«El viejo y el mar» y «¿Quién se ha llevado mi queso?»

Libros para ella, libros con ella

Nuestros libros se sienten abandonados en las polvorientas estanterías del salón. Desde que somos papás se han reducido alarmantemente los ratos que les dedicamos. No han sufrido tanto como las series, eso sí, pero insisten en reclamar nuestra atención noche tras noche aterrados ante la posibilidad de haber caído en el olvido. Por eso, para tratar de enviarles un mensaje que pueda reconfortarlos, me uno hoy al carnaval madresférico organizado con motivo de la celebración del próximo Día del Libro.

He sido incapaz de reducir mi selección a un solo título, lo reconozco y lo siento. Prometo que los dos que traigo son muy cortitos. Además, pensando qué podría contar sobre cada uno, me he dado cuenta de que comparten una misma idea subyacente, la de animarnos a ir más allá en la vida, a abandonar eso que un «coach» motivacional moderno llamaría «la zona de confort». ¿Queréis saber cuáles son?

El libro que me gustaría leer con ella

El padre friki que se esconde en mí pugnaba por destacar la trilogía de «El señor de los anillos». Su universo fascinante me entretuvo durante horas y horas cuando era joven y probablemente sea el libro que en más ocasiones he releído, alternando incluso la versión original en inglés con la traducción al castellano.

Sin embargo, mi propuesta definitiva habita en el extremo contrario. Alejado de las innumerables páginas de la obra de Tolkien, con un estilo radicalmente opuesto, libre de sus largas descripciones llenas de adjetivos, navega «El viejo y el mar», de Ernest Hemingway.

«El viejo y el mar» es un libro chiquitín, de los que puedes leer en una tarde corta de septiembre antes de que llegue a hacerse de noche. Es un relato en que no se pierde el tiempo en presentaciones. Prescinde de personajes decorativos y se centra en su único protagonista: el viejo. No creo que haya muchas obras tan breves y que, no obstante, escondan tantos sentimientos, tantos valores…

«—Un billete entero. Eso hace dos pesos y medio. ¿Quién podría prestárnoslo?
—Eso es fácil. Yo siempre encuentro quien me preste dos pesos y medio.
—Creo que yo también. Pero trato de no pedir prestado. Primero pides prestado; luego pides limosna.»


«El viejo y el mar» (diálogo entre el viejo y el muchacho)
Ernest Hemingway

«El viejo y el mar» cuenta la historia de una lucha personal, la de un pescador que, intuye el lector, seguramente esté llegando al final de sus días. En medio de la soledad del mar infinito en la que, paradójicamente, nunca se encuentra solo, el viejo se enfrenta al mayor reto que una vida dura y austera le haya planteado jamás. Sobre las olas planea durante todo el relato la tensa incertidumbre de lo que el destino deparará al anciano, cuyo respeto por el océano y sus desafíos son paradigma del amor a lo que uno hace.

«Miró por sobre el mar y ahora se dio cuenta de cuán solo se encontraba. Pero veía los prismas en el agua profunda y oscura, el sedal estirado adelante y la extraña ondulación de la calma. Las nubes se estaban acumulando ahora para la brisa y miró adelante y vio una bandada de patos salvajes que se proyectaban contra el cielo sobre el agua, luego formaban un borrón y volvían a destacarse como un aguafuerte; y se dio cuenta de que nadie está jamás solo en el mar.»


 

«El viejo y el mar»
Ernest Hemingway

Sin desvelar más detalles de la historia, creo adivinar entre líneas un paralelismo entre la relación que el viejo mantiene con las fuerzas de la naturaleza y los valores que los aficionados a la tauromaquia pretenden encontrar en el enfrentamiento que lleva al matador a acabar con la vida del toro. No olvidemos que Hemingway fue uno de los más famoso aficionados a los espectáculos taurinos de nuestro país.

Pero yo siempre he preferido entender el relato en otra clave, la del afán de superación de la persona, la de los éxitos que a veces saben a fracaso. No es un libro para niños ni pretende ser una novela de aventuras. Es un relato hermoso en su crudeza, ejemplo de muchas cosas que sí me gustaría releer algún día con ella, con mi hija. Quizá para entonces porte yo tantas cicatrices como ha dejado la vida en el viejo del libro, pero ni las heridas aún abiertas son óbice para que, al menos, intentemos seguir remando.

«—Ojalá hubiera traído una piedra para afilar el cuchillo —dijo el viejo después de haber examinado la ligadura en el cabo del remo—. Debí haber traído una piedra.
“Debiste haber traído muchas cosas —pensó—. Pero no las has traído, viejo. Ahora no es el momento de pensar en lo que no tienes. Piensa en lo que puedes hacer con lo que hay”.»


«El viejo y el mar»
Ernest Hemingway

El libro que me gustaría regalarle

No me gustan los libros de auto-ayuda. En general, me fío poco de quien hace de la divulgación de su éxito su modo de vida. Estoy un poco cansado de las charlas motivacionales empresariales, y no es raro que recele como de un «sacacuartos» de esos entrenadores de empresa cuyo discurso está lleno de palabras vacías —«buzzwords», en la jerga propia del mundillo—. Y, sin embargo, mi segunda recomendación es uno de ellos: un libro de auto-ayuda. Pero lo recomiendo por el valor que tuvo para mí gracias a la forma como llegué hasta él. Por eso, y porque cualquier libro que, en cualquier contexto, contenga la frase «tener queso te hace feliz» es necesariamente un buen libro.

«¿Quién se ha llevado mi queso?» es, quizá, el único libro que me ha regalado mi padre. No quiero engañaros: mis padres siempre me han comprado muchos libros. Incluso fuimos suscriptores del Círculo de Lectores durante un tiempo. Pero aquellos libros llegaban a mí sin ningún significado particular. Mis padres se limitaban a pagarlos —que no es poco—. Hasta que un día, mi padre se presentó con este libro en la mano. Nunca ha sido un hombre de muchas palabras, pero yo sabía que era un regalo especial, como así lo demostró la dedicatoria que encontré escrita por él con su cuidada caligrafía cursiva unas páginas antes del prólogo.

El libro aterrizó en mi vida en un momento de confusión, miedo e incertidumbre. Atravesaba una etapa difícil que me obligaba a enfrentarme a decisiones que no quería tomar, acomodado como estaba en una rutina fácil y en unos estudios que había ido sacando adelante con solvencia hasta entonces. Esos sentimientos negativos repercutían en mi forma de ser en casa y, como siempre han hecho, mis padres supieron entenderme antes incluso de que yo fuera consciente de lo que me pasaba.

«Haw siguió pensando en lo que podía ganar, en lugar de detenerse a pensar en lo que perdía. Se preguntó por qué siempre le había parecido que un cambio le conduciría a algo peor. Ahora se daba cuenta de que el cambio podía conducir a algo mejor.»


 

«¿Quién se ha llevado mi queso?»
Spencer Johnson

Nunca podré decir que mis padres no hayan apoyado mis decisiones, incluso cuando tenían plena seguridad de que me estaba equivocando. Pero dejaron que cometiera mis propios errores, guardando una distancia adecuada para prestarme una mano solícita en la caída. Desde esa distancia, mi padre mi hizo un regalo y, consciente de mi miedo, me hizo llegar el mensaje que necesitaba: «¿qué harías si no tuvieras miedo?». Probablemente, este libro no habría significado nada de haberlo encontrado en cualquier quiosco de prensa. Pero recibido de la mano silenciosa de mi padre, se llenó de un significado que nunca le agradeceré lo suficiente.

Decir que un libro cambió tu vida puede ser exagerado. No obstante, esta parábola sobre el miedo a lo desconocido, sobre el valor positivo del cambio, sobre la necesidad de permanecer alerta y receptivo ante imprevistos que nos son inevitables, caló en mí como si hubiera salido directamente de boca de mi padre. Sigo teniendo miedo; me sigue dando pereza y reparo enfrentarme a los cambios; pero desde que superé aquella etapa de la vida, nunca he dejado que esos sentimientos pesaran más que las ganas de salir adelante.

Quizá no sea este el libro que tenga que regalarle a mi hija pero, igual que mi padre en aquel momento, me gustaría saber entender el momento preciso y encontrar aquel libro que ella necesita leer. Y, con más o menos palabras, con o sin dedicatoria, poder hacerle comprender que su madre y yo estamos ahí para darle nuestro apoyo y para compartir el mensaje del libro y muchos más por venir.

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6 comentarios sobre “Libros para ella, libros con ella”

  1. “Quién se ha llevado mi queso” lo leí obligada para hacer un trabajo en el colegio. Me gustó sí, pero nunca tendrá ese significado añadido tan especial que has relatado tu. Siempre he dicho que las lecturas impuestas son las peores. Lo mismo me pasó con “La Sombra del Viento” y mira que son buenos libros.

    “El viejo y el mar”no lo he leído, la verdad es que ahora con la niña no dedico tanto tiempo a la lectura. En casa siempre vi leer a mi abuela y a mi padre, y yo cogí el mismo gusto. Desde niña devoraba libros sin parar. Ojalá pueda volver a ello y que mi hija al verme entre en el apasionante mundo de los libros. Me parece genial la iniciativa de Madresfera.

    Un saludo 🙂

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    1. Sí, la verdad es que es un debate que siempre estará abierto: si conviene obligar a leer o no. Idealmente, sería mucho mejor conseguir que los peques descubrieran el placer de la lectura sin necesidad de lecturas obligatorias, sin duda.

      Como cuentas tú con tu caso, por ejemplo, viendo a tus padres y abuelos leer en casa. Me da rabia ahora no encontrar tantos ratos para leer como me gustaría, porque así la peque no nos ve leyendo tan a menudo. De hecho, cuando intento ponerme a leer delante de ella, suele venir porque le gusta pasarme todas las páginas del libro, así que no avanzo mucho 😀 Pero no me importa que lo haga; lo importante es que vayamos acercándonos juntos a los libros 🙂

      ¡Un saludo!

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  2. Qué bonito el detalle de tu padre con el libro… 🙂 En mi casa también eran socios del Círculo de Lectores y mis padres sí leían bastante, pero no recuerdo nunca que me hubieran leído a mi. Sí recuerdo a mi abuela noches y noches que pasaba en su casa leyéndome “20 mil leguas de viaje submarino” o “Viaje al centro de la tierra”.

    “El viejo y el mar” lo tengo pendiente desde hace mucho. Al poco de conocer a Adrián compramos el libro en la Cuesta Moyano (no sé si la conoces, muy cerca del Retiro) pero sólo lo leyó Adrián. Resultó ser una mala traducción en mexicano o similar que no había por donde cogerla… Así que ahí queda en mis pendientes 🙂 Mi estantería también está cogiendo polvo y tiene un sinfín de libros pendientes. En concreto, llevo dos meses con el mismo “Amigas con hijos” 😀

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    1. Jo, yo de que me leyera alguien sí que no me acuerdo. Recuerdo haber ido muchísimas veces a la biblioteca con mi hermana y mi padre en verano mientras mi madre trabajaba, pero leíamos cada uno lo suyo, jejeje.

      La Cuesta de Moyano mola mucho, sí. No trabajamos esa zona muy a menudo, pero a Vanesa le encantan las ferias de libros. Al final nunca nos llevamos nada, jajaja, pero dan para perderse mucho. Y para hacer fotos, jajaja.

      Algún día tenemos que ir a la «bebeteca» que hay en la biblioteca del mercado de Barceló. Ya que a nosotros no nos dejan leer, por lo menos que lean las peques, y nosotros con ellas, ¿no? Jajaja.

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