Pizza burgalesa #amimanera

A estas alturas ya deberíais saber que soy enfermizamente tímido y, si no lo sabéis, ya os lo digo yo que me conozco: soy tímido. Aún hoy no me explico qué tipo de enajenación mental transitoria sufrí para que no se me ocurriera otra cosa que proponerle nada más y nada menos que a Madresfera jugar a algo que yo llamé «las recetas encadenadas», siguiendo un poco la idea de lo que se me ocurrió hacer con las sobras de una deliciosa receta de garbanzos de Marujismo que en casa convertimos en una estupenda cena de empanadillas.

El caso es que entre simpáticas conversaciones tuiteras, «jijis» y «jajas», Madresfera recogió el guante con elegancia y lo transformó en una estupenda iniciativa que ojalá vea una gran participación de entre tantos mamás y papás cocinillas como hay en esta red de blogueros. Lo llamó #amimanera y se estrenó la semana pasada con la primera llamada a las cocinas en busca de nuestras recetas de pizza casera. Tendría bemoles que me perdiera yo la primera convocatoria, así que os traigo hoy la receta —aproximada, como siempre— de la que mamá calificó como «la mejor pizza que has hecho hasta ahora en casa».

Si habéis leído alguna de mis anteriores recetas, ya os habréis ido dando cuenta de que básicamente me limito a arrojar infinidad de ingredientes a una cazuela hasta que están cocinados. No es de extrañar, por tanto, que en la foto de los materiales que vamos a necesitar para esta receta me haya olvidado la mitad con la emoción de hacer las fotos de la elaboración paso a paso.

Ingredientes para la pizza burgalesa

Os adelanto también que esta no es una pizza para un día cualquiera. Primero, porque es contundente en abundancia. Segundo, porque contiene muchas elaboraciones que es probable que tengamos que haber preparado el día anterior si no forman parte habitual de nuestra despensa. Pero no adelantemos acontecimientos; vamos con la receta.

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Animales «fantabulosos»

No sé si lo he comentado alguna vez, pero a nuestra gusanita le gustan mucho los animales. Pero mucho, mucho, mucho. Cuando ve un perro por la calle se pone a dar saltos en la mochila —si la estamos porteando— o se yergue en la silla señalando con el dedo y llamándolo con un onomatopéyico «¡ba, ba!» que ella traduce de nuestro «¡guau, guau!» —si estamos en el barrio con la silla de paseo—.

Nunca olvidaremos el día que fuimos con ella al zoo cuando apenas tenía ocho meses. Creo que no ha vivido una jornada de tanta excitación desde que nació. La gente nos miraba divertida, éramos un espectáculo andante. Cada vez que nos acercábamos al recinto de un nuevo animal, la entonces chiquitina —hoy ya decimos que es mediana— se volvía loca de contenta. Gritaba, daba saltos, señalaba, agitaba los brazos… Le faltaban recursos para expresar una emoción tan desbordante. Y mira que, como amante de los animales, no me gusta la realidad de los zoos tradicionales, pero ver así de contenta a una niña sumó puntos en el pequeño platillo positivo de la balanza.

Asombrado por el efecto que todos los demás bichos vivientes producen sobre nuestra hija me di cuenta de una cosa: qué difícil es ponerse en el lugar de nuestros bebés. Nos esforzamos por entender cómo les afectan psicológicamente las cosas, tratamos de ordenar racionalmente sus reacciones y las consecuencias de nuestra forma de tratarlos y de presentarlos al mundo, pero nos es absolutamente imposible entrar en su cabecita y aprehender su realidad.

Nuestra capacidad está ya contaminada por el bagaje de experiencias y vivencias que arrastramos, por las lecciones que hemos aprendido e, incluso, por aquellas que ya hemos olvidado, por la cultura de la que hemos mamado, por la sociedad en la que hemos crecido… Ellos, los pequeños, son distintos. Su mente está aún limpia, impoluta, como una superficie de cemento fresco esperando que alguien llegue para dejar su impronta. Ningún esfuerzo que hagamos será suficiente para permitirnos alcanzar un nivel de abstracción tal que nos permita contemplar el mundo que nos rodea desde su perspectiva inocente.

Y entonces intenté hacer el ejercicio. Intenté imaginarme cómo sería la primera vez que vi un perro. ¡Un «simple» perro! ¿Te imaginas no haber visto antes nada parecido y que, de repente, aparezca ante ti una cosa peluda que se mueve, que agita una especie de protuberancias —las orejas— sobre lo que podría ser su cabeza? Una cosa que te mira, que salta, que corre a tu alrededor… O una cosa que gruñe, que tiene dientes como tú y corre a cuatro patas…

Nosotros lo veríamos con la sorpresa de aquel primer europeo que puso pie en Oceanía y descubrió seres asombrosos como el ornitorrinco o el equidna; pero ni siquiera aquel pionero sería capaz de concebir la mirada maravillada de un bebé, porque ese europeo sentía asombro a partir de las referencias que la vida le había regalado. El ornitorrinco tenía pico como los patos de los estanques de su Inglaterra natal; el equidna pinchaba como el erizo… ¿Pero con qué va a comparar un bebé? ¡Todo es nuevo para él!

El tiempo nos hace regalos: experiencia, recuerdos, sabiduría…, pero también se lleva parte de nosotros a cambio. Se lleva nuestra capacidad de asombro, se lleva miedos a lo desconocido que ya no sentiremos ante lo que ya nos resulta familiar. Yo todavía me sorprendo cuando me topo con animales nuevos como el takin que descubrí aquel día en el zoo, pero me resulta inevitable relacionarlo, ordenarlo, clasificarlo… No puedo evitar tratar de encajarlo entre las casillas ocupadas por animales parecidos de mi enciclopedia particular.

Nuestros hijos pequeños, en cambio, están aún construyendo la estructura sobre la que montarán los cajones de su biblioteca. Todo lo que ven lucha por hacerse con una porción del lienzo en blanco que son sus asombrosas mentes inocentes. Todo los estimula porque todo es nuevo para ellos; no hace falta que nos volvamos locos con ejercicios forzados. El mundo es su estimulación; tu casa es su estimulación; la música que suena en la radio es su estimulación; tus caricias, tus cosquillas y tu voz son su estimulación. Lo importante no es leer un manual que nos diga cómo ejercitar su mente; ¡su mente no hace otra cosa que no sea ejercitarse! Lo importante es procurar que tengan todo eso a su alcance, acompañarlos y descubrir a su lado el mundo. Por eso también todo esfuerzo que hagamos para pasar tiempo con ellos ahora que son pequeños merecerá la pena; porque si no somos nosotros los que pisemos el cemento fresco de su experiencia, serán otros. Y no sabemos qué botas calzan los demás; no sabemos qué huella dejarán.

Sopa de no sé qué pescado

La cocina que se hace en nuestra casa baila en una coreografía de contrastes, oscilando, según el caso, entre el caos más absoluto y el orden más pulcro y escrupuloso. Tengo que reconocer, eso es cierto, que el primero es el caso más habitual. Son contadas las ocasiones en las que seguimos recetas de terceros al pie de la letra; probablemente sólo cuando hacemos repostería casera o mientras vamos progresando en el «Pan casero» de Ibán Yarza, libro que aprovecho para recomendaros mucho si sois tan panazas como nosotros. En el mayoritario resto de las ocasiones nos limitamos a coger ideas de aquí y allá y adaptarlas en función de los ingredientes que tenemos en la nevera.

Intentamos programar el menú semanal con antelación y, si las circunstancias lo permiten, vamos comprando el día anterior durante el paseo los ingredientes que nos van a hacer falta para la próxima cena y la comida de mañana. Algunas de las sugerencias del menú que cuelga del frigorífico apuntan a recetas concretas que tenemos en nuestro Google Drive culinario particular, pero la mayoría no pasan de la vaguedad de un «pasta» o un triste «patatas» que dejan abundante —excesivo— margen a la creatividad. Tiramos entonces de inspiración y Google a partes iguales y hacemos lo que podemos para ir gastando ese medio puerro que empezamos hace dos días y aquella latilla de mejillones que se esconde en la balda superior del frigorífico detrás de los yogures.

Con semejantes bases, no es raro que acabemos descubriendo por casualidad —«¡eureka!»— que nos gusta más la salsa césar hecha con sardinas en lugar de con anchoas —que son bastante más caras y raramente habitan en nuestra despensa—, o que unos macarrones cocidos en suero de leche y aderezados con la salsa de pimientos que nos sobró de un guiso de bacalao son un manjar que vamos a tener que repetir más a menudo. A veces nos encontramos con que hemos comprado un ingrediente absurdo para una ocasión muy puntual, y no nos queda más remedio que añadírselo a cada plato después para ir gastándolo. Pobre mamá, que se pasa entonces días y días sufriendo los trocitos de cilantro que a mí me chifla ponerle a todo.

Y así llegamos a platos como el que os voy a contar hoy, construido sobre los restos de varias cenas de pescado a la plancha, utilizando como andamios varias recetas que encontré sobre la marcha y que adapté a los humildes ingredientes que teníamos a mano. El resultado nos gustó tanto que mamá se lo ha pedido como parte del menú oficial de su próximo cumpleaños; no os digo más. Así que, más que para vosotros, escribo esta entrada para mí, para que no se me olvide cómo lo hice. Ya sabéis que en casa estoy a cargo del Departamento de olvidarse de todo.

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¿Cuestión de prioridades?

Según el último estudio «Guardería y Familia» de Edenred, hasta un 69% de los hombres querría dejar su trabajo para dedicarse al cuidado de los hijos. Si me fijo en mi entorno más cercano, tengo que reconocer que la cifra me asombra. Si tantos papás estamos deseando pasar más tiempo criando a nuestros hijos, ¿por qué es tan difícil encontrar padres que lo hayan conseguido? ¿Por qué hay tan pocos padres que hayan podido hacerlo?

Siempre he sido muy celoso de la separación —y la combinación— de mis vidas personal y laboral. Por eso, desde que soy padre, me apasiona leer y debatir sobre conciliación, porque la situación al respecto en este país supone un bofetón de realidad que se planta de repente en tu vida llevándoselo todo por delante desde el mismo momento en que nace tu primer hijo.

Conciliar no es fácil. Ni siquiera es fácil llegar a un acuerdo sobre qué es y qué implica la conciliación —¿os suena Carolina Bescansa?—, lo que ya de por sí dificulta mucho cualquier avance legislativo en esta materia. He asistido a discusiones muy encendidas sobre cómo deberían adaptarse los horarios de trabajos y escuelas, sobre cómo habría que organizar las bajas maternal y paternal, o sobre si las guarderías son solución o no a un problema que muchos padres trabajadores sufrimos cada día.

Por eso, porque cada paso es más difícil que el anterior, deberíamos ser conscientes de las herramientas que ya tenemos a nuestra disposición y de que, con un poco —o más bien «un mucho»— de esfuerzo podemos hacer al menos un pequeño acercamiento a esa utopía de la conciliación. Nuestro caso no es ejemplo de nada; no creo que en este ámbito pueda haberlos. Cada familia es única y cada situación, particular. Las circunstancias que rodean cada nacimiento en el seno de un hogar difieren enormemente de las del resto, así que no hay medidas universales que podamos aplicar aquí y allá. Sin embargo, sí me gustaría aportar mi pequeño granito de arena para animar a otros papás —y en este caso me dirijo en especial a los papás, no tanto a las mamás— a dar un paso al frente en el arduo camino de la conciliación.

¿Y por qué siento que hay que animar a otros papás? Pues porque me da la sensación de que todavía encontramos demasiados motivos que nos roban el valor necesario para dar el paso y hacer uso de algunas de las —pocas— opciones que tenemos para conciliar. Hace unas semanas empecé a negociar con mi empresa mi excedencia para quedarme con mi gusanita y me topé con cierta pena con una sorpresa: de entre los cerca de 300 empleados que trabajamos allí ninguno hasta ahora ha solicitado ni un solo día de excedencia por cuidado de los hijos. En el departamento de Recursos Humanos ni siquiera conocían las diferencias entre ésta y una excedencia común de carácter voluntario.

Es cierto que trabajo en un sector que tradicionalmente ha empleado de forma muy mayoritaria a hombres. Es algo de lo que me gustaría hablar en otro momento pero, triste o no, la realidad es esa. Esa alarmante desviación por sexo conduce a una segunda nota preocupante, como es el hecho de que en una empresa constituida fundamentalmente por hombres apenas nadie se plantee solicitar una reducción de jornada o iniciar un periodo de excedencia.

Sé que en el caso de muchas familias es inviable salir adelante sin dos salarios a fin de mes. Tan solo los gastos imprescindibles de la hipoteca o el alquiler y las facturas de los servicios básicos del hogar y la compra se llevan por delante la mayor parte de los ingresos de muchos hogares. Sin embargo, a veces, si de verdad se quiere, se puede. Quizá nos dé miedo enfrentar las decisiones que deberemos tomar, pero renunciando a algunos gastos o repriorizando elementos de nuestro estilo de vida podemos encontrar un resquicio para la esperanza. Y ahí es donde campañas como la reciente #padresigualitarios de los Papás Blogueros son fundamentales para animar a más y más padres a encontrar la valentía de demostrar en público que quieren hacer las cosas —que se pueden hacer las cosas y que ya están haciendo las cosas— de otra manera.

Cuando la cuestión de la conciliación cae sobre la mesa de la cocina en la oficina y hablamos sobre el tema, me llama la atención la aparente contradicción en la que caemos. Mientras nos mostramos deseosos de poder pasar más tiempo en casa como ese 69% de los papás que mencionaba el estudio, pocos contemplan una reducción de jornada o unos meses de excedencia como una vía para acercarse al cumplimiento de ese deseo. Hace no tanto que yo estaba ahí, lo confieso, y por eso puedo contar lo que me frenaba, lo que me daba miedo —y aún hoy me lo da—, antes de que el deseo de ver crecer a mi hija arrasara con ello y me empujara a dar el paso.

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Libros para ella, libros con ella

Nuestros libros se sienten abandonados en las polvorientas estanterías del salón. Desde que somos papás se han reducido alarmantemente los ratos que les dedicamos. No han sufrido tanto como las series, eso sí, pero insisten en reclamar nuestra atención noche tras noche aterrados ante la posibilidad de haber caído en el olvido. Por eso, para tratar de enviarles un mensaje que pueda reconfortarlos, me uno hoy al carnaval madresférico organizado con motivo de la celebración del próximo Día del Libro.

He sido incapaz de reducir mi selección a un solo título, lo reconozco y lo siento. Prometo que los dos que traigo son muy cortitos. Además, pensando qué podría contar sobre cada uno, me he dado cuenta de que comparten una misma idea subyacente, la de animarnos a ir más allá en la vida, a abandonar eso que un «coach» motivacional moderno llamaría «la zona de confort». ¿Queréis saber cuáles son?

El libro que me gustaría leer con ella

El padre friki que se esconde en mí pugnaba por destacar la trilogía de «El señor de los anillos». Su universo fascinante me entretuvo durante horas y horas cuando era joven y probablemente sea el libro que en más ocasiones he releído, alternando incluso la versión original en inglés con la traducción al castellano.

Sin embargo, mi propuesta definitiva habita en el extremo contrario. Alejado de las innumerables páginas de la obra de Tolkien, con un estilo radicalmente opuesto, libre de sus largas descripciones llenas de adjetivos, navega «El viejo y el mar», de Ernest Hemingway.

«El viejo y el mar» es un libro chiquitín, de los que puedes leer en una tarde corta de septiembre antes de que llegue a hacerse de noche. Es un relato en que no se pierde el tiempo en presentaciones. Prescinde de personajes decorativos y se centra en su único protagonista: el viejo. No creo que haya muchas obras tan breves y que, no obstante, escondan tantos sentimientos, tantos valores…

«—Un billete entero. Eso hace dos pesos y medio. ¿Quién podría prestárnoslo?
—Eso es fácil. Yo siempre encuentro quien me preste dos pesos y medio.
—Creo que yo también. Pero trato de no pedir prestado. Primero pides prestado; luego pides limosna.»


«El viejo y el mar» (diálogo entre el viejo y el muchacho)
Ernest Hemingway

«El viejo y el mar» cuenta la historia de una lucha personal, la de un pescador que, intuye el lector, seguramente esté llegando al final de sus días. En medio de la soledad del mar infinito en la que, paradójicamente, nunca se encuentra solo, el viejo se enfrenta al mayor reto que una vida dura y austera le haya planteado jamás. Sobre las olas planea durante todo el relato la tensa incertidumbre de lo que el destino deparará al anciano, cuyo respeto por el océano y sus desafíos son paradigma del amor a lo que uno hace.

«Miró por sobre el mar y ahora se dio cuenta de cuán solo se encontraba. Pero veía los prismas en el agua profunda y oscura, el sedal estirado adelante y la extraña ondulación de la calma. Las nubes se estaban acumulando ahora para la brisa y miró adelante y vio una bandada de patos salvajes que se proyectaban contra el cielo sobre el agua, luego formaban un borrón y volvían a destacarse como un aguafuerte; y se dio cuenta de que nadie está jamás solo en el mar.»


 

«El viejo y el mar»
Ernest Hemingway

Sin desvelar más detalles de la historia, creo adivinar entre líneas un paralelismo entre la relación que el viejo mantiene con las fuerzas de la naturaleza y los valores que los aficionados a la tauromaquia pretenden encontrar en el enfrentamiento que lleva al matador a acabar con la vida del toro. No olvidemos que Hemingway fue uno de los más famoso aficionados a los espectáculos taurinos de nuestro país.

Pero yo siempre he preferido entender el relato en otra clave, la del afán de superación de la persona, la de los éxitos que a veces saben a fracaso. No es un libro para niños ni pretende ser una novela de aventuras. Es un relato hermoso en su crudeza, ejemplo de muchas cosas que sí me gustaría releer algún día con ella, con mi hija. Quizá para entonces porte yo tantas cicatrices como ha dejado la vida en el viejo del libro, pero ni las heridas aún abiertas son óbice para que, al menos, intentemos seguir remando.

«—Ojalá hubiera traído una piedra para afilar el cuchillo —dijo el viejo después de haber examinado la ligadura en el cabo del remo—. Debí haber traído una piedra.
“Debiste haber traído muchas cosas —pensó—. Pero no las has traído, viejo. Ahora no es el momento de pensar en lo que no tienes. Piensa en lo que puedes hacer con lo que hay”.»


«El viejo y el mar»
Ernest Hemingway

El libro que me gustaría regalarle

No me gustan los libros de auto-ayuda. En general, me fío poco de quien hace de la divulgación de su éxito su modo de vida. Estoy un poco cansado de las charlas motivacionales empresariales, y no es raro que recele como de un «sacacuartos» de esos entrenadores de empresa cuyo discurso está lleno de palabras vacías —«buzzwords», en la jerga propia del mundillo—. Y, sin embargo, mi segunda recomendación es uno de ellos: un libro de auto-ayuda. Pero lo recomiendo por el valor que tuvo para mí gracias a la forma como llegué hasta él. Por eso, y porque cualquier libro que, en cualquier contexto, contenga la frase «tener queso te hace feliz» es necesariamente un buen libro.

«¿Quién se ha llevado mi queso?» es, quizá, el único libro que me ha regalado mi padre. No quiero engañaros: mis padres siempre me han comprado muchos libros. Incluso fuimos suscriptores del Círculo de Lectores durante un tiempo. Pero aquellos libros llegaban a mí sin ningún significado particular. Mis padres se limitaban a pagarlos —que no es poco—. Hasta que un día, mi padre se presentó con este libro en la mano. Nunca ha sido un hombre de muchas palabras, pero yo sabía que era un regalo especial, como así lo demostró la dedicatoria que encontré escrita por él con su cuidada caligrafía cursiva unas páginas antes del prólogo.

El libro aterrizó en mi vida en un momento de confusión, miedo e incertidumbre. Atravesaba una etapa difícil que me obligaba a enfrentarme a decisiones que no quería tomar, acomodado como estaba en una rutina fácil y en unos estudios que había ido sacando adelante con solvencia hasta entonces. Esos sentimientos negativos repercutían en mi forma de ser en casa y, como siempre han hecho, mis padres supieron entenderme antes incluso de que yo fuera consciente de lo que me pasaba.

«Haw siguió pensando en lo que podía ganar, en lugar de detenerse a pensar en lo que perdía. Se preguntó por qué siempre le había parecido que un cambio le conduciría a algo peor. Ahora se daba cuenta de que el cambio podía conducir a algo mejor.»


 

«¿Quién se ha llevado mi queso?»
Spencer Johnson

Nunca podré decir que mis padres no hayan apoyado mis decisiones, incluso cuando tenían plena seguridad de que me estaba equivocando. Pero dejaron que cometiera mis propios errores, guardando una distancia adecuada para prestarme una mano solícita en la caída. Desde esa distancia, mi padre mi hizo un regalo y, consciente de mi miedo, me hizo llegar el mensaje que necesitaba: «¿qué harías si no tuvieras miedo?». Probablemente, este libro no habría significado nada de haberlo encontrado en cualquier quiosco de prensa. Pero recibido de la mano silenciosa de mi padre, se llenó de un significado que nunca le agradeceré lo suficiente.

Decir que un libro cambió tu vida puede ser exagerado. No obstante, esta parábola sobre el miedo a lo desconocido, sobre el valor positivo del cambio, sobre la necesidad de permanecer alerta y receptivo ante imprevistos que nos son inevitables, caló en mí como si hubiera salido directamente de boca de mi padre. Sigo teniendo miedo; me sigue dando pereza y reparo enfrentarme a los cambios; pero desde que superé aquella etapa de la vida, nunca he dejado que esos sentimientos pesaran más que las ganas de salir adelante.

Quizá no sea este el libro que tenga que regalarle a mi hija pero, igual que mi padre en aquel momento, me gustaría saber entender el momento preciso y encontrar aquel libro que ella necesita leer. Y, con más o menos palabras, con o sin dedicatoria, poder hacerle comprender que su madre y yo estamos ahí para darle nuestro apoyo y para compartir el mensaje del libro y muchos más por venir.

3 canciones para no dormir

Cuando me preguntan por la clase de música que me gusta suelo responder con un cómodo «de todo» que elude cualquier tipo de responsabilidad. No me lo creo ni yo. Me resulta imposible responder con un género o con cualquier explicación que trate de limitar el amplio abanico de lo que suelo escuchar, pero desde luego tengo mis gustos; raros, pero míos.

Lo que sí teníamos claro desde antes de ser papás es que, mientras pudiéramos evitarlo, en nuestra casa no entrarían las chillonas vocecitas de las canciones que el mercado califica como «infantiles». Era una medida desesperada en un afán inútil por conservar al menos parte de nuestra ya de por sí escasa cordura una vez que nuestra gusanita estuviera moneando por casa. Eso no significa que no le hayamos cantado los 5 lobitos, pero en la radio, en el ordenador o en el coche suenan todo tipo de temas de música «adulta». Y a ella le encantan. Al fin y al cabo, la música es una de esas cosas que esconden la clase de magia que las dota de la capacidad de hipnotizar a mayores y pequeños por igual, más allá de cualquier frontera y con independencia de nuestro bagaje cultural.

Con esta premisa, no debería habernos sorprendido que nuestra chiquitina demostrara cierta predilección por canciones de lo más variopinto. Lo que sí nos ha hecho siempre mucha gracia ha sido ir descubriendo cuáles eran sus elegidas en cada momento para caer rendida al ritmo de los bailes que nos regalábamos con ella en brazos. Hablo de «cada momento» porque lo que hace 6 meses la ayudaba a dormir no tiene necesariamente por qué funcionar ahora. Se cansa de escuchar siempre lo mismo, exactamente igual que vosotros y yo, así que tenemos que recurrir a las listas de reproducción más inverosímiles en busca del siguiente hallazgo que la deposite rítmicamente en brazos de Morfeo.

Y, como muestra, un botón: estas son tres de las canciones que mejor nos han funcionado para dormirla a lo largo de los últimos meses. Alguna, de hecho, ha tenido tanto éxito que incluso hemos conseguido que se durmiera con ella en el coche, un hecho insólito si tenemos en cuenta que podemos contar con los dedos de una mano las veces que ha sucedido así en nuestros desplazamientos por carretera. Veréis que las canciones no tienen absolutamente nada que ver unas con otras; se ve que a nuestra «peque» también le van las listas variadas. Cómo consigue conciliar en sueño con ellas… eso no me lo voy a explicar nunca.

1. «Una vaina loca» de Fuego

Sí, ya sé que los niños no deberían escuchar y ver reggaetón; estamos de acuerdo. No obstante, esta canción tiene una connotación especial para nosotros desde que descubrimos esta coreografía de Van Damme durante un fin de semana con amigos en una casa rural. Nos hizo tanta gracia que la dichosa vaina loca se convirtió en un imprescindible de nuestras fiestas juntos. Así es como un día se nos ocurrió bailarla con la gusanita en brazos y como, para nuestra sorpresa, descubrimos que su ritmo repetitivo era mágico para hacerle dormir. Nuestros amigos se morían.

Soy el primero al que no le gusta el contenido de este tipo de canciones, pero nos consolamos pensando que: 1) era muy pequeña y hace tiempo que ya no funciona y quedó descartada; 2) hasta nosotros tenemos dificultades para entender lo que dice la canción, así que damos por hecho que mucho menos se estará dando cuenta ella de las burradas que incluye. No somos perfectos.

2. «Ohne dich» de Rammstein

Mi relación con el idioma alemán siempre ha sido peculiar. Me empezó a interesar hace años, cuando me dio la venada de estudiar un nuevo idioma además del inglés. Como por aquel entonces ya era común que se introdujera el francés en las escuelas, decidí —ahora pienso que con mucha vista— que sería más útil optar por la lengua de la manida «locomotora de Europa». A partir de ahí, era simple cuestión de probabilidad que lo primero que conociera de la música alemana fueran estos Rammstein cuyo famoso «Du hast» sonaba de vez en cuando en los bares rockeros que frecuentábamos en mi juventud.

Si le cuentas a alguien que dormimos a nuestra hija con música de una banda de metal de la «Neue Deutsche Härte», no sería raro que lo segundo que hiciera fuera llamar a Servicios Sociales. Lo segundo, después de pensar que no es cierto, claro está. Pero sí, los alemanes no son tan duros como los pintan y tienen hasta baladas con mandolinas que gustan incluso a nuestra amiga la fan de Pablo Alborán. Si les dais una oportunidad, ya veréis que en el fondo son tan moñas como yo.

3. «You spin me round (like a record)» de Dead or alive

Pocas canciones tienen el poder de ponerme a bailar que desprende esta locura de tema. Para qué vamos a andarnos con introducciones progresivas si podemos empezar con el ánimo a tope desde el primer acorde. Se conocen casos de infarto de miocardio en personas que no prestaron atención al volumen de los altavoces antes de iniciar la reproducción de este vídeo. Os lo juro.

El caso es que su frenético ritmo parece obrar precisamente el efecto contrario en nuestra pequeña bailonga, lo que resulta, además, paradójico si tenemos en cuenta que es eso: una bailonga. Hasta tal punto es así que fue con esta canción con la que conseguí por fin que aceptara dormirse conmigo por la noche después de muchísimo tiempo reclamando a mamá en exclusiva. No sabéis la alegría que me dio, aunque tuviera que contenerme para no menearme demasiado con la canción y dar al traste con aquella pequeña victoria personal.

Y vosotros ¿qué les ponéis a vuestros peques para dormir? ¿Tienen también gustos estrafalarios como la nuestra o es que nos ha salido una hija tan loca como sus padres?

Lentillas y tetitas

Hace no mucho reflexionaba en este mismo blog sobre la capacidad imitadora de los niños. Bromas mocosas aparte, es imposible mantener constante el grado de concentración necesario para no cometer ninguna barrabasada delante de ellos. Y mira que me esfuerzo, ¿eh?, pero no hay manera de retener en el fondo de mi boca todas las palabras malsonantes que acostumbraba a proferir antes de ser padre; siempre se escapa alguna. ¿Y las veces que me sorprendo mirando el móvil, aunque sea de reojo, cuando estamos los tres juntos? Incontables.

Creo que lo único que he conseguido controlar con éxito han sido los cruces en rojo; ya hace tiempo que freno en seco cada vez que voy a cruzar la calle por donde o cuando no debo si veo que hay niños delante. Eso me ha dejado con dos palmos de narices en más de una ocasión, cuando veo que los propios padres arrastran al niño del brazo aunque el semáforo esté en rojo, pero por lo menos yo me quedo con la conciencia tranquila en ese aspecto.

La situación se agrava cuando estás en compañía de alguien con quien no tienes suficiente confianza como para pedirle que deje de dar eso que tú consideras «mal ejemplo» —cada uno sabrá qué es lo que entiende por «mal ejemplo» para sus hijos, ojo—. O, peor aún, cuando subimos al norte con la gusanita para ver a los abuelos. Como la ven una o dos veces al mes, obviamente no pierden el tiempo en disquisiciones morales, así que mamá y yo nos pasamos el día riñéndoles «por lo bajini» cuando sueltan alguna burrada delante de la peque o cuando insisten en repetir cosas que ahora pueden parecer graciosas pero que en un niño ya más talludito y locuaz lo pueden volver a uno loco. Me refiero a cosas como repetir que alguien «es malo» o «tonto», o cuando le enseñan a pegar «de mentirijillas». Llegará el día en que la niña haya interiorizado la acción sin tener aún conciencia de lo que implica, y veremos entonces quién le explica que no puede pegar al perro o a sus amigos del parque sin ton ni son. Sabemos que seguramente nos preocupamos demasiado, pero cuando son cosas tan fácilmente evitables delante de personitas con cerebros tan absorbentes, todo esfuerzo me parece poco.

Todo esto venía al hilo de un par de cosas que nuestra gusanita ha empezado a hacer espontáneamente imitándonos a mamá y a mí, y que nos parecen adorables hasta el extremo. La primera la ha ido descubriendo conmigo cuando nos preparamos juntos en el baño para salir y me ve poniéndome las lentillas. De repente, de un día para otro, cuando le digo que vamos a ponernos las lentillas, cierra un ojo y se aprieta el párpado con el dedo. No hace más, pero se lo pasa pipa y se le dibuja inmediatamente una sonrisa preciosa en la cara al sentir que está haciendo lo mismo que su papá.

La segunda es más tierna aún, si cabe, y empezó poco después de que nos devolvieran de la guardería el que debería haber sido su «muñeco de apego» durante las semanas de adaptación. En realidad le tenía tanto apego como a un paquete de pañuelos, pero algo teníamos que meter en la bolsa, así que allá que fue el bicho. El caso es que ahora que está de vuelta en casa, le ha dado por acunarlo en brazos como hacemos nosotros con ella y, en el colmo de la «achuchabilidad», ha decidido que va a darle la «teti». Así que lo coge en brazos, se lo pone al pecho, y con una manita se tira del pijama para que pueda comer. Por lo visto, considera que ya le ha llegado también la edad de introducir la alimentación complementaria, porque se esfuerza en restregarle fruta y todo tipo de alimentos por el morro cada vez que vamos a comer. Yo es que me la como.

Y hablando de comer, hace un tiempo nos planteamos la posibilidad de apuntarnos a un curso de lengua de signos para bebés de Otanana. Mamá estaba menos convencida que yo y, entre unas cosas y otras, lo fuimos dejando y nunca llegó. A pesar de ello, yo he intentado ser constante en repetirle una serie de signos a la gusanita para asociarlos a las acciones más básicas y, a lo tonto, parece que han ido cuajando y que ya empieza a aplicar algunos de ellos con cierto criterio. El gesto de dormir lo aprendió muy rápido, aunque por ahora lo asocia directamente a la palabra en lugar de al acto en sí, así que no nos sirve de mucho. El de comer, sin embargo, lo tiene bastante más claro y en cuanto ve que vamos a desayunar o que es la hora de comer, se lleva la manita a la boca haciendo un ruidito sabrosón.

En resumen, más allá de las anécdotas, me quedo muy claramente con la capacidad de los niños para imitar a sus mayores. Por eso, tratemos de aprovecharla para bien con abundantes «gracias» y «por favor» en lugar de descuidarla con malos gestos hacia los demás y actitudes que no querremos ver reflejadas en ellos dentro de unos meses o, quién sabe, pasados varios años. Cuidado con las esponjas.