Asiento reservado

Asiento reservado

Ya sabéis que mi memoria es un desastre. Además de mala memoria, también puedo tener muy mal humor. Mucho. A veces se me olvidan el buen humor y las maneras correctas y estoy seguro de que a más de uno le he hecho pasar un mal rato de forma inmerecida. Pero me esfuerzo porque no sea así, y aunque mi día en el trabajo haya salido mal, intento llegar con una sonrisa cuando me acerco a la caja del supermercado para pagar la compra vespertina.

Cuánto mejor nos iría si todos, yo el primero, pusiéramos algo más de nuestra parte para hacerles la vida más fácil a los demás. Y es que últimamente, pensando en el ejemplo que les damos a los niños, me ha dado por fijarme mucho en la ingente cantidad de detalles que demuestran el poco respeto que tenemos por los demás, por las cosas que son de todos y por eso que más o menos todos entendemos como «el bien común». Sí, esto va a ser una pataleta en toda regla.

En cualquier ámbito de la vida en sociedad podemos encontrar ejemplos innumerables. Desde que vivo en Madrid, por ejemplo, me asombra la cantidad de mierda —«mierda», con todas las letras— de perro que me encuentro por la calle; o me sorprenden las numerosas ocasiones en las que veo que algún vecino deposita los cartones aceitosos de la pizza que cenó ayer en el pequeño contenedor amarillo comunitario destinado a los plásticos. Y si me pongo a hablar del poco respeto que mostramos por los demás cuando estamos al volante, no acabo. ¿Se os ocurren más?

Como padre, me gustaría que mi hija aprendiera a hacerlo mejor. Mejor que yo, y mejor que todas esas personas que de forma sistemática ignoran los efectos que sus actos despreocupados tienen sobre los demás, como aquel que presume de no usar nunca los intermitentes porque es una pérdida de tiempo.

Esta reflexión nace del mal rato que me llevé hace no mucho cuando volvíamos los tres juntos a casa en metro. Entiendo como un fracaso de nuestra sociedad el hecho de que sea necesario regular, reservar y señalizar específicamente la cesión de ciertos asientos en el transporte público a las personas enfermas, ancianas o con movilidad reducida. Pero desde el momento en que la barriga de mamá empezó a ser claramente visible, soy consciente de que no sólo es necesario hacerlo, sino que, para colmo además, a menudo es incluso insuficiente.

Desde mi humilde punto de vista es algo de sentido común que mi culo es capaz de sostenerse perfectamente de pie si mi asiento puede ayudar a una persona mayor o puede aliviar el peso de las piernas hinchadas a una embarazada; embarazada que, además, probablemente haya visto cómo su centro de gravedad se ha desplazado y le dificulta los equilibrios forzados cuando el autobús toma una curva, por poner un ejemplo. Está claro que no todo el mundo piensa igual. Mamá ya se llevó sus buenos malos ratos durante su embarazo, pero eso le corresponde a ella contarlo. Yo me quedo con dos ejemplos que me han tocado a mí como padre.

Sin comerlo ni beberlo, hace no mucho que me vi enfrascado en una discusión acerca de si la red de metro de Madrid necesita más ascensores o no. Poniéndome en el lugar de quien los necesita, yo defendía que sí. Soy de la opinión de que queda aún mucho por hacer en aras de una mejor accesibilidad del transporte público y de la ciudad en general. Eso, unido a que nos gusta portear, hace que nunca llevemos la silla de paseo cuando vamos al centro. ¿Cuántas veces créeis que nos han cedido el asiento reservado en el metro llevando un bebé en brazos?

Recuerdo una ocasión en la que el metro estaba especialmente lleno. Entramos y nos quedamos de pie entre la puerta y el asiento reservado. En él iba sentada una joven junto a la que viajaban dos señoras de mediana edad. Durante todo el trayecto las tres fueron haciéndole monerías a nuestra gusanita, que no pierde oportunidad de llamar la atención de cuantos nos rodean. A ninguna se le ocurrió que en un metro rebosante de pasajeros el lugar ideal para una niña de menos de un año no es en los brazos de su padre de pie junto a la puerta. En ocasiones así, nos parapetamos con brazos y codos para protegerla de empujones y achuchones, pero poco podríamos hacer por su seguridad si el tren pega un frenazo o algo peor. Seguro que todos esos pasajeros considerados preferirían que incrustáramos la silla de paseo en sus riñones para hacerles el viaje mucho más agradable.

«Más tonto eres tú», diréis. Desde luego, podría haberme dirigido a aquella chica para hacerle ver que estaba ocupando un asiento reservado para casos como el nuestro. Sin embargo, tengo varios problemas con eso: el primero, que soy tremendamente tímido, y me resulta muy violento tener que llamarle la atención a alguien sobre algo que, incluso sin ninguna mala intención, debería ser un poco recriminable. El segundo es que no siempre tengo ganas de enfrentarme a malos ratos como el que nos llevamos en una de las escasas ocasiones en las que se nos ocurrió abrir la boca.

La situación era idéntica a la anterior: una chica joven ocupando el asiento reservado y nosotros con un bebé en brazos —bastante más pequeñita por aquel entonces—. Con mi mejor cara y armado de buena educación me dirigí a ella:

—Perdona, ¿me dejas que nos sentemos, por favor?
—A mí también me duele la regla y no digo nada, ¿eh?

Y se levantó. Con todas las malas pulgas que pudo disponer sobre su cara.

¿Fue mala suerte? Desde luego, y me sentí mal por ella, a pesar de su mala respuesta, si es que de verdad lo estaba pasando mal. ¿Cuál es el problema? Que ni ella, ni los otros 7 pasajeros que iban sentados en esa sección de metro mostraron la más mínima intención de abandonar el asiento que con sangre, sudor y lágrimas habían logrado conquistar en el vagón. No debería hacer falta reservar un asiento para padres con bebés en brazos; debería ser algo tan de sentido común que cualquiera se levantara para cederlo, y así esa chica quizá no habría tenido que verse violentada mientras pasaba un mal momento. Pero no siempre es así. «No siempre» porque también hemos vivido el caso contrario, cuando varias personas se han ofrecido simultáneamente a cedernos su asiento, incluso dos asientos para que los tres pudiéramos sentarnos juntos.

En el mundo ideal de Jasmín y Aladdín no haría falta legislar así. Sería un mundo empático y solidario. Por desgracia, el nuestro no lo es. Es más, estoy seguro de que a mucha gente le parecerá una soberana gilipollez todo esto que estoy diciendo; a ver por qué van ellos a tener que ponerse de pie porque yo haya querido tener una hija y llevarla en brazos, ¿verdad? Qué pena me da vivir en la misma sociedad que la gente que piensa así… No queda otra que aguantar, tratar de aportar en positivo en la medida de lo posible, y esperar que el mundo que reciban nuestros hijos sea un poquito mejor, más humano, más comprensivo… Y que ellos sean parte de ese cambio. Hasta entonces, yo seguiré levantándome en el metro. Y si me da vergüenza porque no estoy seguro de si una mujer está embarazada o de si un caballero canoso es «suficientemente anciano» como para merecer mi asiento, no es necesario ni preguntar. Te levantas discretamente y ya está. Seguro que a alguien le haces el día un poco más feliz.

 

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15 thoughts on “Asiento reservado”

    1. Puede ser; es más, seguro que sí, que hay más gente que lo hace bien. Supongo que lo que pasa es que los que no llaman más la atención porque nos ponen de mala leche, ¿no? 😉
      ¡Muchas gracias por pasarte y comentar!

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  1. Amén.
    El otro día subimos a un bus (que estaba repleto) con el peque (iba a pie, sin mochila, sin carrito) y la única persona que nos propuso cedernos el asiento, manda huevos, fue una buena señora (mayor) que para más inri iba con muletas, la pobre mía. Le dimos mil veces las gracias, en alto, sólo por si alguien quería escucharnos, sólo por si alguien sentía algo de vergüenza ante aquella situación, pero obviamente no aceptamos su ofrecimiento. El mensaje no llegó a nadie, también te lo digo.
    Estas cosas me indignan, porque como tú, sí que tenemos voz y energía para pedir el asiento, pero ya me gustaría vivir en un mundo en el que eso no hiciera falta, porque como a ti, me parece de sentido común ceder el asiento a quien lo necesita… y otras mil cosas de puro civismo, pero bueno.
    También tengo que decir, por hacer un giro hacia lo positivo, que mi experiencia en el transporte público estando embarazada fue impecable, ni una sola vez tuve una mala situación. Supongo, tristemente, que es cuestión de suerte…
    Gran post, ¡enhorabuena! 😉

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    1. Menudo panorama el de tu historia, tiene bemoles… Nosotros vamos más en metro que en autobús precisamente porque nuestra experiencia con los buses es infinitamente peor en este aspecto, aunque bien es cierto que hay de todo como en la viña de «noséquién».

      La verdad es que os leo en los comentarios y me planteo si no seremos nosotros los que estamos locos pidiendo este tipo de cosas, jajaja.

      ¡Muchas gracias por pasarte!

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  2. Con 14 o 15 años cogí el bús después de un tiempo ingresada en la parada del hospital , y me senté, aun había asientos libres lo que hace una situación extraña, pero una señora se quejo de los jóvenes de hoy, recuerdo que pensé, a ver que es la parada del hospital puedes darte cuenta que será que no estoy bien. Venía de vivir en el extranjero y pocas veces pille el autobús, no sabía que el sistema era pilla el asiento o muere. En mi lógica lo normal es que sentados fueran los que por algo lo necesitan, y no hacia falta dar explicaciones, y si hay asientos libres ya todos, no le veía el sentido a pelear por un asiento.

    Estando embarazada no tuve problemas y vivíamos en Madrid , porteando tampoco aunque una amiga en el bus, le tocó discutir por el carrito, ya que unas señoras sentadas aparcaron sus cosas ahí donde los cinturones para sujetar el cochecito y no querían moverlas.

    El egoísmo y la vagancia en su máximo esplendor

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    1. Claro, es que ese es el problema. Debería ser obvio que esos asientos los use quien los necesite, y debería ser completamente normal que alguien que lo necesita pueda pedir asiento si todos están ocupados… Pero se ve que esa lógica, como tú dices, no es la normal para todo el mundo.

      En nuestra experiencia, el autobús es infinitamente peor que el metro. El espacio es más reducido, las maniobras más bruscas y la demanda de asientos mucho más elevada. No sé si será por la mala accesibilidad de muchas estaciones de metro, pero la gente mayor parece preferir mucho más coger el autobús, así que hay mucha competencia y poca voluntad de ser solidario y empático.

      ¡Gracias por el comentario, Carla!

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  3. Me parece increíble, a mí hasta me ha mirado raro la gente que no se levantaba cuando yo lo hice…

    Y por poner un ejemplo curioso. El centro comercia que tengo al lado de casa, gimnasio en la 2ª planta garajes hasta el -2º pues aunque entren por la planta 0 hacia arriba o aunque bajen al garaje el ascensor que pega con el gimnasio siempre va lleno de la gente que va al gimnasio ¿pero no van a hacer deporte? Subir unas escaleras es un buen calentamiento!! Y además son mecánicas!! Increíble, yo ya voy siempre por las escaleras cuando llevábamos carrito y ahora que voy con el triciclo.

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    1. Jajajaja, lo de coger es ascensor para subir al gimnasio es de traca. De verdad que estamos fatal, ¿eh?

      Y ya lo que faltaba: que te miren mal a ti por levantarte, madre mía… Pero nada, tú sigue haciéndolo, a ver si les da envidia algún día y se le pega algo al resto 😀

      ¡Gracias por el comentario!

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  4. Está claro que hay una absoluta falta de buenos modales y empatía, a mí me pasa en los ascensores del centro comercial, siempre llenos de gente y las familias con carritos de bebé esperando que se vacíen… Esperando sin necesidad, porque justo al lado hay unas estupendas escaleras eléctricas. Pero si dices algo, la que parece que la que tiene poca educación eres tú…

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    1. Nosotros intentamos llevar la silla lo menos posible a los centros comerciales, pero sí, también nos hemos pasado nuestro buen cuarto de hora esperando al ascensor alguna vez… Lo mismo nos ha pasado con los ascensores que hay en algunas estaciones de metro; la gente los coge por comodidad para no tener que andar hasta las escaleras mecánicas, y a nadie le importa si hay gente con carritos esperando. Lo de ceder el paso a los que tienen prioridad para usarlos no va con ellos…

      En fin, paciencia, porque como bien dices, si se te ocurre abrir la boca, aunque sea educadamente, tienes todas las papeletas para llevarte encima un mal rato.

      ¡Gracias por pasarte y comentar!

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    1. Vaya que sí; a mí me frustra mucho ser testigo de este tipo de situaciones. ¿Deberíamos decir algo? Seguramente, pero miedo me dan las reacciones que nos podemos encontrar…

      En cualquier caso, por verle un lado positivo al asunto, los que somos papás tenemos la oportunidad de contribuir un poco más que el resto. En la línea de aquello de «ser el cambio que quieres ver en el mundo», nosotros podemos aportar ese cambio al cuadrado, o al cubo, haciendo que nuestros hijos pequeños aprendan a hacer las cosas con respeto a los demás, con solidaridad y empatía.

      ¡Gracias por pasarte y comentar!

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  5. De nuevo. Vidas paralelas. Lo de la chica que tenía la regla… Bueno, es mala suerte. Lo verdaderamente sorprendente es que las otras mil personas que iba cómodamente sentadas no movieran un dedo y le ofrecieran su asiento.
    Me parece sencillamente alucinante que se vivan situaciones tan insolidarias y tan importantes. No te imaginas la cantidad de veces que he ido con Mara yo sola y nadie ha sido capaz de decir: “Siéntate”. Sobre todo lo veo en adolescentes, y me da una rabia que me muero verles ahí con sus móviles repanchingados mientras tú vas haciendo malabares. Del tema de embarazo mejor ni te cuento… Embarazo que se nota + niña de dos años + bolsas. ¿Alguien se levanta? Contadas ocasiones; muy pocas. Y, por lo general, gente más mayor u otras mujeres que han debido pasar la situación.
    La empatía y la solidaridad no viajan en metro, está claro. Esto se merece un carnaval de posts en Madresfera… Ahí lo dejo 🙂

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    1. Supongo que son dos valores que no viajan en metro igual que tampoco van en autobús o a pie. Volvemos a tus parques como versión concentrada del total de nuestra sociedad…

      Vanesa y yo vamos haciendo a veces un recuento mental y, sin ningún valor estadístico, claro está, nos llama la atención que ganan por amplia mayoría las ocasiones en que son mujeres sudamericanas las que nos ceden el asiento. ¿Diferencias de cultura? ¿Será porque en general ellas han pasado más veces por la experiencia de la maternidad? ¿Será porque allí se respetan más estas cosas? No sé, pero desde luego nos viene pareciendo significativo desde hace meses.

      (No sé cómo se organiza un carnaval, jajaja, pero después del poco éxito que ha tenido el de las pizzas, no sé si me atrevo a meterme en más jardines, que luego me siento mal, jejeje).

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