Excedencia

¿Cuestión de prioridades?

Según el último estudio «Guardería y Familia» de Edenred, hasta un 69% de los hombres querría dejar su trabajo para dedicarse al cuidado de los hijos. Si me fijo en mi entorno más cercano, tengo que reconocer que la cifra me asombra. Si tantos papás estamos deseando pasar más tiempo criando a nuestros hijos, ¿por qué es tan difícil encontrar padres que lo hayan conseguido? ¿Por qué hay tan pocos padres que hayan podido hacerlo?

Siempre he sido muy celoso de la separación —y la combinación— de mis vidas personal y laboral. Por eso, desde que soy padre, me apasiona leer y debatir sobre conciliación, porque la situación al respecto en este país supone un bofetón de realidad que se planta de repente en tu vida llevándoselo todo por delante desde el mismo momento en que nace tu primer hijo.

Conciliar no es fácil. Ni siquiera es fácil llegar a un acuerdo sobre qué es y qué implica la conciliación —¿os suena Carolina Bescansa?—, lo que ya de por sí dificulta mucho cualquier avance legislativo en esta materia. He asistido a discusiones muy encendidas sobre cómo deberían adaptarse los horarios de trabajos y escuelas, sobre cómo habría que organizar las bajas maternal y paternal, o sobre si las guarderías son solución o no a un problema que muchos padres trabajadores sufrimos cada día.

Por eso, porque cada paso es más difícil que el anterior, deberíamos ser conscientes de las herramientas que ya tenemos a nuestra disposición y de que, con un poco —o más bien «un mucho»— de esfuerzo podemos hacer al menos un pequeño acercamiento a esa utopía de la conciliación. Nuestro caso no es ejemplo de nada; no creo que en este ámbito pueda haberlos. Cada familia es única y cada situación, particular. Las circunstancias que rodean cada nacimiento en el seno de un hogar difieren enormemente de las del resto, así que no hay medidas universales que podamos aplicar aquí y allá. Sin embargo, sí me gustaría aportar mi pequeño granito de arena para animar a otros papás —y en este caso me dirijo en especial a los papás, no tanto a las mamás— a dar un paso al frente en el arduo camino de la conciliación.

¿Y por qué siento que hay que animar a otros papás? Pues porque me da la sensación de que todavía encontramos demasiados motivos que nos roban el valor necesario para dar el paso y hacer uso de algunas de las —pocas— opciones que tenemos para conciliar. Hace unas semanas empecé a negociar con mi empresa mi excedencia para quedarme con mi gusanita y me topé con cierta pena con una sorpresa: de entre los cerca de 300 empleados que trabajamos allí ninguno hasta ahora ha solicitado ni un solo día de excedencia por cuidado de los hijos. En el departamento de Recursos Humanos ni siquiera conocían las diferencias entre ésta y una excedencia común de carácter voluntario.

Es cierto que trabajo en un sector que tradicionalmente ha empleado de forma muy mayoritaria a hombres. Es algo de lo que me gustaría hablar en otro momento pero, triste o no, la realidad es esa. Esa alarmante desviación por sexo conduce a una segunda nota preocupante, como es el hecho de que en una empresa constituida fundamentalmente por hombres apenas nadie se plantee solicitar una reducción de jornada o iniciar un periodo de excedencia.

Sé que en el caso de muchas familias es inviable salir adelante sin dos salarios a fin de mes. Tan solo los gastos imprescindibles de la hipoteca o el alquiler y las facturas de los servicios básicos del hogar y la compra se llevan por delante la mayor parte de los ingresos de muchos hogares. Sin embargo, a veces, si de verdad se quiere, se puede. Quizá nos dé miedo enfrentar las decisiones que deberemos tomar, pero renunciando a algunos gastos o repriorizando elementos de nuestro estilo de vida podemos encontrar un resquicio para la esperanza. Y ahí es donde campañas como la reciente #padresigualitarios de los Papás Blogueros son fundamentales para animar a más y más padres a encontrar la valentía de demostrar en público que quieren hacer las cosas —que se pueden hacer las cosas y que ya están haciendo las cosas— de otra manera.

Cuando la cuestión de la conciliación cae sobre la mesa de la cocina en la oficina y hablamos sobre el tema, me llama la atención la aparente contradicción en la que caemos. Mientras nos mostramos deseosos de poder pasar más tiempo en casa como ese 69% de los papás que mencionaba el estudio, pocos contemplan una reducción de jornada o unos meses de excedencia como una vía para acercarse al cumplimiento de ese deseo. Hace no tanto que yo estaba ahí, lo confieso, y por eso puedo contar lo que me frenaba, lo que me daba miedo —y aún hoy me lo da—, antes de que el deseo de ver crecer a mi hija arrasara con ello y me empujara a dar el paso.

El miedo económico

El primer tipo de reticencia que nos frena a la hora de prescindir de una parte o del total de nuestra jornada laboral es la pérdida de ingresos que esa reducción implica necesariamente. Como he dicho, es obvio que en muchos casos las cuentas se empeñan en no cuadrar; no hay más que hablar ahí. Pagar el alquiler y las facturas que insisten en drenar nuestra cuenta al final de cada mes es imprescindible. Pero ¿estamos todos seguros de que las cuentas no cuadran?

Los años pasan por nosotros y nosotros por los años y crecemos con la autoexigencia de crecer económicamente del mismo modo en que crecemos como personas. ¿No es cierto que mucha gente consideraría un fracaso vivir «con menos» a los 45 que a los 35? El modelo que nos hemos dejado imponer exige que cuando cambies de coche lo hagas por uno mejor; que cuando te mudes de casa lo hagas a una más grande; que cuando dejes un trabajo sea por otro en el que remuneren mejor tu esfuerzo. ¿De verdad es necesario? Personalmente hace mucho tiempo que creo firmemente en la inviabilidad del crecimiento constante; creo que no es sostenible y, sobre todo, que no es sano. Ni para nosotros ni para los y lo que nos rodea.

Después de mi primer trabajo, tardé siete años en volver a recuperar aquel poder adquisitivo; siete años que han coincidido con una crisis dramática en nuestro país y con un cambio de rumbo en mi carrera profesional. Me jodía, desde luego. Si me hubierais conocido antes es probable que hubieseis escuchado de mi boca la frase «¡si yo cobraba más cuando era becario!», que por otra parte está basada en hechos muy reales. Sin embargo, para mí han sido años muy felices. Durante temporadas no pasábamos de comprar la segunda marca blanca del hipermercado; en otros momentos pudimos ahorrar suficiente para darnos un homenaje en algún viaje que nunca olvidaremos. ¿Nuestro truco? Adaptar siempre nuestro tren de vida al tipo de billete que las condiciones del momento nos permitían adquirir. Y eso es lo que hacemos ahora también: nos preocupamos más por el consumo responsable —que a menudo es también más caro—, pero hemos prescindido de muchos otros gastos que ahora consideramos menos prioritarios. Hace dos años que no cogemos un avión para irnos de vacaciones; vacaciones que, de hecho, ya no duran más de una semana si no es en el pueblo. ¿Me dan envidia los viajes de los que mis amigos presumen —con razón, ojo— en Facebook? Por supuesto. Pero es una envidia que se me pasa muy rápido cuando pienso en todo el tiempo que voy a poder pasar viendo crecer a mi gusanita a cambio de prescindir de cuatro cosas que, al fin y al cabo, no son tan importantes en mi día a día. Es sólo un ejemplo. Qué es importante es lo que tiene que decidir cada uno…

El miedo profesional

No sé en vuestro ámbito laboral, pero en el mío las cosas cambian extremadamente rápido. Todos los años hay decenas de webs del sector anunciando las que serán las tendencias de los próximos doce meses. Cambian los estilos, las técnicas y las herramientas. Cambia la filosofía entera con la que se afrontan los proyectos. Por eso, da mucho vértigo tomar un desvío durante seis, ocho o doce meses y apartarse del camino marcado. Me da miedo llegar al carril de incorporación a la autovía dentro de uno o medio año y darme cuenta de que mi pequeño coche diésel ya no es capaz de acelerar a la velocidad suficiente como para retomar la marcha junto a una flota de vehículos que ya se mueven con motores híbridos y carrocerías mucho más aerodinámicas.

Es un miedo que me preocupa. Intento pensar que los días tendrán muchas horas y que siempre podré encontrar un hueco para seguir formándome y mantenerme al día. No obstante, sé por experiencia que las horas en nuestro hogar transcurren a una velocidad diferente, superior a la que demuestran en el mundo exterior. Ay, la relatividad… He visto cómo mamá apenas encontraba tiempo para respirar un minuto día tras día durante meses. ¿Será distinto ahora que nuestra gusanita ya es mediana? Lo veremos.

En cualquier caso, no es la primera vez que mi corta trayectoria profesional me ha obligado a incorporarme con cierta desventaja a carreras que no eran la mía. ¿Por qué no iba a asumir este nuevo reto si es lo que más me apetece en el mundo?

El miedo profesional también se manifiesta como temor a perder un empleo estable que nos ha costado años conseguir. La reducción de jornada o la excedencia son herramientas que la ley garantiza a los trabajadores, pero sabemos que no vivimos en el País de la Piruleta y que son tristemente abundantes los despidos o los casos de acoso laboral relacionados con quien se acoge a ellas. Una empresa que pisoteara mis derechos de esa forma no merecería ni un minuto de mi tiempo; lo he hecho antes y lo volvería a hacer: buscaría una salida lo antes posible; soy consciente, no obstante, de que es un riesgo que no siempre podemos asumir, más aún en un mercado laboral como el nuestro. Sin embargo, si la mayoría de los trabajadores se dejara llevar por el miedo a la hora de utilizar sus permisos retribuidos, sus bajas maternales o paternales, etc., podría resultar más difícil reclamar la extensión de ese tipo de beneficios en el futuro en aras de mejorar las posibilidades de conciliación. Hay que intentarlo.

El miedo a los demás

También conocido como «el qué dirán». Que en un mundo competitivo como el nuestro alguien decida aparcar su carrera para volver al hogar y dedicarse a sus hijos es, ya de por sí, algo relativamente poco habitual. Que ese «alguien» sea, además, el padre, es todavía más excepcional. Como comentaba, mi excedencia será la primera que un papá de mi empresa vaya a disfrutar; nada que ver con el entorno en el que trabaja mamá, que siendo mayoritariamente femenino está extremadamente habituado a que un muy alto porcentaje de las compañeras esté acogiéndose a una reducción de jornada o haya hecho uso anteriormente de al menos unos meses de excedencia.

Sé que la mayor parte de los comentarios nacen de esa sorpresa natural ante lo poco habitual, no hay mala intención detrás, pero no dejan de ser bolitas de peso que se añaden en el lado miedoso de la balanza de los dos puntos anteriores. Me sorprenden, quizá eso sí, cuando resbalan desde la boca de otros padres, como si nunca se hubieran planteado en su momento la posibilidad de dejar de hacer cualquier otra cosa que no fuera darle prioridad a la crianza de sus hijos. Me sorprenden menos en boca de quien no ha pasado por la paternidad o de quien aún ni se la plantea; porque no hace tanto que yo estaba ahí, y para mí, como para el resto, era lo normalmente aceptado que si los padres tenían que trabajar la crianza debía externalizarse a manos de un tercero.

 


Y con esa frase me gustaría terminar hoy, que creo que esta entrada se me ha ido de las manos: ¿tienen de verdad que trabajar los padres 8 horas al día por encima de todo? Es decir, en aquellos casos en los que no hablamos de una necesidad económica imperiosa, el problema puede reducirse —simplificando mucho, muchísimo, desde luego— a una cuestión de prioridades. ¿Qué es más importante para ti? Para mí, está meridianamente claro: quiero ver crecer a mi hija; quiero criarla mientras aún sea pequeña; quiero estar ahí con ella tanto tiempo como sea posible mientras ella quiera tenerme a su lado. No quiero que llegue el día en el que me arrepienta de haber trabajado mientras se escapaban entre sus «diminsúculos» deditos los días de su infancia que nunca volverán. Porque, de un modo u otro, yo volveré a trabajar, pero ella nunca volverá a ser pequeña.

 

 

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7 comentarios sobre “¿Cuestión de prioridades?”

  1. Por cierto, eso de que no sois ejemplo de nada… ¡Para mí sí que lo sois! Unos padres implicados, generosos, maravillosos. Buenas personas. Y que, además, son la mar de apañados. Lara es una bebé muy afortunada, lo digo de corazón.

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  2. ¡Qué buen post! Como siempre, completamente de acuerdo en todo. Muchas veces tenemos tan claras ciertas metas, ciertas “necesidades” (que la mayoría de veces no son tal) y ciertos miedos que no vemos más allá. En este tiempo como papás hemos descubierto que realmente se puede vivir con muchísimo menos, pero es un trabajo duro con tantas conductas aprendidas y que están interiorizadas como un mantra… Ay! Sí que creo que no siempre cuadran las cuentas, por mucho que bajemos gastos y prioricemos 😦 Como dices, se puede vivir con mucho menos pero entiendo que no siempre cuadra todo (más aún en una ciudad como Madrid en la que el alquiler se chupa gran parte del sueldo, si no uno entero). Al final son prioridades, pero también oportunidades, tácticas muy elaboradas, esfuerzos… Conciliar y ajustar la economía es digno de estudio. Nosotros, por ejemplo, ya sabéis que tuvimos una oportunidad que nos permitió redirigir el camino… Pero una excedencia durante al menos seis meses más, en ese momento, hubiera sido inviable porque el alquiler consumía ya más de la mitad de uno de los sueldos… Y no será que no buscáramos algo más barato (estuvimos a punto de mudarnos a Valdemoro) pero al final el gasto en transporte + tiempo consumía casi lo que ahorrábamos por ese lado. Cuando hay sueldos muy bajitos y no hay ahorro detrás es complicado a veces cuadrar pero, ojo, otras muchas sí que se puede pero no se ve más allá.
    No sé si me he liado y ni me he explicado 🙂

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    1. Te has explicado muy bien. Es lo que me pasaba a mí en el post: quiero dejar claro que es innegable que muchas veces no se puede; pero hay ocasiones en que sí, que es cuestión de tener claro que es lo que más nos importa y aprender a vivir sin otras cosas menos importantes.
      Una excedencia de un año es inviable para la mayoría, seguro, pero ¿y una reducción de un par de horas de uno de los dos? Hay que encontrar nuestra vía, pero ya que son pocas las herramientas que nos dan, tenemos que hacer un esfuerzo por sacarles todo el jugo que permita nuestra situación.
      Vosotros habéis hecho un montón de esfuerzos y malabarismos, y Mara ha tenido la suerte de estar contigo muchísimo tiempo, infinitamente más que la mayoría de los niños. Y oye, una cosa que se me olvidó mencionar al final en la entrada es que la conciliación no es importante solo durante los primeros dos años. A lo mejor en este momento no podéis prescindir de nada más, pero dentro de unos años, cuando vaya al cole, lo mismo uno puede trabajar un poco menos y pasar las tardes con ella, ¿no? Quién sabe. La baja maternal se acaba muy rápido, pero los niños nos necesitan durante muchos años, así que oportunidades de estar con ellos no nos van a faltar, seguro.
      ¡Un besote!

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