BLW, papá también aprende

Es mucho lo que se ha escrito ya sobre el baby led weaning o BLW, como se conoce en inglés a la alimentación complementaria dirigida por el bebé. Ya os he contado en más de una ocasión que, antes de tener la suerte de ver nacer a mi hija, sabía yo tanto acerca del funcionamiento de un bebé como del mantenimiento de una central termonuclear. Me sorprendió enormemente, por tanto, enterarme de que niños tan pequeños son capaces de manejar alimentos mucho más allá de las tradicionales «tres pes»: purés, papillas y potitos.

Se ha escrito mucho sobre el método, ya digo, así que dejaré que cada uno acuda a las fuentes que considere más oportunas para informarse sobre las bondades y maldades de este método que algunos consideran revolucionario y que otros entendemos como natural. Podéis bucear en la Madresfera en busca del relato de otros padres que os contarán cómo sus hijos empezaron a comer —o no— mientras trataban de aplicar con más o menos éxito la filosofía que propone el BLW.

No os voy a contar lo que nuestra hija aprendió o dejó de aprender, ni os voy a dar consejos sobre cómo sobrevivir al apocalipsis de las manchas, a los comentarios cansinos de terceros, o a los bebés escupidores. Os voy a contar lo que a mí me ha aportado, y me sigue aportando, cada día que comemos juntos los dos:

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Niños de lonja

Nuestro final de curso se acerca y, como ya sucedió hace un par de meses, esta semana hemos recibido un boletín de nuestra escuela infantil evaluando el desempeño de nuestra hija. Una de las áreas que el informe analiza es la del idioma extranjero que forma parte de su plan curricular desde que entran en la clase de mayores de un año. Entre las tres filas que describen distintas aptitudes del niño con respecto al idioma dos marcas de bolígrafo asoman en la columna que encabeza una decepcionada cara triste. La tercera marca consiguió avanzar una casilla hasta la siguiente columna. Todavía no es la de la felicidad; está presidida por una decepción más neutra dibujada en la mueca plana de un emoticono que deja frío.

Con mi sarcástica exageración habitual, se me ocurrió anunciar en un tuit que la pequeña de casa había suspendido inglés con apenas un año. Creo que nunca una intervención mía en ninguna red social había generado tantas reacciones. Me arrepiento incluso de haberlo expresado así; técnicamente no hemos recibido nota numérica alguna, ni hemos leído la palabra «suspenso» en ningún epígrafe. Ni siquiera hay mención a aquel viejo «necesita mejorar» que con tanta corrección política pretendía evitar frustraciones a los alumnos. Sin embargo, entiendo que el fondo del asunto es el mismo: la escuela está evaluando y puntuando a niños que no han cumplido aún los dos años.

No quiero ser dramático —«pues será la primera vez», diréis los que me leéis más a menudo—. Simplemente me cuesta entender la necesidad de enfocar así los primeros años de nuestros hijos. Nuestra gusanita tiene compañeros de clase que pasan en la escuela hasta 12 horas al día desde que apenas tenían unos meses. Comprendo que esos padres sientan, ya no una necesidad, sino el ansia viva de saber qué hace su hijo, qué ha aprendido, cómo se desenvuelve… Si estuviera yo en su lugar y hubiera en el aseo de mi trabajo un agujerito por el que espiar lo que sucede en la guardería de mi hija, mis compañeros pensarían que sufro de algún tipo de afección intestinal que cursara con diarrea crónica. Voy más allá: si un niño pasa tantísimas horas más en la escuela que con sus padres, supongo que es mucho más probable que cualquier tipo de alteración en el desarrollo físico o cognitivo sea detectada primero por quienes más tiempo pasan con él: el personal de la escuela.

A un niño de un año el contenido del informe le viene a importar lo mismo que la cotización del dólar canadiense. Mi hija no va a sentir que ha fracasado, ni se va a poner nerviosa por no haber obtenido tres caritas sonrientes en Inglés. A nosotros como padres tampoco nos afecta mucho; somos de la opinión de que cada niño tiene su ritmo y, con la obvia salvedad de aquellos que presenten problemas en su desarrollo, todos irán completando etapas tarde o temprano. No nos preocupa lo más mínimo quién fue el primer bebé de la clase en ponerse de pie, en caminar o en empezar a nombrarse a sí mismo. A lo mejor somos unos «dejaos», no lo sé.

No obstante nuestra dejadez, creo que sería más positivo enfocar este tipo de documentos como una descripción más neutra. Si el personal está preparado para evaluar hitos en el uso del lenguaje por parte de los niños —por ejemplo—, entiendo que podrían llamar la atención de los padres en caso de que detectaran cualquier anomalía. No es necesario dar pie al espíritu competitivo que tristemente ha sido siempre imperante en los corrillos de parque y conversaciones de vecinos con sobrinos.

Las formas son importantes y se pueden contar las cosas utilizando muchos enfoques. No hay necesidad de puntuar; me da igual si es con números, con frases rimbombantes o con emoticonos de WhatsApp. En un momento como este en el que se está sometiendo a debate público el exceso de deberes que sufren los niños españoles, deberíamos quizá plantearnos también por qué empezamos desde tan pronto a presionar a las familias con el ritmo al que deben evolucionar sus hijos. ¿Cuántas consultas preocupadas al pediatra se ahorrarían si no añadiéramos estrés adicional a los padres tabulando y clasificando las aptitudes de sus hijos cada dos meses? Que son niños, por favor, no pescado de lonja.

 

Malabarismos

Soy de la opinión de que cometemos un error cuando restringimos el alcance del término conciliación al ámbito de la conciliación familiar y laboral. Hace muy poco desde que yo me incorporé a esa parte del cuadro y, sin embargo, siempre he defendido con uñas y dientes mi derecho a conciliar el trabajo con mi vida personal. Perderemos muchos aliados en la lucha si nos limitamos a defender el derecho a pasar tiempo con nuestros hijos; el mismo derecho defendía yo cuando exigía salir a las 18:00 por la puerta de la oficina para poder pasar la tarde con la que entonces era mi novia. Y siempre defendí y defenderé que lo mismo debería dar si lo que voy a hacer a partir de las 18:00 es dedicarme a mi familia, cultivar mi maltrecho bagaje cultural, o meter la cabeza en la nevera y sentarme a comprobar cómo crece el moho en los yogures.

Entonces tuve una hija.

Como si de un partido «solteros contra casados» entre jugadores mal avenidos se tratara, he oído y leído a menudo discusiones entre quien defiende la conciliación desde el punto de vista de la paternidad y quien lo hace desde una vida sin hijos. Como decía al comienzo, entiendo y comparto que ambos defiendan su derecho a disfrutar de tiempo para sí mismos, pero tenemos que darnos cuenta de un matiz: quien pugna por poder dedicarles más tiempo a sus hijos no lo hace solamente desde una postura egoísta, sino también desde la óptica de unos hijos que no pueden defender aún su derecho a tener unos padres presentes e implicados activamente en su educación y su crianza.

No podemos obviar que las necesidades de una familia en este aspecto son distintas y mucho más complejas que las de quien no tiene hijos. Habrá quien exclame que nadie nos obliga a tener hijos, que por qué va a tener uno que cargar con imposiciones fiscales adicionales para financiar determinadas ayudas públicas a quien ha optado por una vida familiar. O quien se queje amargamente por el inevitable perjuicio que la ausencia de un compañero de trabajo de su puesto le causa cuando aquél quiere o necesita pasar un tiempo con sus hijos. Son posiciones habituales que entiendo; para nuestro yo egoísta son las nuestras las necesidades más importantes, en este caso las de conciliación de nuestro tiempo personal. Sin embargo, tratando de observarlo todo desde un punto de vista equitativo, me resulta difícil entender que tanta gente se niegue a admitir que necesidades diferentes requieren una magnitud distinta en la ayuda recibida.

La paternidad revoluciona muchas de nuestras asunciones y principios anteriores. A veces les da la vuelta hasta el punto de que nuestra nueva forma de pensar nos resulte incluso paradójica. Hablando un día con mi madre durante uno de los últimos episodios de enfermedad de nuestra hija, por ejemplo, me di cuenta de que, puestos a elegir, ahora mismo prefiero que esta enferme durante el fin de semana en lugar de hacerlo de lunes a viernes. ¡El fin de semana! ¡Con lo que yo amo los sábados!

Los malabarismos que uno tiene que hacer cuando un hijo enferma durante la semana no alcanzas a imaginarlos ni mínimamente antes de verte en esa tesitura. No tenemos ni idea de la escala dramática que adquiere una semana cuando ambos padres trabajan y el niño —si es que tienes la suerte de que sea hijo único— utiliza su imán vírico para seleccionar una nueva cepa infecciosa que importar al hogar familiar. No se puede comparar la necesidad de una persona de tener tiempo para hacer deporte al salir del trabajo o para tomarse unas muy necesarias cañas con sus amigos los jueves con lo que supone tener que organizarse para cuidar de un hijo que ha enfermado un martes.

En primer lugar, te exigen que puedas ausentarte del trabajo para que saques de la guardería a ese volcán de enfermedades en que acaba de convertirse tu hijo. Tienes, a continuación, que encontrar cita en el centro de salud. Un centro de salud en el que bien podrías morir como consecuencia del dolor causado por las agujetas que te ha provocado la tos mientras esperas encontrar una cita libre precisamente para el día en que te duele algo. Y, finalmente, y lo más complicado de todo, necesitas remover Roma con Santiago para poder acompañar a tu hijo durante su convalecencia si la fortuna ha querido que su mal se extienda a lo largo de varios días. ¿Y qué hace entonces alguien que, como nosotros, no tiene abuelos a mano?

Antes de ser padres también teníamos emergencias, está claro. Teníamos que buscar la forma de estar disponibles en casa un miércoles toda la mañana para recibir un paquete urgente, o para abrirle la puerta al fontanero que venía a arreglar aquel radiador que reventó durante las vacaciones de Navidad, o para que revisara la caldera aquel instalador que solo trabajaba hasta las 17:00. Por eso insisto en que la conciliación es y debe ser asunto de todos. Pero quien no sea capaz de entender que la escala de la necesidad es radicalmente diferente cuando tienes hijos es, muy probablemente, porque no los tiene.

Como en tantos otros casos, podríamos reducir el problema a una necesidad de empatía y equidad. Debemos entender como sociedad que los niños no son un capricho de unos cuantos que lo que quieren es tener preferencia a la hora de elegir los días libres en verano; que quien hace uso de las bajas y excedencias no está precisamente de vacaciones; y que si queremos cruzarnos en la vida con jóvenes sanos y empáticos, deberíamos facilitarles las bases para ese trabajo a quienes deberían ser los principales y primeros responsables de que su educación y su crianza así lo garanticen: sus padres. Es necesario un esfuerzo desde ambas partes para empujar juntos hacia una mejor conciliación; cada avance que se logre será positivo para todos. Mientras tanto, ojalá no nos hiciera falta poner nuestra vida patas arriba para darnos cuenta de lo que supone estar al otro lado.

«La máquina de los abrazos»

No sé cuánto exageramos cuando decimos que «hay libros que te cambian la vida». Podría citar algunos de los que han cambiado la mía, otros me los guardo para mí. Esta semana hemos sumado uno nuevo a la lista. Su efecto será seguramente efímero como el de esos caramelos que apenas amagan con atenuar el dolor durante cualquiera de nuestros frecuentes ataques de anginas de los últimos meses, pero aun así nos encanta.

Llevábamos intentado visitar la Feria del Libro desde un mes antes de que abriera siquiera la primera caseta. Así de chulos somos nosotros. Y, sin embargo, no fue hasta la mañana del último día de feria que conseguimos por fin darnos un paseo entre las hojas de sus libros. Por la página de la sombra, eso sí. No habíamos hecho los deberes y llegamos sin ningún plan de compra. Dejamos que la vista y la intuición marcaran el camino y nos llevamos a casa cuatro tesoros: un atlas ilustrado del que nos enamoramos, dos re-ediciones de novelas de nuestra infancia a las que les teníamos ganas papá y mamá, y un cuento para ella, la pequeña de la casa.

«La máquina de los abrazos» es un breve relato ilustrado que ha traído a mi vida un nuevo momento favorito del día: el del cuento. Nos costaba horrores atrapar el interés de nuestra gusanita en cualquiera de sus libros. A una lombriz le sobrarían dedos para contar las ocasiones en las que papá hubiera conseguido terminar de leer cualquier cuento de más de cuatro páginas con su chiquitina. Hasta que «la máquina» llegó a casa.

«La máquina de los abrazos» no cuenta una gran historia pero deja que papá se invente decenas de ellas, una por cada instancia de ese gesto que su hija pequeña empieza a conocer. En cada una descubrimos personajes nuevos que, por algún motivo que sólo ella y yo sabemos, necesitan un abrazo. Y así, hoja tras hoja, ambos sentados en el suelo con las piernas cruzadas, ella acurrucada en el regazo de papá con el libro sobre sus «diminúsculas» rodillas, acompañamos al protagonista del cuento en su cruzada por hacer del suyo un mundo más feliz.

Le habríamos puesto una nota redonda al cuento si el combustible que el protagonista consume para recargar sus exhaustos brazos hubiera sido una bandeja de fruta fresca en lugar de una pizza y un refresco, pero se lo perdonamos por haber conseguido hipnotizar así a nuestra gusanita. Leemos este cuento de la editorial Andana por la mañana, por la tarde y por la noche, y en cada ocasión es diferente de la anterior. Y no me canso de imaginar al niño que nos regala el ilustrador Scott Campbell manos a la obra, rodeando con sus mágicos brazos a todo aquel y todo aquello que se ponga a tiro. Me muero de amor y me da la risa —todo agitado, no mezclado— cada vez que veo su carita de concentración.

¡Qué alegría le da a uno cuando acierta con un libro!

La burbuja

Una vida activa en redes sociales entraña un peligro evidente que en demasiadas ocasiones nos empeñamos en obviar: vivimos en una burbuja. El día a día físico nos pone —un poquito— en contacto con personas de otros ámbitos, con gente afín a otras opiniones, pero cuando nos sumergimos en la maraña social de Internet tendemos a establecer lazos con aquellos que tienen gustos, intereses y pareceres similares a los nuestros. Nos sentimos cómodos y a gusto así, recibiendo «megustas» en cada tuit de pataleta social y en ese chiste sobre el líder del partido político más alejado de nuestra papeleta electoral. Y olvidamos que existe todo un mundo más allá, un universo paralelo de gente que vive a nuestro lado, pero que entiende la realidad e interpreta sus necesidades de forma diametralmente opuesta a la nuestra.

Nunca había sido tan consciente de la existencia de esos universos paralelos como el día en que mamá y yo compartimos una noche de cena y concierto con los amigos del trabajo de mi hermana. La tía de nuestra gusanita trabaja en una gran empresa de auditoría, de esas de traje y corbata para los hombres aunque el sol les apriete los pescuezos con la sequedad aplastante del verano madrileño. Nos encontramos en un irlandés cerca de una de las colmenas de oficinas de Azca. Y empezó el baño de realidad. Entre auditores, abogados y registradores de la propiedad aprendimos que existían jóvenes de nuestra edad que sólo acudían a fiestas nocturnas que les garantizaran que un aparcacoches les ahorraría rayones en su Mercedes de 60.000€ después de 3 ó 4 gin-tonics a 15€ la copa; conocimos —como las meigas, haberlas, haylas— mujeres florero de apenas 30 años que desconocen lo que cuesta un café porque su marido lo paga todo con la tarjeta —«black» o no, nunca lo sabremos— de ese bufete de abogados cuyo nombre descuelga un apellido compuesto tras otro cual dinastía élfica del «Simarillion»; nos dimos cuenta, en definitiva, de que nuestra vida no tenía nada que ver con la de todos esos jóvenes oscuramente trajeados que no nos habrían tocado ni con un puntero láser atado al extremo de un palo si nos hubieran visto en cualquiera de las sentadas del 15M que a nosotros nos ponían «la gallina de piel».

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Zumo de sandía y jengibre

Cuando la gente del sur nos escucha a los castellanos hablar de nuestro pueblo no se hacen a la idea de lo que son los pueblos de las profundidades de Burgos. Nuestras aldeas de 10 habitantes —50 en verano, eso sí— nada tienen que ver con esos núcleos de varios miles de habitantes que abundan de Somosierra para abajo. Son pueblos en los que mueren carreteras comarcales sin arcén ni línea alguna que pisar en un adelantamiento ilegal, en los que las moscas se fríen de calor sobre el trigo en verano y las ovejas se ponen bufanda de lana en invierno. Son pueblos en los que no pasa nada, ni el tiempo.

Por eso tengo que reconocer que he tenido mucha suerte en el sorteo que decidió qué aldea me acogería por la vía política. En un pueblo con más animales que habitantes humanos, aldea sin un solo local comercial, un alcalde de los que no abundan se esfuerza desde hace años por situar su nombre en el mapa. Y lo hace organizando todo tipo de eventos: agrícolas, culturales, festivos… como el taller de cocina vegetariana al que nos apuntamos el verano pasado. Allí aprendimos la receta que os traigo hoy, de la mano de una cocinera que trabaja en uno de los escasos restaurantes vegetarianos que se pueden encontrar en Burgos. No puede ser más sencilla, y es ideal para los veranos abrasadores que nos visitan cada año entre mayo y septiembre en Madrid.

Si no sois amigos del jengibre, animaos a probarla igualmente. A mamá tampoco le gusta nada comerlo tal cual y, sin embargo, este refresco casero le encanta. Podéis ir jugando con la cantidad que añadís hasta encontrar el toque perfecto que os guste.

La lista de la compra

  • Sandía. Es importante que tenga buen color y esa textura esponjosa que tanto gusta. Tened en cuenta que es el ingrediente principal del zumo, así que no conviene arriesgar con una sandía sosa y blanquecina. Nosotros utilizamos ½ kilo de carne para las dos copas que veis en la foto (pesada ya sin la corteza). Podéis variar la cantidad a vuestro gusto, pero veréis que se reduce muchísimo el volumen al batir.
  • Jengibre natural. Con un trozo de unos 3 centímetros es más que suficiente para un par de zumos, a menos que os guste mucho el sabor y queráis darle más intensidad.

El camino a la perdición

  1. Cortamos la sandía en trozos grandes y los ponemos en un vaso de batidora de tamaño adecuado.
  2. Cogemos el trozo de jengibre que vayamos a utilizar y lo rallamos. Tomamos la ralladura resultante en el puño y la estrujamos bien sobre el vaso de batidora. Veréis que sale exprimida una cantidad sorprendente de zumo. El jengibre es muy jugoso pero también tiene una fibra muy dura, por lo que utilizaremos únicamente el zumo para evitar encontrar hebras incómodas en la boca.
  3. Batimos todo bien hasta que quede completamente líquido, dejamos que se enfríe un rato en la nevera y ¡a refrescarnos!

El truco final

Terminaré con varios «briconsejos»:

  • Es un refresco que gusta más frío que templado, así que es buena idea utilizar una sandía que haya estado en el frigorífico e, incluso así, dejar enfriar el zumo un rato antes de consumirlo si veis que le falta un poco.
  • Como no es un ingrediente muy habitual en las cocinas españolas, podéis congelar el jengibre sin ningún problema. Nosotros lo troceamos en piezas de 3 ó 4 centímetros y son las que vamos sacando de la bolsa a medida que las vamos necesitando. No hace falta descongelarlo para rallarlo en esta receta, así que podemos improvisarla perfectamente cualquier día si tenemos una pequeña reserva en el congelador.
  • Si utilizáis lentillas, intentad no ponéroslas justo después de haber manipulado jengibre con las manos desnudas aunque os las hayáis lavado. Pica. Esto también es aplicable a la cebolla y el ajo. Vuestros ojos os lo agradecerán.

Yo confieso

Hemos dejado que nuestra gusanita se caiga de la cama dos veces. Y que se pille los dedos con un cajón de la cocina. Y que se caiga de morros aterrizando con la nariz por ir corriendo por la calle sin que nadie le diera la mano. Y que se pellizcara la mano con un cortauñas. Y que se metiera un puñado de arena del parque en la boca. Y que un perro le lamiera la cara como una vaca limpiando a su ternero. Y que metiera la mano en un charco para, acto seguido, degustarla con entusiasmo recorriendo con ella todos los rincones de su boca.

Así de malos somos. Peores, seguramente.

Hace dos semanas un niño trepó una valla, atravesó unos arbustos y se lanzó al foso del recinto en el que viven los gorilas del zoológico de Cincinnati. El resto de los visitantes vieron horrorizados cómo un gorila macho de 17 años y de nombre Harambe arrastraba al niño por el agua en una actitud que bien podría haber tratado de ser de protección por parte de un confuso animal. Tras evaluar cuidadosamente la tensa situación, la dirección del parque decidió acabar con la vida del gorila para proteger la del niño.

No voy a cuestionar las instalaciones del zoológico; hay quien dice que un doble perímetro de seguridad habría evitado el incidente. No pondré en tela de juicio si la decisión definitiva fue la más acertada o no; cualquier otra alternativa que hubiera podido conducir a la muerte del niño habría sido más lamentable. Lo que quiero analizar es esto: en apenas cinco días casi medio millón de personas firmaron una petición pública para que se investigue la responsabilidad de los padres en el suceso y para que las autoridades analicen el entorno familiar del niño y la situación de su hogar.

He leído varias crónicas del suceso y he visto algunos de los vídeos que grabaron los testigos. Me falta información para saber qué paso exactamente y cómo pudo un niño tan pequeño hacer todo eso. Esa misma información les falta seguramente a buena parte de esos más de 400.000 voluntariosos ciudadanos que piden poco menos que la retirada de la custodia del niño a sus padres.

Es cierto que estamos hablando de una escapatoria «de película» —en Estados Unidos, para más inri—, y me sorprende que un niño tan pequeño pudiera perpetrar semejante peripecia sin que nadie lo detuviera. Sin embargo, no se me ocurre pretender que la Justicia persiga a sus padres por la muerte del gorila, ni muchísimo menos extrapolar lo sucedido en el zoo a una supuesta falta de atención en el hogar. Me pregunto cuántos de los firmantes de la petición son padres; en mi apenas año y medio de experiencia me faltan ya dedos en las manos para contar la cantidad de veces en las que nuestra hija ha burlado también nuestra vigilancia para terminar llorando. No tendría dedos suficientes ni aunque fuera un dios hindú de cien brazos.

Los niños son curiosos, inquietos y rápidos, y el más mínimo despiste puede terminar en una tragedia si a la casualidad se le cruza el cable. Cualquiera que haya pretendido vigilar a un niño debería admitir que es físicamente imposible mantener completa atención durante todo el tiempo. Basta con que hayas cerrado los ojos para estornudar para que tu hijo haya prendido fuego a la casa y se haya tragado una caja de clavos; por no hablar de la cantidad de tiempo que los niños pasan hoy en día desatendidos mientras sus padres dedicamos todo nuestro esfuerzo mental a contestar mensajes en WhatsApp.

A lo mejor este caso debería servirnos para llamar la atención sobre otra perspectiva del asunto. Quizá no sean los padres los únicos sobre los que debemos poner el foco, sino también sobre el resto de visitantes del zoológico, sobre el resto de la sociedad. En el mejor de los casos, los padres —si es que estaban ambos presentes, porque en algunos artículos mencionan solamente a la madre— solo tenían dos pares de ojos para vigilar al niño. ¿Cómo es que nadie más se dio cuenta de lo que sucedía? No tardaron mucho en sacar el móvil para grabarlo… Hace poco dos niños de 5 años se escaparon de un colegio barcelonés hasta llegar a coger un tren tranquilamente sin que nadie se molestara en averiguar cómo podían dos niños tan pequeños ir solos por la calle y subirse al tren (ahí fue donde por fin un pasajero intervino). Está claro que los padres son los primeros y últimos responsables de sus hijos y de su bienestar, ¿pero no es un poco responsabilidad también del resto echar una mano? ¿No tenemos ojos en la cara los demás?

Volviendo a los padres, está claro que a menudo tenemos más descuidos de los que deberíamos. Son inevitables y forman parte de nuestra condición humana. La demanda de atención que exige la vigilancia constante y perfecta de un niño supera incluso al equipo formado por papá y mamá; al nuestro, desde luego, porque no somos perfectos. Tendremos que trabajar para minimizar esos descuidos y sus posibles consecuencias negativas, está claro, pero criminalizar a los padres o confundir un descuido —por grave que sea— con una irresponsable negligencia es ir más allá de lo que la realidad de la crianza me viene enseñando a hacer. Negligente, para mí, es quien prescinde de un SRI adecuado porque le resulta más cómodo llevar a los niños sin atar; negligente es quien coge el teléfono mientras conduce, aun a sabiendas de que está, en primer lugar, incumpliendo la ley y, en segundo lugar, poniendo en riesgo su vida y la del resto de conductores.

El día que mi hija se cayó de la cama mientras yo colgaba un pantalón en el armario se me quedará clavado para siempre. Quién me iba a decir a mí que aprendería a rodar tan rápido de un día para otro… Pero el caso es que le di la espalda más tiempo de lo debido. No quiero ni pensar lo que tuvo que pasar la madre de un niño de 4 años viéndolo zarandeado por un gorila de casi 200 kilos. No tengamos la munición tan a mano; la infancia de nuestros hijos es muy larga y quién sabe si no estaremos disparándonos en el pie cuando acusamos a otros padres que a ojos nuestros parecen negligentes. Nadie es perfecto y tarde o temprano todos estaremos ahí.