Quién eres tú y dónde está papá

¿Quién eres tú y dónde está papá?

Qué atrevida es la ignorancia. Aunque no me guste, tengo que reconocer que entiendo a todos nuestros amigos sin hijos, vecinos, compañeros de trabajo, etc. que se sorprenden cuando les contamos que no hay una única forma de criar a un hijo. Para muchos de ellos alternativas como el colecho o el «baby lead weaning» son poco menos que ciencia ficción. Pero los entiendo. Porque para mí también lo eran hace no mucho.

Antes de embarcarnos en el proyecto de la que ya es nuestra nueva familia, yo era el más absoluto ignorante en lo que se refiere a los bebés. No sabía absolutamente nada de lactancia, desconocía por completo la edad a la que los niños empiezan a andar, a hablar, Palabras como «body», «muselina», «cuco» o «pelele» me eran tan familiares como los fermiones de la física de partículas.

Ese desconocimiento me llevaba a concebir ideas tan peregrinas como la de que yo no iba a cambiar. Tenía claro que tendríamos que hacer algunos ajustes en nuestra rutina, pero no alcanzaba siquiera a vislumbrar la avalancha que se nos venía encima. Y vaya si hemos cambiado, vaya si he cambiado.

Alguien como yo, que se lee de cabo a rabo el manual de instrucciones de cualquier artilugio nuevo que llega a casa antes de estrenarlo, tenía que documentarse adecuadamente sobre cómo se hace eso de ser padre. Nunca antes había leído tanto acerca de nada que fuera a hacer: ni cuando tuve que diseñar mi Erasmus en el extranjero, ni cuando mamá y yo organizamos a mano cada detalle de nuestra boda de andar por casa, ni cuando decidí entrenar para un triatlón en una de esas venadas mías. Todo tipo de manuales, blogs y libros de crianza pasaron por mis manos.

Y ahí empezó mi transformación. Intuía yo que no iba a ser muy fiel a la forma tradicional de hacer las cosas; ese no es mi estilo. Los pobres abuelos de la gusanita han tenido que aprender a aceptar que no le quisiera poner pendientes, que toma y tomará el pecho hasta que a ella y a su madre les parezca oportuno, que el fular elástico, la bandolera y la mochila de porteo son tan buenas alternativas como esa silla que cada día usábamos menos, o que saltarse el paso por las papillas puede ser divertidísimo si logramos no llevarnos las manos a la cabeza cada vez que coge un trozo enorme de pan para llevárselo a la boca.

Mamá y yo éramos unos ilusos inocentes. Nos reímos ahora recordando cómo teníamos la intención de dejar que todo el mundo hiciera el ruido que hiciera falta en casa aunque la bebé estuviera durmiendo. «Tendrá que acostumbrarse a que en casa hay ruido, ¿no?». Qué benditos. Ahora, después de un año «maldurmiendo», seríamos capaces de arrancarle a alguien la cabeza si despertara a la gusanita cuando ya está en la cama.

Estábamos convencidos de que podríamos ir a cualquier parte con ella, como si tuviera ella que adaptarse a nuestra vida de adultos y no al revés. Y es verdad que seguimos sacando adelante infinidad de planes en la ciudad, pero no tenemos la menor duda de que somos nosostros quienes debemos adaptar esos planes a sus ritmos y necesidades. Habernos dado cuenta de lo práctico que es el porteo nos ha ayudado mucho en ese camino; nosotros, que tanta ilusión teníamos en comprarnos esas manoplas tan monas que lleva todo el mundo en el manillar del carrito cuando hace frío.

Durante aquellas últimas semanas interminables de embarazo teníamos miedo de poner en práctica el colecho desde el principio. Con el temor de arrollar a la gusanita en la cama, nos liamos la manta a la cabeza, y tras una búsqueda infructuosa en todas las tiendas de puericultura de Madrid, nos lanzamos a comprar una cuna artesanal de madera en Alemania, sabedores de que el colecho es mucho más habitual al norte de los Pirineos. Y la cuna sirvió, sí: como mesilla de noche.

Ahora que la gusanita empieza a meterse en el capullo del que saldrá una niña maravillosa, me doy cuenta también de que el papá que soy ahora seguramente no habría elegido la misma escuela infantil que el papá que tuvo que seleccionar una para aquella «diminúscula» bebé de un mes. No puedo evitar sentirme estafado por aquel papá pero, una vez más, llego tarde. Tarde como me llegó a mí el aviso de mi yo del futuro de que estaba eligiendo la carrera equivocada.

Así pues, por más rabia que me dé, por más pataletas que deje caer aquí, no me queda más remedio que entender las opiniones inoportunas y la ignorancia ajena. Porque yo antes estaba ahí y la ignorancia me era propia. Solo espero haber sabido mantener la boca cerrada. Y si no, aunque no sirva de nada, perdonadme; no era yo, todavía no era papá porque llegué tarde.

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8 thoughts on “¿Quién eres tú y dónde está papá?”

  1. Pues si, eso es lo bonito de ver cómo evolucionamos. Yo pensaba que seguiría una crianza más tradicional, era de las de “a mi eso de dormir los tres en la cama no me va..” y aquí estoy, dentro de la cama con la niña ocupando 3/4 partes y durmiendo jaja. La vida nos va enseñando a medida que pasa el tiempo. Y como pasa tan deprisa aprendemos a velocidades increíbles.

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  2. Realmente me asusta leerte. Vivimos vidas paralelas con un año de diferencia en esto de la maternidad/paternidad. Comparto cada una de tus palabras. Tal cual. Recuerdo perfectamente todo lo que creía que haría antes de que naciera Mara… Y nada de aquello tiene mucho que ver con lo que ha sido en realidad.

    Qué bien que te hayas animado con el blog, de verdad. ¡Bieeeeeeeeen! Me encanta.

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    1. ¿Ves? Eso es lo que nos pasaba a mamá y a mí al leeros a vosotros :_) Me da hasta penilla no haber coincidido antes, jejeje. Para el próximo a ver si nos coordinamos mejor, ¿eh? ¿eh? 😀

      Vosotros sabéis mejor que nadie lo que cambian las cosas. Basta con echar un vistazo a cualquier entrada de hace meses para ver que seguro que hay infinidad de decisiones que habríais (habríamos también nosotros) afrontado de otra manera.

      Ay, qué raro se me hace tener que responderte yo a ti 🙂 ¡Si todo esto es casi culpa vuestra! 😉

      ¡Un besote!

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  3. Resulta increíble comprobar con el paso del tiempo la de cosas que haríamos de distinta forma si volviésemos atrás. Y cuando tu gusanita tenga diez años, como la mía, ni te cuento!!
    Enhorabuena en cualquier caso por tener la disposición de aprender cada día y ser lo suficiente flexible para cambiar. Eso ya es un gran triunfo.

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    1. Menos mal que no podemos volver atrás. Menudo jaleo organizaríamos cambiando la forma de enfocar los problemas si supiéramos entonces lo que sabemos ahora, ¿eh? Pero también es lo bonito de la vida, darse cuenta de cómo evolucionamos nosotros.
      ¡Diez años! Madre mía, qué lejos parece ahora. Y cuando esté ahí, seguro que miro hacia atrás y me parece que ha sido un suspiro.
      ¿Qué vamos a hacer si no es aprender y cambiar? Es tontería resistirse 🙂

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