su edad, mientras que más de la mitad de las víctimas no identifica la violencia machista. “Me controla porque me quiere” o “solo quiere protegerme” son los argumentos más habituales. Quizá lo más inquietante de estas nuevas conductas femeninas es que muchas de ellas germinan y crecen florecientes abonadas por la culpa. ¿Soy una mala madre porque no hago tartas caseras y compro el disfraz del niño en un chino en vez de coserlo primorosamente con mis manos? ¿Y si no lo amamanto hasta que tenga dientes? ¿Y si no paro con dolor? ¿Y si estropeo el medioambiente con mis tampones y compresas?

Es curioso que en esas tribulaciones pretendas, Carmen Posadas, encontrar el germen de las conductas femeninas de las adolescentes. ¿Conoces muchos casos de jóvenes mujeres menores de 20 años que se culpen pensando si van o no a coser los disfraces de sus hijos aún por concebir? ¿O que se planteen cómo de buenas madres serán en función del tiempo que dure su lactancia? Ojalá tú hayas disfrutado de libertad para elegir cómo querías ejercer tu papel de madre, una libertad que pretendes llenarles de sentimientos negativos a aquellas que deciden desarrollarlo de una forma diferente a la que tú consideras ortodoxa y correcta. Con tus palabras hirientes no haces sino profundizar en la culpabilización de las madres.

«El gran engañabobos de estas nuevas conductas neomujeriles es que cuentan con la coartada de la vida natural y ecológica. ¿En qué momento las mujeres que tanto luchamos por la igualdad levantamos la guardia y evitamos ver que, llevadas al extremo, teorías como estas pueden acabar devolviéndonos a viejos roles femeniles? Una vuelta a «en casa y con la pata quebrada» y sin que nadie nos obligue, además.

¿Y por qué un estilo de vida más ecológico no puede implicar también al hombre? Insistes una y otra vez en despreciar nuestro papel en todo esto y te equivocas. ¡Eres tú quien llevas estas «teorías» al extremo con ejemplos torticeros! Somos muchos los que intentamos alejarnos de una vida de plástico y acelerada impuesta desde fuera, y en la mayor parte de los casos lo hacemos con un reparto de roles cada vez más equitativo y justo.

El gran engañabobos fue una emancipación de la mujer que nunca llegó a ser tal, porque os incorporasteis al mercado laboral sin que vuestra contraparte, nosotros los hombres, se incorporara al hogar. Y seguíais siendo las responsables de las tareas domésticas, y de los hijos, y de su crianza. Y precisamente contra eso, contra esa presión añadida que soportáis tantas mujeres, es contra lo que intentamos luchar muchos mientras se termina el sofrito de ese tomate casero que tanto te disgusta.

«Nuestros primeros años como profesionales son brillantes, pero cuando el reloj biológico comienza a hacer tictac, se acabó puesto de relumbrón y sueldo espléndido, la maternidad es lo primero. Y lo es, pero tampoco hace falta inmolarse en su pira. La vida moderna permite compatibilizar trabajo y familia.»

¿Ahora sí lo permite? Claro que sí, pero sólo desde lo que tú entiendes como «trabajo» y «familia», ¿verdad? Cualquier otro acercamiento a la vida familiar es necesariamente machista, desde tu punto de vista. Mientras no seas capaz de entender que hay madres que eligen estar junto a sus hijos, ¡y cada vez más padres!, serás incapaz de acercarte siquiera a comprender por qué nos gusta comer tarta casera. Compra una tarta congelada, Carmen Posadas, a nosotros no nos importa. O sí, quién sabe, porque quizá tu actitud egoísta no haga sino contribuir a que un planeta que también es nuestro envejezca entre islas de plástico, a que las mujeres sigan sintiéndose culpables de elegir y obligadas a justificarse… Rompe tu burbuja, Carmen; hay vida más allá.

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11 thoughts on “La burbuja”

  1. Me ha encantado tu artículo!!!! Conciso, contundente y desde el respeto. Una delicia!

    te acabo de descubrir así que voy s seguir brújuleando por tu blog.

    Gracias!!

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  2. Me encanto el post, y lo de esa señora hay gente que dice cosas sin saber de que habla.

    Me quedo en casa, hago pasteles, intento coser el disfraz, y soy feminista, porque el feminismo trata de que las mujeres y los hombres podamos elegir, que no por ser de un sexo la sociedad diga tienes que hacer ” x” y no puedes hacer “y”, pero eso no quiere decir que no puedas hacer x o no hacer y. En casa hicimos cuentas, confirmamos que a mi que me encanta hacer esas cosas y no me gustaba mi trabajo, y que a mi marido le gusta su trabajo y no le gustas hacer pasteles xD lo que mejor nos funcionaba y nos hacia felices era que me quedara en casa, teniendo en cuenta que quedarme en casa significa trabajar, con un jefe que puede ser igual de bebé que muchos por que es un bebé. Y si a mi me hubiera encantado mi trabajo, y mi marido odiara el suyo, pues seria él quien trabajara en casa y yo fuera de ella, y sin problemas. Y él participa en casa, no me ayuda es su casa, su familia, pero no tenemos quien nos limpie, ni compramos comida preparada, ni guardería, ect y hay quien dice ¿por que no trabajas limpiando casas? Para que trabaje fuera de casa y así ganar un sueldo y gastarlo en alguien que me cuida la casa o al niño… “Muy lógico” pero mas aceptado.

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    1. Así lo entiendo yo también, Carla. No comprendo que el feminismo acabe criticando precisamente a las mujeres que eligen, y que eligen, además, una opción que no es precisamente más fácil. Como tú dices, está mucho más aceptado externalizar el cuidado de los hijos y del hogar que hacerlo uno mismo. Que habrá que luchar para que ninguna mujer sienta presión por ser ella la que se quede en casa, está claro, pero criminalizar a la que elige hacerlo no ayuda ni lo más mínimo.

      ¡Muchas gracias por comentar, y enhorabuena por haber encontrado ese encaje de bolillos que os funciona y os hace felices! Eso es lo verdaderamente importante 😉

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  3. Puedo decir sin miedo a equivocarme que es el mejor post que he leído hasta la fecha. Sé que te he dicho varias veces lo mismo pero es que con este te superas, amigo. Me he negado a leer el texto de Carmen Psadas porque mi salud mental me pedía que no lo hiciera o me iba a enfadar mucho. También es que el tiempo últimamente no me permite cabrearme más allá de lo necesario 🙂 Pero me ha gustado descubrirlo a través de ti porque has escrito palabra a palabra lo que yo hubiera dicho. Qué bonito encontrar tanta afinidad ❤

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    1. Jejejeje, eso de que es el mejor ya es trampa entonces, pero me alegra que te haya gustado. Y me alegra también saber que ya no encuentras tiempo para cabrearte, no porque no tengas mucho tiempo libre, sino porque el poco que tienes lo emplees en mejores menesteres 😉

      Eso sí, en mi comentario de texto dejé una parte fuera porque no estoy muy informado al respecto, aunque la opinión básica sería la misma que ya expreso en general con respecto a lo que hace Carmen Posadas con vuestra libertad para usar vuestro cuerpo como os plazca. Es un fragmento que le dedica al parto en casa, te puedes imaginar en qué línea… Algún día tendré que hablar de esas cosas si nos vuelve a tocar pasar por esa experiencia.

      ¡Un beso, Diana, y gracias por venir!

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  4. Es la primera vez que leo tu blog y me ha gustado el tono desde el que defiendes tu postura. Postura que comparto, por otra parte. Creo que uno de los graves errores del feminismo ha sido precisamente lo que apuntas en tu entrada: olvidarse de incluir al hombre. A la señora Posadas se le olvidó ese pequeño detalle en su alegato, tal vez porque sus estructuras mentales sobre la familia no están tan evolucionadas como ella misma presume.

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    1. ¡Hola, Paula!

      Me alegra que te haya gustado el tono. Compartir la postura o no ya es cuestión de cómo vea las cosas cada uno, y precisamente sobre cómo enfocar el feminismo en este aspecto ya sabemos que hay muchas posturas tristemente enfrentadas. Aunque intente entender todas ellas, no creo que pueda llegar a compartir que el cambio vaya a producirse sin la participación de los hombres, que somos precisamente buena parte del problema.

      En fin, que me desvío del tema. Como dices, no parece que esta señora tenga una concepción muy progresista ni evolucionada de la familia, la verdad.

      ¡Muchas gracias por pasarte y comentar!

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