Papá es un payaso

Papá es un payaso

Soy un payaso. Así, con todas las letras. Pero solo en dos circunstancias que me obligan a deshacerme de mi timidez crónica: cuando me disfrazo y cuando estoy con mi hija. Todavía no nos hemos disfrazado con ella, pero miedo me doy. En mi defensa diré que el segundo supuesto es una exigencia del guion: de no ser tan payaso, no sé cómo me las apañaría para criar al terremoto que nos acompaña.

Si la vecina me viera en casa por un agujerito pensaría seguramente que estoy como unas maracas, pero no; lo más probable es que solo esté —y nótese el uso intencionado del “intentando”—:

  • Intentando cortarle las uñas a la gusanita,
  • intentando cortarle el pelo,
  • intentando peinarla,
  • intentando limpiarle el morrete después de comer,
  • intentando lavarle las manos antes de cenar,
  • intentando cambiarle el pañal,
  • intentando vestirla,
  • intentando desvestirla,
  • intentando bañarla,
  • intentando quitarle los mocos.

O vete tú a saber qué. Nuestra gusanita es incapaz de estarse quieta, es superior a sus fuerzas. Y no le gusta ni lo más mínimo que la sujeten para participar en ninguna de las torturas anteriores, así que no nos queda otra que recurrir a todo nuestro arsenal de payasadas como maniobras de distracción. No os podéis ni imaginar lo que tenemos que hacer a veces para conseguir, después de un cuarto de hora de lucha, cortarle una uña. Una. Dos no, una.

A veces rozamos el límite de nuestra paciencia, supongo que es inevitable. Estamos hablando en general de acciones necesarias que tenemos que hacer con ella cada día, y no siempre es fácil mantener la compostura. A mí me da igual que vaya en chándal a una boda si le molesta menos que le pongamos esa ropa que un vestido más difícil de embutir, pero es un sufrimiento tener que pasar por esa batalla cada dos por tres cuando tienes que ir a algún sitio con un mínimo de prisa.

En cualquier caso, me alegra sentir que cuando estoy con ella todo lo demás me da igual. No me importa hacer el bobo ni lo más mínimo, sea donde sea. Si con ello consigo arrancarle una de sus sonoras carcajadas, una de esas en las que se ríe tanto que llega a caerse redonda al suelo de la risa, ya el día entero ha merecido la pena.

 

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