Llevas el ritmo en la sangre

Llevas el ritmo en la sangre

Mamá y yo ya no bailamos como antes de abandonar las clases de «swing» por unas u otras vicisitudes de la vida. Eso no significa que el baile haya salido de casa, y la gusanita, que no pierde detalle de lo que acontece a su alrededor, se ha dado cuenta de que la cabeza, las caderas y los tobillos de sus padres parecen cobrar vida propia cuando suena una de sus canciones en la radio de la cocina. No ha llegado la guitarra al segundo acorde cuando ella ya está dando saltos y palmas al ritmo de la música. Pero no, no es ese el ritmo del que venía a hablar hoy.

Hace unos días que nuestra pequeña empezó a andar. De un día para otro decidió que no necesitaba el apoyo de nuestra mano para caminar y se soltó. La primera vez solo fueron dos pasos, la segunda cuatro y, para cuando nos quisimos dar cuenta, ya cruzaba el salón de lado a lado con paso ora firme ora tambaleante. Supongo que es un momento mágico para cualquier papá, pero a nosotros nos gusta advertir en él una lección más que nuestra gusanita nos da: ella tiene su ritmo y nadie se lo va a cambiar.

En realidad ya hace tiempo que verla crecer nos hizo darnos cuenta de algo innegable: cada niño tiene su propio ritmo de aprendizaje y, tarde o temprano, todos llegarán a la meta. Antes de que aterrizara en nuestros brazos para convertirnos en papás, flotaban en nuestro imaginario de padres primerizos todas las populares teorías habidas y por haber sobre estimulación temprana y otras zarandajas, pero con el tiempo hemos aprendido a darles una importancia relativa.

Me faltan conocimientos; no sé si tiene algo de malo poner a los niños a andar antes de que su cuerpecito se dé cuenta de que es capaz de hacerlo. Apostaría a que aquello de que las piernas se les podrían arquear no es sino otra leyenda de las muchas que pueblan el universo de la crianza. Da lo mismo. Más que pensar que es malo, en casa hemos llegado a la conclusión de que es innecesario. Nunca hemos puesto especial esfuerzo en que nuestra hija aprenda cosas que de forma natural aprenderá a hacer cuando se sienta preparada. Ponemos los medios para que lo haga sin partirse la crisma, desde luego, y la acompañamos en ese camino del aprendizaje, por supuesto; pero una vez tras otra nos ha enseñado que no necesita que nadie le enseñe a darse la vuelta en la cama, a sentarse, a gatear, a ponerse de pie, a caminar… Creo que hay muchas otras cosas que como padres sí debemos estar ahí para enseñarle y que le serán mucho más valiosas en la vida.

Es natural que, como papás, nos haga ilusión ver los progresos de nuestros hijos. Hasta cierto punto también debe de ser inevitable establecer comparativas con los niños de los demás. Eso no significa que debamos traducir esa ilusión y esa experiencia de hijos ajenos en presión hacia los nuestros. Si nada grave se tuerce, ¿no acaban todos los niños comiendo, hablando, corriendo…? Démosles su tiempo y su espacio; sus pequeños cuerpecitos nos sorprenderán en esto también demostrando «saber» cuándo están preparados para dar el siguiente paso.

Por eso también —y aquí me meto en un jardín mucho más personal— me cuesta entender esa obsesión moderna por convertir los primeros años de nuestros hijos en parte de un sistema educativo sistemático y evaluable. No termino de ver qué necesidad hay de que niños de apenas un año tengan ya un horario de «asignaturas» en la escuela infantil, cada una con sus notas a final de mes; no sé por qué unos niños que encuentran estimulante absolutamente todo lo que les rodea tienen que sentarse en orden y concierto a rellenar fichas con la actividad que cada día les decide asignar cierto método de aprendizaje ordenado. ¿No son sus primeros años precisamente aquellos en los que más deberíamos fomentar el juego libre, el desarrollo de su imaginación y de su capacidad de asombro y descubrimiento?

Si algo me han enseñado estos meses de paternidad es que todos los niños son diferentes. Cada uno sigue su ritmo y su camino para llegar a ciertas metas que les son comunes. Intentemos no volvernos locos; esto no es una competición por ver quién corre primero o quién prescinde antes del pañal sin riesgo para el parqué de casa. Disfrutemos de su desarrollo respetando su ritmo y sus diferencias; aprendamos a tener paciencia y a enriquecernos con la variedad; tratemos de no cortarlos con el mismo patrón ya desde tan pequeños. Tiempo tendrán —en esto también— de verse envueltos en una sociedad que tantas veces rechaza al diferente o al que camina más lento. No necesitan oír que nadie pregunte a sus padres si no se pone de pie todavía. Ya les llegará su momento, llevan el ritmo en la sangre.

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8 thoughts on “Llevas el ritmo en la sangre”

  1. Los primeros pasitos de nuestro peque fueron muy especiales, también escribí una entrada en el blog 😀 . Estoy completamente de acuerdo contigo con dejarles sus ritmos. Cuando la gente decide opinar sobre los ritmos de mi Peque, y encima sin preguntarles, me ponen de los nervios… Antes lo llevaba mejor, pero cada vez me enfada más porque se empieza a hacer comparaciones delante del nene del tipo “pues el niñx de XXX ya hace esto” o “todavía no sabe…”, un día de estos les contesto mal 😛 .

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    1. Nosotros no hemos vivido aún la situación en la que le digan ese tipo de cosas a nuestra peque, pero seguro que también me sentarían como una patada en… bueno, ahí. Porque, además, entienden mucho más de lo que nos creemos. Si quieren comparar al hijo de la vecina con la nuestra, que lo hagan, pero en su casa. A mí, presiones, las justas.
      ¡Un abrazo!

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