Los juguetes que no lo eran

Los juguetes que no lo eran

Desde que supimos que íbamos a ser papás hemos intentado ser prácticos siempre dentro de la nula practicidad que lleva asociada el hecho mismo de la paternidad—. Con mucho esfuerzo, fuimos capaces de reprimir el instinto consumista que parece apoderarse de los padres primerizos de la sociedad occidental y tratamos de adquirir única y exclusivamente aquellos bártulos que considerábamos imprescindibles. Eso no impidió, obviamente, que el día que fuimos al hospital a dar a luz nos confundieran con la caravana del Gran Circo Mundial, tan cargados como íbamos.

Decidimos, por ejemplo, que no tenía mucho sentido comprarle juguetes a una recién nacida que tardaría meses en ser consiente de que esos gusanitos que se movían al final de sus brazos eran sus deditos. Creo que el único muñeco que recibió de nosotros durante su primer medio año de vida fue el simpático «amigurumi» que le tejió mamá con tanta ilusión durante su embarazo. Todos los demás, que no son pocos, fueron llegando durante el goteo de visitas que nos acompañaron a lo largo de las primeras semanas en casa.

Nos hemos equivocado en muchas cosas desde que somos papás; no me duele reconocerlo. Pero creo que en esta acertamos plenamente. Nuestra pequeña gusanita ha tardado casi un año en empezar a mostrar el más mínimo interés por los juguetes. Para una mente inquieta como la suya ha resultado siempre mucho más atractivo observar y manosear con detenimiento todos esos objetos cotidianos que nos ve utilizar a los mayores o que se encuentra por casa durante sus temerarias expediciones.

Me resulta fascinante verla ensimismada durante larguísimos minutos admirando algo tan sencillo como un pañuelo de papel. A menudo me descubro a mí mismo espiándola desde detrás de su «diminúsculo» hombro, divertido por ese rictus de concentración que adopta su morrete cuando está intentando averiguar qué demonios es ese trozo de plástico rojo que sus padres introducen de vez en cuando en los agujeros de la pared que siempre encuentra tapados.

A día de hoy todavía tiene fijación por algunos objetos cotidianos, y aunque le encanta pasar las páginas de sus libros de animales y desmontar las piezas del tren de madera que le trajeron los Reyes, aún puede pasarse horas asiendo con firmeza ese tesoro que ha descubierto y que no ha logrado desentrañar. Esta semana, por ejemplo, estamos viviendo su época «dadoísta» no dadaísta, no; «dadoísta». Le encanta esconder en la mano un dado de colores que forma parte de un juego de madera de la familia de la jenga y de aquel popular Tozudo. Puede tenerlo agarrado horas y horas; gatea con él, come con él y si por cualquier motivo necesita abrir la mano para lavarse o mientras la vestimos, no duda en cambiar el preciado talismán de mano con agilidad para que nadie se lo quite. Lo que sea, menos dejarlo.

Antes del «Dadoísmo» hubo otros movimientos artísticos en casa. Algunos tienen breves resurgimientos contestatarios cuando surgen nuevas corrientes que se imponen con fuerza, pero en general podemos decir que tal y como llegaron, la mayoría se fueron también. Podemos citar algunos de sus elementos fetiche:

  • El cepillo para el pelo de Mercadona, cuyas cerdas resultaron ser ideales para estimular exponencialmente la producción de baba durante los viajes en metro.
  • La funda de las gafas de mamá, que vive su renacimiento particular desde que descubrimos que puede abrirse y cerrarse y guarda una toallita en su interior.
  • El cepillo de dientes, cuyo interés se esfumó de la noche a la mañana el mismo día que los papás pretendieron que pasara de ser un juguete a un instrumento de higiene bucal diaria.
  • Los tarros de especias en grano como el ajonjolí, que siempre han triunfado más como maracas en esta casa que los sonajeros de bebé.
  • Las llaves de casa, con ese delicioso regustillo metálico que acompaña a la perfección los platos de BLW más sofisticados.

Todo esto nos permite ahorrar mucho en juguetes, es cierto, pero vivimos bajo la amenaza constante de que cualquier cosa que estemos utilizando para cualquier actividad se convierta en un nuevo icono del arte para la gusanita y tengamos que vérnoslas y deseárnoslas para poder seguir utilizándolo sin desencadenar el Apocalipsis de los gritos. Nos lo pasamos bien.

 

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2 comentarios sobre “Los juguetes que no lo eran”

  1. Es genial verlo, ¿verdad? Nosotros ya hemos perdido esa inocencia en la forma de mirar; ya estamos acostumbrados a tantas cosas que nada nos sorprende. Pero imagínate que pudieras ver el papel de aluminio por primera vez: ¡sería algo alucinante! Como si cayera en las manos de un adulto un objeto extraterrestre que no cumple las leyes de la Física que conoce.
    ¡Muchas gracias por comentar!

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  2. Jajaja la verdad es que es genial observar cómo descubren las cosas… El otro día mi hija descubrió el papel de aluminio.. Se pasó 15 minutos observándolo por todos lados como si se tratara del objeto más interesante que nunca ha visto. Y los juguetes en el armario.

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