Las 4 mamás de papá

Llegué tarde al Día del Padre. Era inevitable: papá llega tarde. Dejé pasar otra oportunidad de darle las gracias a papá, al mío, por tanto, por todo. No quiero que pase lo mismo esta vez con mamá.

Ha habido, hay y habrá muchas mamás en mi vida, pero cuatro de ellas han sido y son algo más. Sin ellas, yo no sería papá. Más aún, sin ellas, yo no sería. Nada, ni papá, ni nada. No sería papá sin mamá; y menos sería si no hubiera sido por la mía, mi mamá, y la suya, la abuela, y la de papá, la otra abuela. Es un jaleo, lo sé, pero ahora os lo explico.

La abuela, la de mamá

Mi abuela, la madre de mi madre, murió hace ya muchos años. Me da vergüenza no recordar cuándo. Sólo sé que yo era pequeño, aunque no lo suficiente como para no darme cuenta de lo que estaba pasando. Fue una Navidad amarga que no ha impedido que sigan siendo unos días muy especiales cada año en casa de mis padres.

Espero no olvidar nunca el último recuerdo que conservo de mi abuela. Yo sabía que estaba muy malita; no me dejaban verla. No sé si era Nochebuena o si sucedió el día de la víspera, pero me llamaron al dormitorio. No hubo palabras, no hacían falta. Levantó con esfuerzo la mano que reposaba sobre la cama antigua, esa mano que tantas veces había rallado para nosotros la tableta de chocolate para fundir los domingos por la tarde, y la mano de aquel niño asió los dedos arrugados de su abuela. Apretamos, como si fuera la última vez, como si no fuera a haber un mañana. Porque no iba a haberlo.

A pesar de que no me vería crecer más, recuerdo con muchísimo cariño a mi abuela mayor. Era la abuela de las croquetas inigualables, la que nos cuidaba los domingos cuando papá y mamá acudían a esas reuniones que hoy habrían llamado «escuela de padres». Era la abuela futbolera, la que sintonizaba los partidos de aquel Real Burgos, el «matagigantes», en el transistor de la cocina. Era la abuela que veía los toros por la tele cuando podía, la que paseaba con nosotros sobre sus piernas agotadas de artrosis por el entonces paseo del Conde de Vallellano, hoy Paseo de la Sierra de Atapuerca. Era la abuela que venía con nosotros al campo y a Galicia en verano, la que nos daba bolsas de arroz para dar de comer a las palomas de la Plaza Mayor, la que nos compraba un cruasán en el Alonso del Espolón…

Era una abuela cariñosa y bonachona, aunque la vida nunca se lo puso fácil. Sacó adelante a sus hijos ella sola en una época en la que nadie se planteaba si tener un segundo hijo le permitiría pagar la cuota mensual de Netflix, aun cuando quizá a veces tuvieran apenas para comer. Pero ni la vida más dura le hizo tener jamás un mal gesto para con nosotros, y hoy la recuerdo con tanta ternura que sólo pensar en ella me hace llorar. Con lágrimas cariñosas por todo lo que recuerdo de ella; tristes también por todo lo que no pudimos ya compartir. Me da una gran pena que nunca llegara a conocer a mamá —estoy seguro de que se habrían querido muchísimo—, que no pudiéramos llevárnosla más de viaje, que no vaya a disfrutar de una bisnieta en la que descubro gestos que eran suyos…

Gracias, abuela.

La otra abuela, la de papá

«Cada vez un poco más para abajo, pero bien, dentro de lo que cabe». Esa es la respuesta que mi abuela me ha dado cada día a la pregunta «¿qué tal, abuela?» desde que tengo memoria. Y, sin embargo, ahí está, viviendo sola en su casa impoluta más cerca ya del centenario que de los noventa años que hace tiempo dejó atrás.

Mi abuela es una abuela castellana, sobria y religiosa, fiel a su rezo del rosario, al paseo por la orilla del río a primera hora de la tarde, y a la partida de cartas de los domingos. Como la otra, la de mamá, también hace tiempo que perdió a su compañero de viaje, como a tantos otros a los que ha tenido que ver enterrar en sus largos años de camino. Y, sin embargo, qué difícil es encontrar una queja en sus labios, los mismos que cada día dan buena cuenta de las dos nueces que nunca han faltado en su postre de mediodía. Casi tan difícil como vislumbrar una lágrima asomando en sus ojos, que sólo se permiten mostrar debilidad una vez al año, cuando el orgullo de madre, abuela y bisabuela se apodera de ella en su cumpleaños mientras la familia completa que ella un día empezó le dedica un «Cumpleaños feliz» más delante de un ramo de flores. Otro más.

La abuela de papá vivía cerca de casa, así que solía cuidarnos cuando caíamos enfermos. Nos llevaba al médico, y nos quedábamos con ella en casa cuando papá y mamá no estaban. La abuela de papá es la que nos saca patatas, galletas y aceitunas los domingos, la que carga con una botella de vermú y otra de moscatel desde el supermercado porque es la tradición del domingo después de misa a la que no queremos faltar. La abuela de papá es la que nos enseñó a saber vivir con lo justo y necesario, la que siempre ha sido ejemplo de sencillez y fidelidad. La abuela de papá ya no puede agacharse más para jugar con su bisnieta, pero los ojos de su cara aguileña siguen brillando igual que el primer día con la satisfacción de haber puesto la primera piedra para tantas cosas, para tanta felicidad.

Gracias, abuela.

Mamá, la mía, mi madre

No hay nadie en el mundo con quien tenga más facilidad para discutir que con ella, mi madre. No sé si soy yo quien le lleva la contraria a ella, o si es ella quien se empeña en pensar diferente que su hijo mayor, pero es así. Y, sin embargo, o quizás precisamente por eso, la quiero.

A mi madre no le gusta cocinar. Ni lo más mínimo. Hace años que dejó de funcionar el horno de casa y nunca he sido capaz de convencerla para que lo cambien. Y, sin embargo, o quizás justamente por eso, la quiero.

Mi madre nunca ha tenido una salud de hierro. Una espalda maltrecha desde la niñez le impidió correr con nosotros, nadar a nuestro lado o hacernos volar en brazos por los aires. Y, sin embargo, nadie nos ha ayudado tanto nunca a volar. Y por eso también, la quiero.

Mi madre pasó muchas horas alejada de nosotros, trabajando noches y fines de semana en los agresivos turnos de una fábrica que no entendía de conciliación. Trabajó más allá de lo que su salud habría deseado y sufrió más allá de lo que cualquiera habría merecido. Y por eso también, la quiero.

Mi madre nos enseñó más de lo que ella misma sabía; nos enseñó el camino de la igualdad en el hogar, el valor de las palabras, la importancia de decir «te quiero», la necesidad del arrepentimiento y el perdón. Y por todo eso, la quiero.

Discuto mucho con mi madre; a menudo me falta la paciencia y soy injusto con ella. Como lo fui —mucho, demasiado— siendo el adolescente difícil en que en algún momento me convertí. Pero sin ella no sería la persona que soy hoy; sin ella no entendería el valor de mi familia como hoy lo concibo; sin ella no sabría querer así. Sin ella, no sería yo. Y por eso, la quiero.

Gracias, mamá. Y lo siento. Y te quiero.

Mamá, la última, la de casa

A mamá ya la conocéis. Es la que se acuerda de las cosas, la que me recordó que tenía que ser padre, que ya llegaba tarde. Sin ella estaría perdido, seguro. Mamá es la valiente, la figura del cariño incansable en casa, el beso que nunca falta, el abrazo de después de cenar, el café de después de comer. Mamá es la que hizo que todo esto tuviera sentido, la que sigue dándoselo cada día. Es la que aguanta la falta de sueño, la que soporta la ausencia total de descanso. Mamá es la única que podía ser. Mamá es la que tenía que ser.

Gracias, mamá. Te quiero. Y felicidades, mamá.

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