En casa somos «cheepsters»

En casa somos «cheepsters»

cheepster

voz inventada, del inglés «cheese» —quesoy «hipster» —pues eso, hipster—.

El día que se enteraron en mi oficina de que los yogures que llevo para desayunar son caseros, ya me dijeron que soy eso, un «hipster». Por aquel entonces no sabían que también hacemos todo tipo de derivados lácteos como queso y requesón, además de pan y alguna otra cosa más. Y que tengo dos cámaras analógicas, eso tampoco lo sabían. Si la barba larga no me resultara tan molesta al comer, podría optar a un piso de protección oficial en Malasaña.

En realidad en casa nos dan igual las modas. Desde luego, nos hace gracia compartir nuestras creaciones y que nuestros amigos disfruten —o sufran— los resultados de nuestros experimentos. Pero ya éramos muy amigos de lo casero antes de que las camisas de cuadros llegaran al cuerpo de los «gafapastas» y seguiremos siéndolo cuando sus barbas abandonen sus mentones dejándolos lampiños cual culitos de bebé y regresen al peludo planeta del que nunca debieron salir.

Tengo que reconocer, eso sí, que desde que somos papás y, especialmente, desde que nos iniciamos en los oscuros caminos del BLW, hemos llevado el gusto por la cocina casera hasta límites insospechados, hasta el punto de que la mayor parte de las tardes de la mayor parte de los días de la mayor parte de las semanas la dedicamos a cocinar. Y lo más bonito es que no solo nos encanta a mamá y a mí, sino que la gusanita se enfada muchísimo si no la dejamos ver de cerca todo lo que vamos haciendo en la encimera. Apunta maneras organizando macarrones en platos, ya veréis.

Todo esto viene al cuento porque me gustaría hacer un pequeño alegato en favor de una vuelta a lo casero, a lo analógico, a las cosas hechas despacito y con amor. Llevamos un ritmo de vida de locos, agobiados por la cantidad de series que tenemos que ver, las horas que debemos pasar en el trabajo, la avalancha de información digital que nos abruma desde el diminuto LED de notificaciones en la esquina superior izquierda del móvil Y sumergidos en esa actividad frenética, hemos perdido la capacidad de deleitarnos de verdad con algo; no nos concentramos ni para ver una película en el sofá, somos incapaces de dedicar una tarde a disfrutar cosas tan sencillas como cocinar en familia o construir un fracaso de juguete casero.

En nuestra casa hemos convertido la cocina en una actividad familiar. Y la disfrutamos ya desde antes de meternos en harina, desde el momento mismo en que hemos transformado muchos de nuestros paseos diarios por el parque en paseos por las tiendas, el mercado y el súper del barrio. Solo por eso ya merece la pena ser unos «cheepsters», pero es que, además, lo casero nos permite controlar mucho mejor los aditivos que evitamos, la calidad de los ingredientes que utilizamos y el trato que les dispensamos. Y, por si fuera poco, me gusta pensar que con ello transmitimos una serie de valores preciosos a nuestros hijos, y pongo algunos ejemplos:

  • Les enseñamos a apreciar lo que cuesta hacer las cosas. Podemos comprar un kilo de queso en Mercadona por 3€, desde luego, pero también podemos regalarles la experiencia de comprar una garrafa de leche de cabra a un granjero y dedicar una tarde entera a elaborar con paciencia cantidad de productos a partir de ella.
  • Les enseñamos el valor de la paciencia y la magia de la Química, la Física y la cocina. Porque asistir a la transformación de la leche en queso, o ver cómo crece en el horno un pan hecho con tus propias manos son actividades con un tinte casi mágico que muchos niños nunca conocerán. ¿Cuántos niños urbanitas desconocen absolutamente de dónde vienen las cosas que comen? Es un poco triste, ¿no? Treinta y dos años tardé yo en enterarme de dónde vienen las coles de Bruselas porque no, amigos, no las trae un señor bigotudo y entrado en carnes en bici desde Bruselas, no; hemos vivido engañados todos estos años. Imperdonable.
  • Les enseñamos a ser responsables con los recursos, a cuidar el medio ambiente, a ser consumidores con conciencia. En cualquier supermercado de nuestro entorno podemos adquirir casi cualquier tipo de alimento a precios irrisorios, precios que casi le hacen a uno preguntarse cómo puede haber alguien al final o al principio de la cadena que pueda siquiera malvivir con semejantes márgenes.
    Duele más tirar la comida que has construido con tus manos, igual que duelen más las fotos malgastadas en el carrete de cualquiera de mis preciosas cámaras analógicas. Ya no valoramos las fotos, ¡porque son gratis, son infinitas! Yo tengo que elegir con mucho cuidado el momento perfecto para disparar, estudiar la luz y el gesto del sujeto. ¡Y tengo que tener la paciencia de esperar a completar el carrete antes de ver el resultado! ¿Creéis que a los niños de hoy les enseñamos a tener paciencia en un mundo en el que todo es y debe ser inmediato?

Sé que me emociono demasiado cuando desvarío sobre estos temas. Soy un maldito romántico, pero también soy el primero que consume marcas tras las que se esconden procesos contaminantes, aditivos tóxicos y condiciones laborales lamentables. Aun así, me gusta pensar que en pequeños gestos como estos se empieza a gestar la transformación de mi forma de vida; sé que el mundo no va a cambiar fácilmente, pero podemos hacer que en el pequeño mundo de nuestro hogar, de nuestra casa, las cosas sean un poco más caseras, más respetuosas con lo y los que nos rodean, hechas con el amor y la admiración inocentes del niño que por primera vez siente que la harina empieza a convertirse en pan entre sus deditos.

Sí, somos «cheepsters», y a mucha honra.

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12 comentarios sobre “En casa somos «cheepsters»”

  1. Amén, amigo. “Llevamos un ritmo de vida de locos, agobiados por la cantidad de series que tenemos que ver, las horas que debemos pasar en el trabajo, la avalancha de información digital que nos abruma desde el diminuto LED de notificaciones en la esquina superior izquierda del móvil… Y sumergidos en esa actividad frenética, hemos perdido la capacidad de deleitarnos de verdad con algo”. Me encanta, me encanta, me encanta.

    ¡Vidas paralelas! Efectivamente, pienso exactamente igual. Creo que donde esté algo hecho en casa, no hay nada mejor. No soporto la comida prefabricada: paella congelada, yatecomo, ni la nocilla!! Prefiero hacerla en casa. Todo lo que pueda hacer mejor que mejor. Apenas compramos productos procesados más allá de bebidas vegetales, cacao, aceite, pan integral, pasta… cosas así. Y creo que se han creado una serie de necesidades absurdas en torno a la comida que si nos paramos a pensar no son ni por asomo una pizca de necesarias.

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    1. Igual ése es precisamente el problema: que no nos paramos a pensar para no volvernos locos. Cuando me da por hacerlo, me pongo malo y acabo siempre en la idea de irnos al campo que alguna vez hemos comentado. No sé si es el sentido común o el miedo lo que hace que al final nos quedemos donde estamos, pero por lo menos intentamos cambiar un poquito desde casa.

      Cuando probemos esa nocilla seguro que la añadimos a la lista de cosas caseras, jajaja ;).

      ¡Un besote!

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        1. Ya sabes que somos fieles seguidores de tus recetas, y hasta ahora siempre nos ha gustado el resultado que sale en nuestra cazuela. Así que dudo mucho que si probamos una de manos de su autora original nos vaya a decepcionar; eso es imposible, jajaja.

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  2. Qué mejor forma de enseñarles que esa? Me gusta el concepto “cheepster”. Y me encanta tu punto de vista “hipster” 😉 Sin duda pasar una tarde haciendo productos a base de leche de cabra es más productivo que estar delante de la tv o de la tablet.

    Le gusta a 1 persona

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