Un mundo para bebés

¿Un mundo para niños?

«Si no sois maestros de parvulitos o cuidadores en una guardería, o pediatras o enfermeras de pediatría, o los hermanos muy mayores de la familia, es posible que no estéis acostumbrados a la sensación única de estar con niños, de convivir con ellos, de ver sus alocados ritmos, su absoluta y fatigosa para los adultos vitalidad, sus rápidos cambios de humor, su picardía e inocencia, su falta de prudencia ante peligros cotidianos, lo hábiles que son para sus cosas y lo que les falta por aprender, lo ruidosos que son, lo que cansan el brazo y la columna del adulto que los sostiene…

Y no estáis acostumbrados, entre otras cosas, porque a los niños los hemos apartado en todo el orbe industrializado de nuestra vida cotidiana y más cuanto más pequeños son: les creamos un mundo aparte. No participan de reuniones de mayores, no van al teatro o al cine, y si no tienes amigos o familiares que tengan niños, apenas los ves porque, para leer el periódico, si no tienes niños, no te pones cerca del parque donde juegan y están con sus mamás y papás. Nos hemos desacostumbrado de ellos y en realidad nos molestan a fuerza de no oírlos ni verlos.»


 

«Tú eres la mejor madre del mundo»
José María Paricio

Hemos tenido suerte. Creo que hasta ahora no hemos tenido ninguna experiencia desagradable como para decir que el mundo que nos rodea «odie» a los niños. No nos han llamado la atención en ningún restaurante, no hemos tenido quejas de ningún vecino a pesar de las malas noches —más bien al contrario—, y no hemos percibido miradas reprobatorias en el metro cuando la gusanita se cansaba y empezaba a protestar.

Hemos tenido suerte también porque es una niña muy simpática que enseguida se gana a todo el mundo, y aunque no podría ser más movida, todavía no ha entrado del todo en la fase de las rabietas. Sus protestas son aún relativamente fáciles de calmar con alguna distracción, o con la teta cuando tiene hambre o sed.

Pero sé que no siempre es así. Conozco de primera mano historias repugnantes de todo tipo: llamadas de atención fuera de lugar, comentarios del todo inapropiados y broncas carentes de todo sentido común. No es difícil encontrar casos que demuestran la falta de empatía que los adultos tenemos con los niños. Somos incapaces de entender sus necesidades, de ponernos en su lugar, y nos negamos a aceptar que tengamos que aguantar los gritos de críos ajenos igual que yo me niego a admitir que tenga que pisar la mierda de perros que no son míos.

Como decía, nuestra experiencia ha sido más positiva que negativa, pero incluso así, es llamativa. Porque tiene que extrañarnos que un tipo normal y corriente como yo —aprovecho que no me conocéis para decir que lo mío es normal, sí— haya llegado a sus «treintaytantos» sin haber tenido apenas contacto con bebés o niños pequeños. Yo era, y aún hoy soy, un absoluto ignorante en la materia. Y no es que yo haya huido de ellos, no; siempre me han hecho gracia los niños. Es que en mi mundo ¡no había niños!

Cuando vivíamos en Alemania me llamaba la atención la práctica ausencia de personas mayores por la calle. Nunca veíamos ancianos. Ahora que estoy en otra etapa de la vida, me doy cuenta de que aún más extraña es la nula presencia de niños en nuestro día a día. No estamos acostumbrados a tratar con ellos, a ver lo que hacen; no sabemos qué necesitan, qué esperan de nosotros, y eso nos lleva a dudar sobre cómo debemos comportarnos con ellos. ¿No es sorprendente la cantidad de gente que tiene miedo de coger en brazos a un bebé? ¡Nos da miedo romperlo!

Hablamos a menudo de cómo Internet nos permite a muchos padres recuperar esa «tribu» que nuestra forma de vida nos ha llevado a perder, pero a los niños se la hemos robado sin alternativa. Los llevamos a la guardería «para que socialicen», decimos, pero ¿cómo van a normalizar sus relaciones sociales si pasan horas y horas rodeados de bebés? Bebés tan ignorantes como ellos en cuanto a cómo se espera que se comporten entre personas mayores. Como dice José María Paricio en la cita que abría esta entrada, hemos desplazado a los niños de nuestra vida, les hemos creado un mundo blandito de colores para que no se hagan daño, pero les hemos robado el mundo real, nuestro mundo. Y es un robo en el que todos salimos perdiendo.

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8 comentarios sobre “¿Un mundo para niños?”

  1. Qué razón tienes… Es una lástima que los niños no puedan ser niños fuera de ese mundo cerrado que se ha creado para ellos.
    Yo he tratado con muchos niños, y con muchos padres. Soy enfermera y he trabajado en urgencias de pediatría. Por más que hayas manejado niños y niños, cuando tienes al tuyo propio entre manos.. la historia cambia completamente.

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    1. Mira, por lo menos tú nos llevabas algo de ventaja, jejeje. Yo creo que no había tocado a un niño de menos de 5 años hasta que tuve a mi bebé en brazos, jajaja.
      Pero sí, a ver si poco a poco conseguimos ir haciéndoles un huequecito en nuestro mundo.
      ¡Gracias por pasarte y comentar!

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  2. Puf! Me da mucha pena que mi Peque no llegue a criarse en tribu como yo cuando era pequeño. Después del colegio hacíamos los deberes y luego a la calle a jugar y si tocaba la merienda cada día era en casa de uno… Pobre la madre que llamara la primera a su hijo 😛 que se encontraba preparando merienda para todos…

    Ahora otra complicación que estamos teniendo para formar “tribu” es que una gran porcentaje de los niñxs van a la guarde de cerca de los abuelos no de su casa… Vamos al parque a dar un paseo y es casi imposible encontrarnos con algún amiguitx.

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    1. Sí que da penica, sí. Por no tener, muchos no van a tener ni hermanos con los que construir una mini-tribu doméstica al menos 😦
      Al menos en nuestro caso no tenemos el problema que dices con la guardería; es lo malo —o no sé si en este caso «lo bueno»— de que los abuelos vivan los 4 en otra ciudad.

      ¡Muchas gracias por comentar, Papá bicho raro!

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  3. En otras culturas la presencia de los niños en las actividades cotidianas es absoluta. Deberíamos aprender de ellas. Nosotros intentamos compartir con el Vikingo nuestros ratos de ocio. No concebimos excluir a nuestro peque de nuestro mundo de adultos, eso implica ir con él a todas partes. Un abrazo.

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    1. Nosotros también lo entendemos así. En el momento en que nos convertimos en papás, pasamos de ser «solamente» una pareja, a ser una familia, y como tal, intentamos que la pequeña gusanita forme parte de todas nuestras actividades. Hartas horas pasamos lejos de ellos por la falta de una conciliación real como para encima separarnos también en los escasos momentos de ocio, ¿no?
      ¡Gracias por aportar, Rosa!

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  4. Mi hijo nunca fue de llorar pero una noche algo le pasaba, uno de esos famosos cólicos o lloros misteriosos que no encuentras la causa y que hagas lo que hagas no hay solución, era la primera vez que nos pasaba y tanto el padre como yo estábamos en ese punto de padre primerizo desesperado, nervioso y a punto de salir perder toda cordura. El vecino golpeo la pared, gritando “taco” Qué se calle ese niño. Fue una gran ayuda para calmarnos y hacer que se calmara nuestro bebé,.. Por suerte nos mudamos

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    1. Se pasa mal, ¿verdad, Carla? Por si no tuvieras suficiente con ver sufrir a tu bebé y sentir que no consigues consolarlo, encima viene el vecino a «ayudarnos». Yo entiendo que es un fastidio tener un bebé que llora en la casa de al lado, pero no sé qué se piensa ese tipo de gente que podemos hacer los padres. ¿Irnos a vivir al monte? Qué egoístas somos.
      Espero que hayáis encontrado un sitio más amistoso para vivir. Es una suerte inmensa tener vecinos comprensivos. Ayuda mucho si ellos han pasado por lo mismo.
      ¡Gracias por pasarte por aquí, Carla!

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