Animales fantabulosos

Animales «fantabulosos»

No sé si lo he comentado alguna vez, pero a nuestra gusanita le gustan mucho los animales. Pero mucho, mucho, mucho. Cuando ve un perro por la calle se pone a dar saltos en la mochila —si la estamos porteando— o se yergue en la silla señalando con el dedo y llamándolo con un onomatopéyico «¡ba, ba!» que ella traduce de nuestro «¡guau, guau!» —si estamos en el barrio con la silla de paseo—.

Nunca olvidaremos el día que fuimos con ella al zoo cuando apenas tenía ocho meses. Creo que no ha vivido una jornada de tanta excitación desde que nació. La gente nos miraba divertida, éramos un espectáculo andante. Cada vez que nos acercábamos al recinto de un nuevo animal, la entonces chiquitina —hoy ya decimos que es mediana— se volvía loca de contenta. Gritaba, daba saltos, señalaba, agitaba los brazos… Le faltaban recursos para expresar una emoción tan desbordante. Y mira que, como amante de los animales, no me gusta la realidad de los zoos tradicionales, pero ver así de contenta a una niña sumó puntos en el pequeño platillo positivo de la balanza.

Asombrado por el efecto que todos los demás bichos vivientes producen sobre nuestra hija me di cuenta de una cosa: qué difícil es ponerse en el lugar de nuestros bebés. Nos esforzamos por entender cómo les afectan psicológicamente las cosas, tratamos de ordenar racionalmente sus reacciones y las consecuencias de nuestra forma de tratarlos y de presentarlos al mundo, pero nos es absolutamente imposible entrar en su cabecita y aprehender su realidad.

Nuestra capacidad está ya contaminada por el bagaje de experiencias y vivencias que arrastramos, por las lecciones que hemos aprendido e, incluso, por aquellas que ya hemos olvidado, por la cultura de la que hemos mamado, por la sociedad en la que hemos crecido… Ellos, los pequeños, son distintos. Su mente está aún limpia, impoluta, como una superficie de cemento fresco esperando que alguien llegue para dejar su impronta. Ningún esfuerzo que hagamos será suficiente para permitirnos alcanzar un nivel de abstracción tal que nos permita contemplar el mundo que nos rodea desde su perspectiva inocente.

Y entonces intenté hacer el ejercicio. Intenté imaginarme cómo sería la primera vez que vi un perro. ¡Un «simple» perro! ¿Te imaginas no haber visto antes nada parecido y que, de repente, aparezca ante ti una cosa peluda que se mueve, que agita una especie de protuberancias —las orejas— sobre lo que podría ser su cabeza? Una cosa que te mira, que salta, que corre a tu alrededor… O una cosa que gruñe, que tiene dientes como tú y corre a cuatro patas…

Nosotros lo veríamos con la sorpresa de aquel primer europeo que puso pie en Oceanía y descubrió seres asombrosos como el ornitorrinco o el equidna; pero ni siquiera aquel pionero sería capaz de concebir la mirada maravillada de un bebé, porque ese europeo sentía asombro a partir de las referencias que la vida le había regalado. El ornitorrinco tenía pico como los patos de los estanques de su Inglaterra natal; el equidna pinchaba como el erizo… ¿Pero con qué va a comparar un bebé? ¡Todo es nuevo para él!

El tiempo nos hace regalos: experiencia, recuerdos, sabiduría…, pero también se lleva parte de nosotros a cambio. Se lleva nuestra capacidad de asombro, se lleva miedos a lo desconocido que ya no sentiremos ante lo que ya nos resulta familiar. Yo todavía me sorprendo cuando me topo con animales nuevos como el takin que descubrí aquel día en el zoo, pero me resulta inevitable relacionarlo, ordenarlo, clasificarlo… No puedo evitar tratar de encajarlo entre las casillas ocupadas por animales parecidos de mi enciclopedia particular.

Nuestros hijos pequeños, en cambio, están aún construyendo la estructura sobre la que montarán los cajones de su biblioteca. Todo lo que ven lucha por hacerse con una porción del lienzo en blanco que son sus asombrosas mentes inocentes. Todo los estimula porque todo es nuevo para ellos; no hace falta que nos volvamos locos con ejercicios forzados. El mundo es su estimulación; tu casa es su estimulación; la música que suena en la radio es su estimulación; tus caricias, tus cosquillas y tu voz son su estimulación. Lo importante no es leer un manual que nos diga cómo ejercitar su mente; ¡su mente no hace otra cosa que no sea ejercitarse! Lo importante es procurar que tengan todo eso a su alcance, acompañarlos y descubrir a su lado el mundo. Por eso también todo esfuerzo que hagamos para pasar tiempo con ellos ahora que son pequeños merecerá la pena; porque si no somos nosotros los que pisemos el cemento fresco de su experiencia, serán otros. Y no sabemos qué botas calzan los demás; no sabemos qué huella dejarán.

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7 comentarios sobre “Animales «fantabulosos»”

  1. Me ha encantado tu post, estoy completamente de acuerdo contigo. La inocencia, la fascinación, el querer descubrir todo lo que les rodea.. Todo es nuevo, todo es interesante y fascinante para ellos. Y nosotros vivimos sin ni mirar a nuestro alrededor. El tiempo nos da experiencia, pero parece quitarnos todo eso que ellos aprecian con sus ojos y viven como experiencias increíbles . Mi hija se vuelve loca con el perro, lo busca por casa y a su manera lo llama. Eso sí, lo tiene frito al pobre con los tirones de pelo. Genial post, como siempre. Un abrazo!

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    1. Muchas gracias 🙂

      Tienes toda la razón, los mayores cada vez miramos menos. Igual que en Internet hemos desarrollado la capacidad de ignorar la publicidad sin darnos ni cuenta, en la vida real nos salatamos infinidad de cosas, no nos paramos a deleitarnos con nada…

      Y es genial verlos jugar con los animales, ¿verdad? Hay que ver la paciencia que tienen que tener con ellos los pobres perros; se llevan una de tirones y manotazos…

      ¡Un abrazo y gracias por pasar por aquí!

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  2. Un post para enmarcar, querido amigo 🙂 Como no podía ser de otra forma comparto cada punto y cada coma de él. En relación a esto de la capacidad de nuestros peques de asombrarse y maravillarse ante lo nuevo tengo un post con lo mejor de estos dos años de la peque… porque es increíble lo bonito que es verles sorprenderse así ante algo nuevo. Yo siempre lo comparo con los viajes… Cuando estuve en Egipto me alucinó tanto todo que no paraba de hacer fotos y gritar: “Alaaaaaa”. Literal. Como una niña que descubre el mundo. Tal cual. Besazo familia bonita ❤ Conoceros sí que merece otro "Alaaaaaaa" bien grande.

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    1. Justo: viajar es de las pocas cosas que nos quedan para volver a encontrar de verdad la capacidad de descubrir, al menos en la medida en que nuestra mente ya experimentada nos permite.

      Qué idea más bonita para una entrada la tuya. A mí me da un poco de penilla perderme esos momentos de descubrimiento suyos, y me da miedo olvidarlos. A veces intentamos grabarla, pero no me gusta porque rompemos la magia de su momento mirándola a través de la pantalla en lugar de dsifrutar en directo. En fin, la vida es bonita y difícil a la vez.

      ¡Un besote! ¡Y gracias por dejarnos conoceros!

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