Cosas congeladas

Puedes congelar el tiempo

Cualquiera se encontraba con una explosión de rayos gamma en la década de los 60, como bien os podría contar Bruce Banner. Pero claro, el uso llevó al abuso, se pusieron morados —y verdes— con ellos y acabaron haciendo un par de películas tan lamentables que hubo que limitar el acceso a ese tipo de experimentos. Y claro, no es fácil conseguir los superpoderes que uno quiere sin explosiones de rayos gamma. Así pues, mientras continúo buscando una forma asequible de adquirir la capacidad de congelar el tiempo, lo único que puedo congelar es lo que cabe en los tres cajones inferiores del frigorífico de casa.

¿Y qué congelamos? Pues me resulta curioso analizar la evolución que ha sufrido el contenido de nuestro congelador desde que salimos de casa de nuestros padres hace ya unos pocos años. Nada queda ya de aquellas pizzas precocinadas a las que les añadíamos ingredientes por encima para no comer esas bases huérfanas de toda gracia que escondían las coloridas cajas de Dr. Oetker. Ni de esas croquetas cuyo envasado anunciaba «como las de tu madre» pero de rebozado «blandurrio» y más llenas de aire que de jamón. Ni siquiera hay rastro alguno de las cubiteras de hielo que nunca podían faltar por lo que pudiera pasar.

Nuestro día a día ha cambiado, y con él han debido hacerlo los productos que necesitamos tener a mano. Unas veces por accidente, otras por consejo de terceros y otras por experiencia, hemos descubierto que podemos congelar cosas que nunca se nos habrían pasado por la cabeza. Algunas nos ayudan a ser más eficientes en la cocina sin dejar de comer sano; otras nos salvan la vida cuando llega esa tarde de domingo en la que tienes tantas ganas de cocinar como de que te arranquen las uñas con una espátula oxidada. Lo que sí está claro es que cada vez congelamos menos variedad de platos preparados (caseros o comprados) y más elementos listos para utilizar en la cocina como parte de otra receta.

He aquí algunas ideas:

Especias verdes

No sé a vosotros, pero a nosotros siempre se nos acababan poniendo pochos los ramilletes de cilantro o de perejil fresco. Y no será porque yo no le ponga especias a todo lo que se cruza en mi camino (hasta a nuestra gusanita le pongo especias por la mañana aprovechando que soy yo quien la asea y la viste para el cole). Pero no había manera, ni poniéndolo en un vaso con agua, ni al sol, ni a la sombra.

Hasta que un día un compañero de trabajo me comentó que él en casa congelaba el perejil fresco en una bolsa y lo iba sacando según lo necesitaba. ¡Y bingo! Desde entonces utilizamos esta técnica para condimentos como el perejil que nos traemos de la huerta del tío Julio, el cilantro o la albahaca. Tengo que reconocer que cuando descongelas las hojas se quedan lacias y tristes, pero conservan prácticamente todo su sabor si lo que vas a hacer con ellas es cocinar y no decorar el plato con el que te vas a presentar a la fase final del proceso de selección de MasterChef.

Suero de leche

Esto ya os lo he contado, pero no por eso quería dejar de incluirlo en esta lista. Tener un par de recipientes con suero de leche en el frigorífico siempre nos viene bien para ese plato de macarrones de emergencia que construimos con pasta seca y los restos de cuatro verduras que habitan la planta baja de nuestra nevera. El sabor de la pasta cocida en suero nos gusta más y aprovechamos, además, todos los subproductos de ese queso casero que tanto nos gusta.

Caldos

Todavía tenemos que optimizar la organización de nuestro menú semanal para poder tener siempre a punto un caldo casero cuando lo necesitamos pero, si nos sobra de alguna elaboración anterior, siempre guardamos el caldo restante para platos futuros. No importa si no conservamos el suficiente como para completar la cocción de un arroz; todo el caldo que añadamos será positivo por mucho que luego nos veamos obligados a completarlo con un poco de agua.

El caldo que más habitualmente preparamos es el de pescado, que después utilizamos en arroces y sopas sobre todo, pero también hemos trabajado con pollo y verduras cuando algún plato lo pedía o en aquellas ocasiones en las que teníamos mucha verdura de la huerta acumulada.

Salsas sobrantes

Llamadme exagerado si queréis —porque lo soy—, pero he contemplado con horror y lágrimas surcando mi rostro cómo compañeros de trabajo tiraban al contenedor de restos orgánicos que hay en la cocina toda la salsa que les sobraba del plato que les hubiera tocado ese día. Yo soy un talibán del aprovechamiento de la comida; antes que tirar la salsa me la como a cucharadas si no tengo pan para untar. De hecho, a menudo utilizo una cuchara para comer platos que todo el mundo degusta con tenedor solo por el hecho de poder aprovechar mejor la salsa. Si aun así sobra, ¡guardadla, por amor de dos!

Una salsa de tomate de cualquier cosa se pueda aprovechar perfectamente para guisar algo más al día siguiente, incluso el exceso de caldo de una alubiada que pusimos en la olla con más agua de la que debíamos. Hace no mucho congelamos un «tupper» con el caldo que nos quedó de unas alubias pintas con chorizo. Lo reutilizamos poco después para guisar unas patatas y el resultado no podría haber estado mejor. Os diría que relamí el plato en casa de gusto, si no fuera porque eso no es nada excepcional en mi caso —o sí, ¿quién sabe?—.

Tiempo empanado

Incluyo en esta categoría cosas empanadas como las croquetas y otras sin empanar como gnocchi o empanadillas. Es muy raro que en casa comamos este tipo de cosas el mismo día que las elaboramos; normalmente esperamos a que nos dé una venada de sábado por la mañana y, aprovechando que la inquilina más joven de la cama es aficionada a madrugar, dedicamos unas cuantas horas a trabajar en este tipo de preparados que, sin ser particularmente difíciles, sí son laboriosos y pringosos para la cocina. Como no hace falta descongelarlos para echarlos a la cazuela, son ideales para preparar algo rápido, rico y elaborado un día que nos apetezca comer algo chulo y no tengamos tiempo o ganas de cocinar. O para ese día en que el Wolfsburgo le mete un 2-0 al Madrid y necesitas cenar croquetas caseras para enderezar el rumbo de tu vida antes de irte a la cama, también para ese día.

Masa

Esta categoría estamos todavía trabajándola, pero poco a poco empezamos a congelar pelotas de masa de harina. La de la pizza solemos hacerla en directo cuando toca, pero sí hemos congelado por ejemplo la que utilizamos para hacer estas deliciosas borekas de berenjena. Iremos experimentando con más a medida que profundicemos en el mundo panadero que estamos descubriendo.

Recortes y raspas

Los caldos caseros no crecen en los árboles ni en las baldas del supermercado, por mucho que lleven el letrero «casero» bien grande en la cara anterior del tetrabrik. Congelamos la parte que se descarta de los espárragos verdes, el trozo verde de los puerros, el tuétano del brócoli, recortes de tocino del jamón que nos regalan en el trabajo por Navidad, raspas y cabezas de pescado… Todo eso que tanta gente tira es un punto de partida ideal para un caldo de rechupete que no lleva más «E-» en su nombre que las tres de «rEchupEtE».

Tiempo picado

A veces nos cuesta encontrar el momento de echar mano de esta última categoría y acabamos haciéndolo todo cada día, pero de vez en cuando congelamos una buena bolsa de cebolla, zanahoria o pimiento picados, o un trozo generoso de calabaza del pueblo troceada y lista para cualquier puré. No es nada del otro mundo, pero ahorra unos minutos al comienzo de ese sofrito para el que queremos picar 2 ó 3 verduras finitas y que esté listo cuanto antes.

Jengibre natural

El jengibre es un producto que no acostumbramos a incorporar a menudo a nuestros platos, así que cuando compramos un trozo en la frutería suele durarnos bastante. Hace un par de años nos enseñaron que se puede congelar sin problemas, así que lo partimos en trozos del tamaño que solemos necesitar y lo guardamos en una bolsa de congelación normal y corriente. De vez en cuando vamos sacando un trocito y lo aplicamos rallado y exprimido para darles un toque exótico a las lentejas o para preparar un refresco de sandía y jengibre que en verano «quita el sentío».

 

No es que nuestro congelador sea especialmente pequeño, pero llegó un punto en que teníamos tantas cosas que no sabíamos qué era qué, cuánto tiempo llevaba ahí o si ya tenía hijos que iban a la universidad. Decidimos que sería buena idea ir apuntando las entradas y salidas para llevar un control de lo que había, lo que, además, nos ayuda a la hora de programar el menú semanal para ir dándole uso a ese «tupper» de setas de carrerilla salteadas que nos dio la abuela la primavera pasada.

Con el tiempo descubrimos que separar el contenido por cajones a la hora de apuntarlo nos ahorra aperturas innecesarias del congelador, con el consiguiente ahorro de energía que eso supone. Desde entonces tenemos en un imán de la nevera 3 hojitas que se corresponden con cada uno de los 3 cajones, lo que facilita enormemente la peligrosa tarea de sumergirte en el frío en busca de una rama de perejil. Además, etiquetamos cada recipiente con un trozo de cinta de carrocero en el que escribimos con un rotulador gordo qué contiene el envase. Se acabó el rebuscar en el hielo más allá del Muro.

Mira, al final resulta que casi somos capaces de congelar un poquito de tiempo.

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4 comentarios sobre “Puedes congelar el tiempo”

  1. Oy, oy, oy qué congelador más majo tenéis 🙂 Nuestras vidas paralelas se vuelven a juntar. Nosotros también congelamos el cilantro y el perejil, aunque tenéis que saber que es pecado mortal: http://comeronocomer.es/el-consejo/alimentos-que-no-debemos-congelar Menos el suero de leche y el jengibre, el resto exactamente igual. También tengo que decir que yo que soy una abuela total cocino un kilo de legumbre siempre (dos ollas y un cazo) y así tengo siempre a mano cocido, lentejas o judías. También congelo arroz, aunque ya he leído en el enlace que te he puesto que también es pecado mortal… 🙂 Por supuesto, nunca faltan tampoco pescado, carne, caldos, raspas, masas de pizza casera… Un no parar. Y aunque ahora parece pequeño nuestro congelador, yo creo que cabe más que antes jeje…

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    1. Jejeje, cómo nos gusta vivir al límite. Al final lo que dicen en Comer o no comer es que el perejil se queda «chuchurrío» y se oxida rápido al descongelarlo. Por eso digo que para presentarlo fresco no vale, pero para cocinar es mucho mejor un perejil arrugado y lacio que un perejil amarillo y reseco que ya no sabe a nada, jajaja.

      Nosotros también congelábamos arroz y pasta, aunque últimamente lo hemos dejado de hacer. No porque no quede bien, que no somos nada «morrofinos», sino porque si queremos comer arroz o pasta para una emergencia, hacemos algo rápido con una salsa y cuatro verduras, y listo.

      Qué mundo el de los congeladores 🙂 Hay un universo paralelo ahí dentro…

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