Sopa de pescado

Sopa de no sé qué pescado

La cocina que se hace en nuestra casa baila en una coreografía de contrastes, oscilando, según el caso, entre el caos más absoluto y el orden más pulcro y escrupuloso. Tengo que reconocer, eso es cierto, que el primero es el caso más habitual. Son contadas las ocasiones en las que seguimos recetas de terceros al pie de la letra; probablemente sólo cuando hacemos repostería casera o mientras vamos progresando en el «Pan casero» de Ibán Yarza, libro que aprovecho para recomendaros mucho si sois tan panazas como nosotros. En el mayoritario resto de las ocasiones nos limitamos a coger ideas de aquí y allá y adaptarlas en función de los ingredientes que tenemos en la nevera.

Intentamos programar el menú semanal con antelación y, si las circunstancias lo permiten, vamos comprando el día anterior durante el paseo los ingredientes que nos van a hacer falta para la próxima cena y la comida de mañana. Algunas de las sugerencias del menú que cuelga del frigorífico apuntan a recetas concretas que tenemos en nuestro Google Drive culinario particular, pero la mayoría no pasan de la vaguedad de un «pasta» o un triste «patatas» que dejan abundante —excesivo— margen a la creatividad. Tiramos entonces de inspiración y Google a partes iguales y hacemos lo que podemos para ir gastando ese medio puerro que empezamos hace dos días y aquella latilla de mejillones que se esconde en la balda superior del frigorífico detrás de los yogures.

Con semejantes bases, no es raro que acabemos descubriendo por casualidad —«¡eureka!»— que nos gusta más la salsa césar hecha con sardinas en lugar de con anchoas —que son bastante más caras y raramente habitan en nuestra despensa—, o que unos macarrones cocidos en suero de leche y aderezados con la salsa de pimientos que nos sobró de un guiso de bacalao son un manjar que vamos a tener que repetir más a menudo. A veces nos encontramos con que hemos comprado un ingrediente absurdo para una ocasión muy puntual, y no nos queda más remedio que añadírselo a cada plato después para ir gastándolo. Pobre mamá, que se pasa entonces días y días sufriendo los trocitos de cilantro que a mí me chifla ponerle a todo.

Y así llegamos a platos como el que os voy a contar hoy, construido sobre los restos de varias cenas de pescado a la plancha, utilizando como andamios varias recetas que encontré sobre la marcha y que adapté a los humildes ingredientes que teníamos a mano. El resultado nos gustó tanto que mamá se lo ha pedido como parte del menú oficial de su próximo cumpleaños; no os digo más. Así que, más que para vosotros, escribo esta entrada para mí, para que no se me olvide cómo lo hice. Ya sabéis que en casa estoy a cargo del Departamento de olvidarse de todo.

Primera parte: el caldo

Lo primero que necesitamos para cualquier sopa es preparar un buen caldo. Cierto, da muchísima pereza dedicar una tarde a cocer huesos, espinas y verduras cuando puedes comprar un cartón de caldo de marca y ahorrarte el esfuerzo. Nosotros somos los primeros que cenamos alguna que otra vez «de sobre» cuando la vida no nos da más de sí y no llegamos; pero ya sabéis que ése no es nuestro espíritu y que, si podemos, tratamos de evitarlo. Como en tantas otras cosas, también aquí merece la pena el esfuerzo; veréis que el resultado es estupendo y nos ahorramos de paso algunas de las cochinadas que seguro que se esconden entre los salados polvos de las sopas prefabricadas.

La lista de la compra

  • Espinas y cabezas de pescado. Para eso es importante que estéis preparados para la pregunta y que cuando el pescadero os diga aquello de «¿la cabeza la quieres?» contestéis con un rotundo «sí».
    Los puristas recomiendan sólo algunos tipos de pescado para hacer caldo, pero ya sabéis que esta no es una casa de puristas en este tipo de menesteres. Nuestro último caldo, por ejemplo, incluía 2 ó 3 trozos de cabeza de salmón, una cabeza de caballa, otra de lubina y las raspas de un par de ellos. Lo que hacemos es ir congelando la cabeza y las raspas de los pescados que vamos consumiendo y, cuando ya tenemos unas pocas, aprovechamos para hacer un caldo. La mayor parte de las veces no sabemos ni qué peces tiene qué caldo. Un desastre, efectivamente.
  • 1 zanahoria hermosa.
  • 1 cebolla o cebolleta, lo que tengáis.
  • 1 puerro.
  • Perejil. Si puede ser fresco, mejor que mejor (¿habéis probado a congelarlo? Si lo utilizáis para decorar, queda un poco «chuchurrío», pero si es para cocinar es una buena idea para conservar un ramillete grande sin que se seque).
  • Aceite de oliva.
  • 1,5 ó 2 litros de agua.

El camino a la perdición

  1. Limpiamos y pelamos la zanahoria, la cebolla y el puerro. Cortamos la zanahoria y la parte blanca del puerro en rodajas gruesas, y la cebolla en trozos medianos (no hace falta «picarla», basta con cortarla). La parte verde del puerro la vamos a usar también, pero de una pieza, para poder retirarla luego fácilmente.
  2. Ponemos un poco de aceite de oliva —la medida exacta es «un chorro»— en una cazuela grande y encendemos el fuego, fuerte al principio para que se caliente, y medio una vez que esté listo. En cuanto el aceite esté a punto, vamos echando las verduras troceadas a medida que las vayamos teniendo.
  3. Dejamos que se rehoguen un rato, dándoles una vuelta de vez en cuando. ¿Cuánto tiempo? El que os parezca; se trata de que se sofrían un poco nada más. Mientras tanto, aprovechamos para lavar debajo del grifo los trozos de pescado que hemos guardado.
  4. Cuando os parezca que las verduras están a vuestro gusto, añadimos el agua, un par de ramas de perejil y los restos de pescado que vamos a aprovechar. Subimos el fuego para que empiece a hervir un pelín.
  5. Con los primeros hervores los pescados producirán algo de espuma un poco asquerosita, así que es mejor ir retirándola con una espumadera (se ve que es para eso para lo que sirve, no para freír huevos. Por eso se llama «espumadera» y no «sacahuevos»). Una vez quede más o menos limpia la superficie del agua, dejamos hervir a fuego medio durante media hora más o menos. En lugar de una cazuela, podéis hacerlo todo también en la olla a presión y optimizar así mejor estos tiempos. Si lo hacéis en cazuela, yo lo dejaría un poco más…
  6. Retiramos la olla del fuego y empezamos a filtrar el caldo. Yo utilizo un colador chino, pero cada uno se apaña como puede. En este paso mucha gente se queda sólo con el caldo y tira lo demás, pero ya sabéis que en nuestra casa no somos de tirar nada, así que apartamos por una parte las cabezas y espinas de pescado y, en otro plato, las verduras que podamos pescar. El perejil y la parte verde del puerro es lo único que eliminamos de momento.

En este punto tendremos ya nuestro caldo de pescado. Podemos utilizarlo para continuar con la receta de la sopa o bien guardarlo para cocer un arroz o una pasta y darle un empujón genial al sabor.

Segunda parte: la sopa

La lista de la compra

  • Las cabezas, las raspas y las verduras troceadas que hemos utilizado para el caldo.
  • Gambas. Más o menos dependiendo de lo que os gusten y de los tropezones que os guste encontrar en la sopa de pescado.
  • 1/2 cebolla grande o una pequeña.
  • 1/2 zanahoria grande o una pequeña.
  • 1 puerro.
  • Unos trozos de pan tostado o pan duro del día anterior.
  • Brandy, coñac o similar.
  • Un poco de tomate frito que os sobró de otra receta y que no usasteis en las empanadillas de hace unos días. Aquí recomendaremos siempre la versión casera, nada de sucedáneos rojo chillón, pero allá cada uno; si luego sale mal la receta, a mí no me miréis.
  • Ajo (seco en polvo o natural, vosotros veréis).
  • Sal y más aceite de oliva y perejil.

El camino a la perdición

  1. Picamos la nueva cebolla, la zanahoria y el puerro (el trozo blanco nada más) y lo ponemos todo a pochar tranquilamente en una cazuela generosa con un poco de sal. Aquí sí es importante que las verduras queden bien pasaditas, así que ya sabéis: fuego suave y paciencia (y una vuelta de vez en cuando).
  2. Una vez que la cebolla y el puerro empiecen a tener aspecto un poco coloreado, ponemos un chorrito de coñac en un cucharón grande y dejamos que se caliente un poco encima de la cazuela. Vamos a pasárnoslo bien: en cuanto tenga un poco de temperatura, se lo echamos a las verduras y le prendemos fuego para que se flambee todo. ¿Qué es una receta de cocina si no pasamos un poco de miedo? Pues eso.
  3. Si vas a usar pan viejo, tuéstalo un poco en una sartén. Si no tenías pan duro, puedes usar pan tostado normal; no te vamos a decir nada. Lo añadimos en trozos a las verduras con el coñac ya flambeado y dejamos que se mezcle todo unos minutos.
  4. Añadimos el caldo de pescado y las verduras que habíamos reservado de la preparación del caldo, además de 4 ó 5 cucharadas soperas de tomate frito. Llevamos a ebullición y dejamos que hierva todo junto unos 20 minutos.
  5. Mientras termina de hervir el caldo, aprovechamos para rescatar de las cabezas y espinas de pescado los trozos que siempre se quedan abandonados ahí. Creedme: sin volverse muy loco rascando dan mucho de sí. Serán los trozos de pescado de nuestra sopa, junto con las gambas que ahora prepararemos.
  6. Ponemos un poco de aceite de oliva en una sartén o cazo pequeños. Cuando esté caliente, añadimos las gambas peladas y el ajo y un poco de perejil picados. Les darán mejor sabor que si las añadimos directamente al agua del caldo.
  7. Retiramos la cazuela del caldo del fuego y pasamos todo por la batidora intentando dejar la crema resultante lo más fina que podamos. Cuando esté lista, añadimos los trocitos de pescado y las gambas y dejamos que hierva todo junto un par de minutos más. Si preferís las sopas con pasta, podéis añadir ahora unos pocos puntitos o fideos y dejarlo el tiempo que indique la bolsa que tienen que hervir, que no debería ser mucho más de 5 ó 6 minutos.

El truco final

Ahora mismo me está dando pereza el simple hecho de releer lo que acabo de escribir, así que me imagino que a vosotros os parecerá que estoy muy loco si pretendo que alguien complete esta receta. Estáis en lo cierto, estoy fatal de lo mío, pero ya he dicho en mi defensa que esto lo hago más para mi uso y disfrute personal que otra cosa, que conste.

Yo os aconsejo dedicar una tarde tranquila y hogareña a preparar el caldo y ya haréis la parte final de la sopa el día que la vayáis a terminar. Nosotros últimamente congelamos casi más salsas sobrantes, caldos y preparaciones por el estilo que platos terminados. Es cuestión de tener el menú más o menos programado y descongelar el caldo correspondiente que vayas a necesitar ese día. Tener un buen surtido de caldos y salsas sabrosonas en el congelador puede darle una vida espectacular a cualquier plato.


 

P.D.: hoy he incluido la foto del resultado final. Una foto lamentable hecha con el móvil y mal iluminada, sí, pero una foto. No sé cómo hacéis los que ponéis fotos de los platos terminados; yo en cuanto termino, lo único que quiero es comer. Así salen las fotos, claro.

 

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4 comentarios sobre “Sopa de no sé qué pescado”

  1. Por favor. Qué grandes sois, de verdad ❤ No puedo leerte de verdad. ¡Es como leerme a mi! Jajajajajajaa
    "1 zanahoria hermosa". ¡Por favor! Muy FAN. Yo, como no podía ser de otra manera, hago exactamente de la misma forma el caldo de pescado pero nunca he llegado al paso dos sino que más bien me quedo en el caldo para hacer guisos o arroces (guiso de patatas con sepia o arroz con sepia, por ejemplo) pero tengo que probar esa sopa porque tiene una pinta increíble.
    Yo también digo siempre sí a las raspas y cabezas jejeje… Las congelo y cuando quiero caldo de pescado ahí están ellas esperando 😀
    ¡¡Ay, me encantáis!! #ComunidadMarujista

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    1. Jajaja, ¿qué mejor forma de describir una zanahoria? 😀
      Nosotros también paramos muchas veces en el caldo; congelamos, y listo para otro plato. Pero como a Vane le encanta la sopa, llevábamos un montón de tiempo intentando encontrarle el punto a la sopa de pescado como la que hace su madre. Igual igual, no es, pero se acerca bastante, jajaja.
      Me uno a esa #ComunidadMarujista, jajaja. ¡Viva el Marujismo!

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