Infusionar especias con un infusionador tradicional

Infusiones de clavo y cayena

Soy un desastre en la cocina. A veces la inspiración me encuentra cocinando y, sin saber muy bien cómo, acabamos degustando resultados apetecibles y bien parecidos. Pero no es raro que mis experimentos culinarios terminen en forma de picadillos resecos o flanes sorpresivamente líquidos. Menos mal que en casa somos de paladar agradecido y no le hacemos asco a —casi— nada.

Uno de los accidentes más frecuentes en mis guisos solía producirse cuando tenía la feliz ocurrencia de añadirles una pimienta de Cayena entera. Carente de toda mala intención, mi pésima memoria me jugaba habitualmente la simpática pasada de hacer que me olvidara de buscarla después para sacarla del guiso antes de servir. O, lo que es peor, mi gusto por las cocciones lentas tenía a menudo como resultado que la pimienta, ya reblandecida después de tanto «chop chop», terminara desintegrada en mil partículas mortíferas repartidas subrepticiamente por todo el guiso. Imaginaos lo bien que nos lo pasamos en esas ocasiones degustando el picante manjar.

Llegó un punto en que esta situación me enfrentó a una encrucijada: o resolvía mi problema con la pimienta o empezaba a firmar los papeles del divorcio. Y como el amor lo puede todo, encontré la solución. Necesitaba un utensilio que me permitiera introducir la pimienta roja en la cazuela, que posibilitara el paso del agua y la salsa para que fuera cogiendo sabor, y que al mismo tiempo evitara la desintegración o la pérdida de la susodicha guindilla. ¿Se os ocurre?

Encontré la respuesta a la derecha de las tazas en nuestro armario del desayuno: ¡un filtro para infusiones! Puede que el nombre oficial sea «infusionador» según veo en Google, pero no es otra cosa que una pelotita metálica con algún tipo de seguro que evite que se abra espontáneamente. Los agujeritos permiten que la especia siga aportando su sabor al guiso, al mismo tiempo que prevenimos el desastre irremediable del picor sorpresa. Desde que lo descubrí, lo aplico también con otras especias que utilizamos enteras, como el clavo. Aunque en este caso es muy difícil que se rompan porque es bastante más duro, me ahorro así el tener que buscar después los pequeños «clavos» si la salsa ha quedado espesa y es también de color rojo oscuro.

Lo ideal es utilizar uno lo más sencillo posible y con muchos orificios o de tela metálica. A mí me gustan los que consisten únicamente en la bola y una pequeña cadenita. Esa misma cadena que utilizáis para fijar el artilugio al borde de la taza podéis aplicarla aquí para engancharlo al borde la cazuela. Si se suelta, tampoco pasa nada; con fregar después bien la cadena, todo arreglado.

Ahora me diréis que hay una solución mucho más práctica y sencilla y yo negaré tajantemente haber escrito todo esto y haber utilizado nunca un infusionador de té para cocinar con pimienta. Mientras tanto, mi cocina es mía y cocino como quiero.

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5 thoughts on “Infusiones de clavo y cayena”

  1. ¡Qué buena idea! Jamás lo hubiera imaginado 🙂 La verdad es que yo acabo dejando siempre la cayena y claro… si te lo encuentras, ¡mueres! 😀 Me lo apunto.
    Ahora bien… Hay que encontrar el invento para cuando rehogas con cayena pasta, por ejemplo jijijij

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