Llevas el ritmo en la sangre

Mamá y yo ya no bailamos como antes de abandonar las clases de «swing» por unas u otras vicisitudes de la vida. Eso no significa que el baile haya salido de casa, y la gusanita, que no pierde detalle de lo que acontece a su alrededor, se ha dado cuenta de que la cabeza, las caderas y los tobillos de sus padres parecen cobrar vida propia cuando suena una de sus canciones en la radio de la cocina. No ha llegado la guitarra al segundo acorde cuando ella ya está dando saltos y palmas al ritmo de la música. Pero no, no es ese el ritmo del que venía a hablar hoy.

Hace unos días que nuestra pequeña empezó a andar. De un día para otro decidió que no necesitaba el apoyo de nuestra mano para caminar y se soltó. La primera vez solo fueron dos pasos, la segunda cuatro y, para cuando nos quisimos dar cuenta, ya cruzaba el salón de lado a lado con paso ora firme ora tambaleante. Supongo que es un momento mágico para cualquier papá, pero a nosotros nos gusta advertir en él una lección más que nuestra gusanita nos da: ella tiene su ritmo y nadie se lo va a cambiar.

En realidad ya hace tiempo que verla crecer nos hizo darnos cuenta de algo innegable: cada niño tiene su propio ritmo de aprendizaje y, tarde o temprano, todos llegarán a la meta. Antes de que aterrizara en nuestros brazos para convertirnos en papás, flotaban en nuestro imaginario de padres primerizos todas las populares teorías habidas y por haber sobre estimulación temprana y otras zarandajas, pero con el tiempo hemos aprendido a darles una importancia relativa.

Me faltan conocimientos; no sé si tiene algo de malo poner a los niños a andar antes de que su cuerpecito se dé cuenta de que es capaz de hacerlo. Apostaría a que aquello de que las piernas se les podrían arquear no es sino otra leyenda de las muchas que pueblan el universo de la crianza. Da lo mismo. Más que pensar que es malo, en casa hemos llegado a la conclusión de que es innecesario. Nunca hemos puesto especial esfuerzo en que nuestra hija aprenda cosas que de forma natural aprenderá a hacer cuando se sienta preparada. Ponemos los medios para que lo haga sin partirse la crisma, desde luego, y la acompañamos en ese camino del aprendizaje, por supuesto; pero una vez tras otra nos ha enseñado que no necesita que nadie le enseñe a darse la vuelta en la cama, a sentarse, a gatear, a ponerse de pie, a caminar… Creo que hay muchas otras cosas que como padres sí debemos estar ahí para enseñarle y que le serán mucho más valiosas en la vida.

Es natural que, como papás, nos haga ilusión ver los progresos de nuestros hijos. Hasta cierto punto también debe de ser inevitable establecer comparativas con los niños de los demás. Eso no significa que debamos traducir esa ilusión y esa experiencia de hijos ajenos en presión hacia los nuestros. Si nada grave se tuerce, ¿no acaban todos los niños comiendo, hablando, corriendo…? Démosles su tiempo y su espacio; sus pequeños cuerpecitos nos sorprenderán en esto también demostrando «saber» cuándo están preparados para dar el siguiente paso.

Por eso también —y aquí me meto en un jardín mucho más personal— me cuesta entender esa obsesión moderna por convertir los primeros años de nuestros hijos en parte de un sistema educativo sistemático y evaluable. No termino de ver qué necesidad hay de que niños de apenas un año tengan ya un horario de «asignaturas» en la escuela infantil, cada una con sus notas a final de mes; no sé por qué unos niños que encuentran estimulante absolutamente todo lo que les rodea tienen que sentarse en orden y concierto a rellenar fichas con la actividad que cada día les decide asignar cierto método de aprendizaje ordenado. ¿No son sus primeros años precisamente aquellos en los que más deberíamos fomentar el juego libre, el desarrollo de su imaginación y de su capacidad de asombro y descubrimiento?

Si algo me han enseñado estos meses de paternidad es que todos los niños son diferentes. Cada uno sigue su ritmo y su camino para llegar a ciertas metas que les son comunes. Intentemos no volvernos locos; esto no es una competición por ver quién corre primero o quién prescinde antes del pañal sin riesgo para el parqué de casa. Disfrutemos de su desarrollo respetando su ritmo y sus diferencias; aprendamos a tener paciencia y a enriquecernos con la variedad; tratemos de no cortarlos con el mismo patrón ya desde tan pequeños. Tiempo tendrán —en esto también— de verse envueltos en una sociedad que tantas veces rechaza al diferente o al que camina más lento. No necesitan oír que nadie pregunte a sus padres si no se pone de pie todavía. Ya les llegará su momento, llevan el ritmo en la sangre.

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Empanadillas encadenadas

En casa somos fieles seguidores de las recetas de Marujismo. Habitualmente son sencillas que no necesariamente simples—, sanas y resultonas, y nos ayudaron mucho en nuestros comienzos en el «baby led weaning». Es por eso que hoy quiero hacerles un pequeño homenaje con la que, si no me equivoco, podría ser la primera receta encadenada de la historia de la Madresfera. Ahí es nada. También es cierto que esta receta nos salió sin querer por otra parte, como el 95% de las cosas que cocinamos en casa, pero eso no lo sabe nadie. Vamos, pues, con la magia.

La receta nace a partir de estos garbanzos con espinacas que nos gustaron un montón. Y eso que carecen del ingrediente fundamental de cualquier plato de legumbre que se precie: una buena morcilla de Burgos. Pero el caso es que nos gustaron y, como a la gusanita le encantan los garbanzos, reservamos una buena cantidad para que se diera el festín que quisiera. Seguramente se nos fue un poco la mano con el optimismo, así que nos vimos de repente con un generoso plato sobrante para el que a los papás ya no nos quedaba hueco ni apretando fuerte con la cuchara —cosa rara en mí, todo hay que decirlo—. Como en esta casa nos hemos criado en la cultura de la reutilización, somos expertos en la cocina del aprovechamiento, y decidimos que el plato de garbanzos pasaría a formar parte de las empanadillas que teníamos previsto cenar aquel día.

La lista de la compra

  • Las sobras del plato de garbanzos con espinacas de la receta anterior. Pero que sobre al menos medio plato, ¿no? Que os conozco y os veo haciendo esto con un garbanzo.
  • El resto de la bolsa de espinacas que os debería haber sobrado de la receta de Marujismo si le habéis hecho el debido caso.
  • Un paquete de obleas para empanadillas, o lo que quiera que uséis para hacer empanadillas en vuestra casa. A nosotros nos gustan las de tamaño grande (La Cocinera tiene, por ejemplo, dos tamaños) porque en las chiquitinas casi no cabe relleno.
  • 1 cebolleta.
  • 1 zanahoria grande, o 2 si son pequeñas.
  • 1/2 pimiento rojo.
  • 1 latilla de caballa en aceite.
  • 1 latilla de atún en aceite o al natural.
  • Los restos de un bote de tomate frito que no sabíais en qué gastar.
  • Aceite de oliva (si puede ser; si no, pues del que uséis en casa, siempre que no sea el aceite del coche).
  • Sal y especias a tutiplén (las especias, no la sal).

El camino a la perdición

  1. Picamos en «brunoise» sí, lo he buscado en Google la cebolleta.
  2. Mientras terminamos de picarla, habremos puesto a calentar en una sartén amplia un par de cucharadas de aceite. A mí me gusta sofreír las cosas despacito, así que suelo ir añadiendo las verduras a medida que las voy teniendo cortadas. Ponemos por tanto la cebolla a pochar a fuego flojito (al 2 en una cocina de 6 niveles como la nuestra, por ejemplo).
  3. Hacemos lo mismo con la zanahoria y el pimiento y lo vamos añadiendo a la sartén según lo vayamos picando. Dejamos que se vaya haciendo todo despacito hasta que la cebolleta vaya quedando transparente. Según el aceite que hayáis echado y lo rayada que esté vuestra sartén, removed de vez en cuando si hace falta, ¿eh?
  4. Si para este momento ya os habéis aburrido, podéis echar un poco de sal y alguna especia que se os antoje. También se puede sazonar después, qué más da. Yo soy muy de especiar los platos según me van dando prontos, así que no os voy a reñir por eso.
  5. Mientras se sofríen las verduras, poned a cocer las espinacas siguiendo las instrucciones del fabricante. Ya sabéis que no hay que cocer de más las verduras, pero allá cada uno. En cuanto estén listas, escurridlas y reservadlas.
  6. Cuando las verduras estén bien pasaditas a vuestro gusto, quitad el aceite de la lata de caballa y añadid el pescado a la sartén, removiéndolo para que se reparta bien. En función de cuántas empanadillas queráis hacer, le vendrá bien añadir otra latilla más, que es lo que nos pasó a nosotros. Para darle más gracia, lo combinamos con una de atún, así tampoco abusamos con las latas de este segundo pescado, que los peces grandes empiezan a ser polémicos por aquello de los metales pesados.
  7. Vamos removiendo todo junto y añadimos las espinacas, las sobras de garbanzos y los restos de tomate frito. Yo suelo echar un poco de agua al tomate para apurar bien el bote, así que le podemos subir un poco el fuego a la sartén para evaporar el exceso de líquido y que no nos chorreen las empanadillas.

El truco final

Cuando veamos que el relleno va tomando la consistencia adecuada, empezamos a rellenar las empanadillas con cuidado. La forma tradicional de terminarlas es friéndolas en abundante aceite caliente; eso nunca falla. Sin embargo, si queréis evitaros un poco de fritanga, os recomiendo darle una oportunidad a las empanadillas al horno. Basta con pintarlas por fuera con huevo batido y pasarlas un rato por el horno; muchas veces casi no hace falta ni darles la vuelta. El resultado de la masa es completamente distinto, pero está muy bueno también.

Hasta ahora nunca habíamos intentado hacer la masa de las empanadillas nosotros mismos, pero la semana pasada nos pusimos un día manos a la obra con esta receta de borekas de berenjena de Cocinando entre olivos y no nos pareció especialmente difícil —sí laborioso, porque terminamos de amasar obleas pasada la medianoche—. Tendremos que hacer la prueba para ver si este tipo de masa, además de al horno, también se puede preparar frita. Desde luego el resultado es inmejorable.


 

P.D.: efectivamente: soy tan cutre que ni siquiera tengo una foto del plato para acompañar la receta. Ese soy yo: el papá que llega tarde y pone recetas cutres. Pero oye, si a estas alturas de la vida no sabéis cómo son unas empanadillas, creo que podréis seguir viviendo sin ver la foto. ¡Que os guste!

La «profe» que me gusta

No, esto no es otra historia de amor adolescente entre profesora y alumno. Yo a quien quiero es a mamá; ni profesoras, ni gaitas. Si os estoy dando un disgusto, siempre podéis acudir a Fan Fiction y buscar algún «crossover» entre «Crepúsculo» y «Harry Potter», que para eso son las dos sagas más sometidas a semejante maltrato por parte de sus seguidores.

Hoy he venido a hablar de mi libro, que en el capítulo que nos concierne se refiere a los dos tipos de profesoras que he identificado en la guardería a la que llevamos a nuestra gusanita. Hablo directamente de «profesoras» en femenino porque el personal de la guardería está compuesto exclusivamente por mujeres. Otro día podemos discutir si queréis el porqué de esa falta de hombres en el sector infantil y de los cuidados; daría mucho de sí y hoy no tocaba.

El caso es que nuestro reparto doméstico de tareas ha dejado en mis irresponsables manos la responsabilidad de conseguir llegar a la guardería con la gusanita de buena mañana. En nuestra escuela tienen la costumbre de que sea una profesora distinta cada día la que sale a la puerta a ir recogiendo a los niños, lo que me ha permitido conocer en muy poco tiempo a un abanico amplio de «profes». Y aunque la gusanita y yo todavía hablamos en su rudimentario «gusañol», nos entendemos lo suficientemente bien como para haber alcanzado un consenso bastante amplio sobre quiénes son nuestras favoritas.

Y es que hay dos tipos de profesoras, como decía. Por un lado, están las que salen a la puerta, dan los buenos días con una sonrisa de oreja a oreja, y antes de que hayas llegado a pronunciar la «d» del «días» de tu «buenos días» correspondiente ya han arrancado a tu hija de tus brazos y se han dado media vuelta con ella camino del aula. Desde luego hay niños a los que esto les parece estupendamente divertido; por desgracia, no es el caso de nuestra gusanita, que habitualmente responde con un berrinche que se oye en un radio de dos manzanas y que sigue atormentándome hasta que Pepa Bueno enciende de nuevo su voz en los altavoces del coche.

El segundo tipo es el de las «profes» que salen despacito, dirigiéndose primero a los niños con calma, con suavidad, con cariño. Saben que ellos son los protagonistas. Saben lo que les gusta y lo que no y, sobre todo, saben esperar. Porque entiendo que padres y escuelas por igual tenemos mucha prisa a primera hora de la mañana para ponernos en marcha, pero no creo que vaya a ser un drama dedicarle un segundo a respetar el ritmo de cada niño. Soy el primero que desde que sale de casa cada día ya llega tarde; eso no impide, sin embargo, que me pare de camino a la escuela si vemos un perrito que nos hace gracia, o si el almendro que hay en el parque que está de camino está lleno de flores y sé que a la gusanita la tranquiliza pararse a tocarlas con su dedito y olerlas con su naricita.

Yo lo tengo claro, y ella más aún. Ninguno de los tres lo hemos pasado bien durante el periodo de adaptación, pero con todo y con eso, algunas «profes» han conseguido abrirse un pequeño huequecito en su corazoncito, ¡y ya les echa los brazos!. Nosotros lo tenemos claro: esas son las «profes» que nos gustan.


NOTA DEL AUTOR:

Sé que os sorprende por la elevada calidad artística que demuestra, pero sí: el dibujo es mío. Debo decir, eso sí, que es una burda caracterización y que cualquier parecido con la realidad es única y exclusivamente fruto de la casualidad.

Salmorejo de calabaza

«Al César lo que es del César»; antes de nada, tengo que decir que esta receta no es mía. De hecho, tengo un problema con las recetas que sí son mías, y es que varían tanto de una vez a otra que sería imposible ponerlas por escrito con los pasos de un manual de instrucciones. Esta la encontré en una revista del corazón que encontré abandonada hace no mucho mientras esperaba a que mamá saliera del fisio. Juro que pondría de qué revista lo saqué, pero me llevé solo las hojas de las páginas de cocina y ninguna trae referencias al nombre de la cabecera. Si averiguáis de quién es el original, hacédmelo saber; cuando probéis el resultado os daréis cuenta de lo mucho que se lo tenemos que agradecer. Comparto en cualquier caso la receta porque me parece fundamental que la Humanidad tenga acceso a la sabiduría que abre las puertas a esta delicia. Por eso, y porque no me gustan las revistas del corazón, qué demonios.

Así de entrada, la receta nos planteaba un ligero dilema moral en casa. Intentamos evitar en la medida de lo posible consumir frutas y verduras fuera de temporada sí, estamos así de locos, así que no nos gustaba tener que comprar tomates en pleno mes de marzo. Confieso que me pudieron las ganas de probar esta versión de una de mis cremas preferidas, pero tenemos una alternativa para evitarlo en el futuro: congelar la calabaza. Como en los viajes periódicos al norte nos traemos siempre provisiones de la huerta del tío Julio, ya hemos ido probando qué verduras pueden congelarse con buen resultado y cuáles no. La calabaza, sobre todo si es para consumirla en cremas o purés no tanto si es para hacer tiras o rodajas a la plancha es una de las que sí.

Vamos pues con la receta. Las medidas son adecuadas para 4 personas según el original; nosotros nos lo cenamos todo entre 3. Vosotros sabréis el hambre que tenéis.

La lista de la compra

  • 6 tomates pera.
  • 400g de calabaza (pesados una vez pelada).
  • ½ pimiento verde.
  • 1 cebolleta.
  • 1 diente de ajo.
  • 50g de almendras tostadas.
  • 25g de pipas de calabaza tostadas.
  • 2 ó 3 rebanadas muy finas de pan por persona.
  • Aceite de oliva.
  • 10ml de vinagre.

Diría que los profesionales recomiendan siempre tomates pera a la hora de hacer salmorejo. Nosotros somos unos «vivalavirgen» y nos conformamos con cualquier tipo si no encontramos pera. Esta vez echamos mano de tomate en rama y quedó la mar de rico.

Es recomendable que las almendras y las pipas estén peladas. Pasaremos el resultado final por un chino o pasapuré, pero si ya de entrada eliminamos todas esas pieles tan fibrosas, mucho mejor.

El camino a la perdición

  1. Corta la calabaza pelada en dados y cuécelos al vapor durante 3 minutos. Cuando estén listos, déjalos enfriar a un lado.
  2. Precalienta el horno a 180º mientras dispones sobre la bandeja un papel de horno. Coloca las rebanadas de pan separadas y rocíalas con aceite de oliva. Si no tienes un spray, puedes pintarlas también con una brocha de cocina o con lo que tú mejor te apañes. Cuando el horno esté a punto, asa el pan durante 5 minutos o hasta que veas que las tostas toman un color dorado como en la foto. El tiempo dependerá de tu horno, de la altura de la bandeja y de lo gruesas que hayas hecho las rebanadas (cuanto más finas, mejor).
  3. Lava y corta en trozos grandes el pimiento, la cebolleta y los tomates. Coloca todo junto con el ajo pelado en un bol y añade la calabaza ya fría, las almendras, el vinagre, 100ml de aceite y una pizca de sal. Pásalo todo por la batidora hasta que quede lo más fino posible.
  4. A mí me gusta el salmorejo «grueso», pero en general queda más fino si pasas la crema por un chino o pasapuré. En este caso es aconsejable porque incluimos verduras crudas y frutos secos que pueden dejar demasiadas fibras o incluso algún trozo que haya esquivado con habilidad las cuchillas de la batidora.
  5. Deja que la crema se enfríe bien en la nevera un par de horas y sírvela decorada con un poquito de buen aceite de oliva, las pipas de calabaza y las tostas que has preparado para cada uno.

El truco final

Os puede parecer una tontería poner el horno para tostar solo 4 rebanadas finitas de pan. No lo es. Lo que es es un derroche, pero no una tontería. El sabor de esas tostas de pan con aceite de oliva es de lo mejor de la receta.

Vapor sin vaporera

Lo más parecido a cocinar al vapor que hacíamos en casa en la era A.G. Antes de la Gusanita era aplicarle la técnica del «papillote» a algún pescado desprevenido que caía en nuestras manos. Sin embargo, su irrupción en nuestras vidas revolucionó incluso nuestra forma de cocinar, y lo que antes eran verduras blandurrias y sin personalidad cocidas en agua pasaron a convertirse en sus primas las del pueblo: consistentes, de vivos colores, «al dente», que dirían los diestros en la materia. Encontrar el punto exacto de dentera para que a mamá no le chirriara la mandíbula al masticarlas es ya otra historia.

El caso es que nunca habíamos tenido una vaporera. Por no tener, no teníamos ni conciencia de que semejante artilugio existiera. Tuvimos que ingeniárnoslas, pues, para conseguir un efecto parecido en aquellas escasas ocasiones en las que alguna de las recetas que aterrizaban en nuestro menú semanal requerían preparaciones al vapor. La técnica que voy a explicar hoy ha sido aplicada con éxito para la cocción de verduras y empanadillas chinas «shaomai» esas que sirven en vaporeras de bambú en los restaurantes orientales—. No me hago responsable de su utilización por vuestra parte en ningún otro caso.

«¿Y por qué no utilizas un estuche de vapor de silicona para microondas?» me preguntaréis con razón. Efectivamente, esos estuches cumplen perfectamente si lo que quieres es preparar unas verduritas al vapor. En cambio, si lo que pretendes es cocinar en casa esos bocaditos chinos que os comentaba antes, no es difícil que acabes carbonizándolos en el microondas si los introduces en uno de esos coloridos estuches blanditos. Cada uno come las cosas como quiere, pero a mí carbonizados me gustan menos.

Al lío, que me lío. ¿Cómo podemos cocinar algo al vapor sin una vaporera? Muy fácil. Necesitaremos una cazuela, una tapa de microondas y algún elemento que nos permita disponer los alimentos sobre la abertura de la cazuela. Los más prácticos que yo he encontrado son una parrilla-grill para microondas o un colador. Una vez lo tengamos todo, ponemos agua en la cazuela y la llevamos a ebullición. Cuando hierva, colocamos la parrilla o el colador sobre la cazuela y repartimos encima los alimentos que queremos cocinar. La parrilla es ideal porque podemos disponerlos separados para que no se toquen entre sí, lo que es importante en el caso de las empanadillas chinas. Tapamos todo con la tapa de plástico para microondas y a disfrutar.

En función del tamaño de la cazuela y las distancias que separen el agua de los alimentos y de la tapa de microondas, es posible que la cocción sea algo más lenta que en una vaporera de verdad. Es importante, por tanto, que si cocináis verduras con esta técnica las cortéis primero en trozos más finos para ayudar (siempre que la receta lo permita, claro está). Por lo demás, esta es la mejor forma que encontré de cocinar al vapor sin un artilugio específico. Ahora que la abuela de la gusanita nos dio uno viejo que tenía en el trastero, hemos abandonado el camino del samurai en favor de la vía fácil. Queda en vuestras manos la responsabilidad de mantener con vida esta técnica ancestral de cocinado.

Si habéis leído hasta aquí, cosa que tiene mérito, os habrá cambiado la vida; ya veréis.

¿Curso de preparación a qué?

Este blog nació con doce meses de retraso. Debía de estar muy a gustito en mi tripa, aunque no faltaron ocasiones en las que deseé que hubiera nacido ya. Para cuando las prostaglandinas pusieron en marcha los mecanismos de su nacimiento, ya tenía el papá algunos asuntos pendientes acumulados que nunca llegaron a ver la luz a su debido tiempo. El primero de ellos es el de los cursos de preparación al parto.

No quiero enrollarme demasiado, así que iré al grano: ni a mamá ni a mí nos gustó el curso que impartió nuestra matrona en un ambulatorio de la Seguridad Social. ¿Por qué? Os lo cuento.

Contenido justito

Ya comenté en una entrada anterior que nunca había leído tanto sobre ningún tema. Como el equipo que somos, mamá y yo nos habíamos documentado extensamente cada uno sobre aquellos ámbitos del embarazo, el parto y la crianza que más nos habían interesado. Así, entre los dos, teníamos una base bastante sólida a partir de la que iríamos construyendo nuestra m/paternidad.

No todo el mundo tiene por qué ser tan obsesivamente friki como nosotros. Nos gusta entender cómo funcionan las cosas y actuar con conocimiento de causa. Pero sí sería de esperar, al menos, que unos papás en ciernes mostraran un mínimo de interés por ir poniéndose al día de la que se les viene encima. Nuestro instinto de mamíferos seguro que hace acto de presencia cuando menos nos lo esperemos, pero hasta ese momento, lo hemos guardado tan al fondo del cajón de nuestro bagaje cultural, que haríamos bien en no quedarnos sentados esperando. Es un fenómeno curioso ver cómo comparamos docenas de sitios web con centenares de pestañas abiertas en el navegador para encontrar la mejor opción de compra de unos calcetines para luego fiarlo todo al destino cuando de lo que se trata es de cuidar a nuestra futura familia, ¿no?

En cualquier caso, el resultado de nuestro «frikismo» fue que apenas descubrimos nada nuevo durante el curso. En las cuatro sesiones que duró rozamos levemente la portada de multitud de temas, pero no llegamos a profundizar en prácticamente ninguno. Cualquiera con un mínimo de interés por la materia se aburriría como una ostra en aproximadamente un 85% de la duración de nuestro curso.

Lo malo es que no sé cuál sería la solución a este problema. Es obvio que hay que recorrer todos los temas básicos y fundamentales de parto y postparto, pero nosotros echamos mucho de menos más información práctica sobre cosas como la lactancia materna o las posibilidades para diseñar un plan de parto personalizado. Es necesario hablar de cómo cuidar una episiotomía, desde luego, pero sería genial si complementaran el tema con formas de ayudar a prevenirla, que es lo que todas las mamás desearían: ¿masaje perineal para empezar, quizá? Es importante que los papás tengan claro qué trámites burocráticos tendrán que hacer tras el nacimiento de su bebé, pero quizá bastaría con entregar un papel con el resumen o dar un enlace a una de las decenas de webs que lo explican paso a paso, ¿no?

Contenido antiguo

Afortunadamente, creo que la mayor parte de las matronas están bastante al día en cuanto a recomendaciones sanitarias de cara al parto y la crianza del bebé. Sin embargo, todavía se escapan algunas observaciones peligrosas. Hablamos de temas delicados y muy personales, pero el papel de la matrona no debería consistir tanto en ser políticamente correcta para no herir sensibilidades como en dar las mejores recomendaciones para que la madre y el bebé completen el viaje de la mejor forma posible.

Más allá del contenido en sí, no estaría mal que alguien dotara a las pobres matronas de medios un poco más actuales. No digo que necesiten un televisor 4K y un reproductor Blu-ray, pero por amor de Dios, tener que proyectar los vídeos en un televisor 4:3 de tubo, con un reproductor VHS y una cinta tan rayada que el grano de la película era más gordo que la cabeza del bebé pues a lo mejor tampoco.

Horario y calendario

Ahora que está reciente la campaña #padresigualitarios de los papás blogueros, tengo que reconocer que me llama la atención lo poco que oigo a los padres quejarse de esto. Para cualquier futuro papá que trabaje es prácticamente imposible acudir a los cursos de preparación al parto, al menos con los horarios que teníamos nosotros disponibles en nuestro centro de salud: uno a media mañana y otro a media tarde. En una ciudad como Madrid, en la que hay que contar con un desplazamiento mínimo pero muy mínimo de media hora para ir a prácticamente cualquier sitio, hay que estirar mucho la generosidad del jefe para que te dé tiempo a llegar a clase a las 17:30 un martes. Si de verdad queremos que los padres nos impliquemos en el cuidado de los hijos y me consta que cada vez somos más los que queremos, no podemos obviar la figura del padre ya desde antes de que el bebé haya hecho siquiera acto de presencia.

Y me quejo como padre porque es la parte que me tocó vivir, pero estoy seguro de que a más de una mamá le pondrán también pegas en el trabajo cuando tenga que faltar para acudir a estos cursos de preparación. Sé que mamá tenía derecho a esas horas y no tuvo ninguna dificultad, pero el derecho debería extenderse por igual a todas las mamás y todos los papás que así lo deseen.

Tampoco nos satisfizo el calendario. Teníamos programado un número determinado de sesiones, siempre los martes a las 17:30, con la mala suerte de que uno de ellos coincidió con un día festivo en nuestra comunidad autónoma. ¿Solución? Condensar el resto de sesiones para poder completar todos los temas previstos en 4/5 del tiempo contemplado inicialmente. ¿Esa es la importancia que le da nuestro sistema sanitario a los cursos? No pido que la matrona tenga que trabajar el domingo para darme a mí un curso, pero digo yo que no será tan difícil programar una sesión alternativa en otra fecha, ¿no? Que porque el curso dure unas horas menos no significa que la mamá vaya a dar a luz «un poco menos», vaya.

Instalaciones

Cierro la lista volviendo brevemente a la necesidad de dotar a las matronas y centros de salud de material digno. Ya de entrada, vuelve a señalar la ínfima importancia que se da a la figura de la matrona y a los cursos de preparación al parto el hecho de que no todos los centros de salud cuenten con ellos. El nuestro no tenía; ni lo uno, ni lo otro; ni matrona, ni curso. Súmese, por tanto, al horario imposible, la necesidad de un desplazamiento hasta un centro de salud más lejano que sí disponía de matrona al servicio de sus usuarias.

Que las madres y los padres que puedan de varios centros de salud tengan que desplazarse hasta uno diferente para realizar el curso tiene un primer impacto evidente, y es que la asistencia es mucho más numerosa que si se tratara solo de las personas adscritas a ese centro. Nos vimos así, día tras día, en una habitación ridícula para semejante agrupación de barrigas, con madres tiradas por todas partes como los juguetes que quedan esparcidos por el salón de casa cada tarde cuando la gusanita se va a dormir. No había sillas suficientes, y nos veíamos obligados a arrastrar bancos de la sala de espera del ambulatorio arrancándoselos de debajo del culo a los pobres pacientes que esperaban turno.

El día que tocó hacer ejercicios de relajación y respiraciones el espectáculo se tornó dantesco. Mientras los papás nos pegábamos a la pared junto a los carteles de canales de parto y vaginas gigantes, las mamás organizaban en el suelo una coreografía de tripas y colchonetas digna de Spencer Tunick, acoplándose como sardinas en lata para intentar no provocar una oleada de partos prematuros.

Una vez más, no pedimos el gimnasio de la ciudad deportiva de Valdebebas, pero qué menos que tener en cuenta el número de participantes del curso a la hora de elegir las instalaciones donde se va a impartir. Harto les debe de doler ya el espinazo a las pobres embarazadas como para que encima las obliguemos a tirarse dos, tres y hasta cuatro horas sentadas en la repisa de una ventana que les congela los riñones.


 

Por lo que me cuentan otras mamás —futuras y presentes—, la organización y la calidad de los cursos no tienen nada que ver en función de a qué centro de salud acudas, no digamos ya si comparamos distintas comunidades autónomas. Supongo, además, que la experiencia personal será muy diferente en función de la predisposición y las expectativas con que cada uno acuda al curso. No obstante, para mamá y para mí fue una gran decepción y una oportunidad desaprovechada.

Convendría hacer un estudio serio sobre qué impacto —incluso económico— tendría una mejora en el contenido y la estructura de los cursos; estoy seguro de que se evitarían problemas en algunos partos, visitas innecesarias a matronas y ginecólogos, o lactancias fracasadas de forma prematura.

¿Quién eres tú y dónde está papá?

Qué atrevida es la ignorancia. Aunque no me guste, tengo que reconocer que entiendo a todos nuestros amigos sin hijos, vecinos, compañeros de trabajo, etc. que se sorprenden cuando les contamos que no hay una única forma de criar a un hijo. Para muchos de ellos alternativas como el colecho o el «baby lead weaning» son poco menos que ciencia ficción. Pero los entiendo. Porque para mí también lo eran hace no mucho.

Antes de embarcarnos en el proyecto de la que ya es nuestra nueva familia, yo era el más absoluto ignorante en lo que se refiere a los bebés. No sabía absolutamente nada de lactancia, desconocía por completo la edad a la que los niños empiezan a andar, a hablar, Palabras como «body», «muselina», «cuco» o «pelele» me eran tan familiares como los fermiones de la física de partículas.

Ese desconocimiento me llevaba a concebir ideas tan peregrinas como la de que yo no iba a cambiar. Tenía claro que tendríamos que hacer algunos ajustes en nuestra rutina, pero no alcanzaba siquiera a vislumbrar la avalancha que se nos venía encima. Y vaya si hemos cambiado, vaya si he cambiado.

Alguien como yo, que se lee de cabo a rabo el manual de instrucciones de cualquier artilugio nuevo que llega a casa antes de estrenarlo, tenía que documentarse adecuadamente sobre cómo se hace eso de ser padre. Nunca antes había leído tanto acerca de nada que fuera a hacer: ni cuando tuve que diseñar mi Erasmus en el extranjero, ni cuando mamá y yo organizamos a mano cada detalle de nuestra boda de andar por casa, ni cuando decidí entrenar para un triatlón en una de esas venadas mías. Todo tipo de manuales, blogs y libros de crianza pasaron por mis manos.

Y ahí empezó mi transformación. Intuía yo que no iba a ser muy fiel a la forma tradicional de hacer las cosas; ese no es mi estilo. Los pobres abuelos de la gusanita han tenido que aprender a aceptar que no le quisiera poner pendientes, que toma y tomará el pecho hasta que a ella y a su madre les parezca oportuno, que el fular elástico, la bandolera y la mochila de porteo son tan buenas alternativas como esa silla que cada día usábamos menos, o que saltarse el paso por las papillas puede ser divertidísimo si logramos no llevarnos las manos a la cabeza cada vez que coge un trozo enorme de pan para llevárselo a la boca.

Mamá y yo éramos unos ilusos inocentes. Nos reímos ahora recordando cómo teníamos la intención de dejar que todo el mundo hiciera el ruido que hiciera falta en casa aunque la bebé estuviera durmiendo. «Tendrá que acostumbrarse a que en casa hay ruido, ¿no?». Qué benditos. Ahora, después de un año «maldurmiendo», seríamos capaces de arrancarle a alguien la cabeza si despertara a la gusanita cuando ya está en la cama.

Estábamos convencidos de que podríamos ir a cualquier parte con ella, como si tuviera ella que adaptarse a nuestra vida de adultos y no al revés. Y es verdad que seguimos sacando adelante infinidad de planes en la ciudad, pero no tenemos la menor duda de que somos nosostros quienes debemos adaptar esos planes a sus ritmos y necesidades. Habernos dado cuenta de lo práctico que es el porteo nos ha ayudado mucho en ese camino; nosotros, que tanta ilusión teníamos en comprarnos esas manoplas tan monas que lleva todo el mundo en el manillar del carrito cuando hace frío.

Durante aquellas últimas semanas interminables de embarazo teníamos miedo de poner en práctica el colecho desde el principio. Con el temor de arrollar a la gusanita en la cama, nos liamos la manta a la cabeza, y tras una búsqueda infructuosa en todas las tiendas de puericultura de Madrid, nos lanzamos a comprar una cuna artesanal de madera en Alemania, sabedores de que el colecho es mucho más habitual al norte de los Pirineos. Y la cuna sirvió, sí: como mesilla de noche.

Ahora que la gusanita empieza a meterse en el capullo del que saldrá una niña maravillosa, me doy cuenta también de que el papá que soy ahora seguramente no habría elegido la misma escuela infantil que el papá que tuvo que seleccionar una para aquella «diminúscula» bebé de un mes. No puedo evitar sentirme estafado por aquel papá pero, una vez más, llego tarde. Tarde como me llegó a mí el aviso de mi yo del futuro de que estaba eligiendo la carrera equivocada.

Así pues, por más rabia que me dé, por más pataletas que deje caer aquí, no me queda más remedio que entender las opiniones inoportunas y la ignorancia ajena. Porque yo antes estaba ahí y la ignorancia me era propia. Solo espero haber sabido mantener la boca cerrada. Y si no, aunque no sirva de nada, perdonadme; no era yo, todavía no era papá porque llegué tarde.