Vacunas socialistas

Vacunas socialistas

Hace poco llevamos a la gusanita a una nueva ronda de vacunación. Después de un año ya estamos acostumbrados a verla en todo tipo de situaciones, pero recuerdo con amargura sus primeras vacunas. Nunca la habíamos visto llorar tanto ni poner esa expresión de pena. Qué impotencia ver esos ojos suplicantes; no pude evitar que me punzara la culpa de dejarla sentirse abandonada, desprotegida por esos padres que hasta entonces nunca habían dejado que le pasara nada malo.

A pesar de aquello y de los pésimos días que siguieron debido a la reacción que le produjeron, tengo la convicción de que las vacunas son un regalo de la ciencia que no deberíamos rechazar. Lo cortés no quita lo valiente: soy consciente de que entrañan un mínimo riesgo que podemos asumir pero no ignorar. Habiendo leído sobre los efectos secundarios negativos que puede tener, por ejemplo, la vacuna del papiloma humano, es inevitable tener miedo a que te toque a ti. La probabilidad es mínima, pero no por nada existe una Asociación de Afectadas por dicha vacuna.

Con estos precedentes, me sume en un conflicto interno el hecho de que existan vacunas que no se incluyen en el calendario oficial sobre cuya aplicación ni las mismas autoridades sanitarias son capaces de alcanzar un acuerdo. El último ejemplo lo constituye la de la meningitis B. Este medicamento que antes era exclusivamente de “uso hospitalario” se puede adquirir ya con receta médica en las farmacias españolas. Queda sujeta a discreción de los padres la decisión de si administrársela a sus hijos.

Y ahí es donde sufro. No me importa tener que pagarla porque afortunadamente podemos permitírnoslo, pero ¿con qué criterio decido? La incidencia de la enfermedad en nuestro país es muy baja, pero sus consecuencias una vez contraída pueden ser fatales. ¿Merece la pena arriesgarse a sufrir los efectos secundarios ante una probabilidad tan baja de enfermar?  La Asociación Española de Pediatría considera que sí, aunque nuestra pediatra —entre otras voces contrarias— no lo ve tan necesario.

En momentos así, en cierto modo, me gustaría vivir en un Estado mucho más intervencionista. Nada de liberalismo sanitario y que cada uno decida; sería mucho más fácil delegar esa responsabilidad en las instituciones y que, cual Estado socialista de manual, decidieran por nosotros qué vacunas se deben administrar y cuáles no.

Obviamente estoy exagerando, pero no deja de ser una decisión sin vuelta atrás que puede no gustar tomar. “¿Y si sale mal?”. La paternidad es un camino lleno de encrucijadas, pero apenas son un puñado las decisiones que pueden tener consecuencias graves de forma inmediata; la mayoría tendrán efectos tan difusos y a tan largo plazo que seguramente no lleguemos nunca a ser realmente conscientes de qué parte de culpa tuvimos.

Nuestra motivación para decidirnos a vacunar ha sido casi más visceral que racional, aunque creo que habríamos optado por hacerlo en cualquier caso. Por una parte, pesan los cuatro contagios recientes de bebés en nuestra ciudad, uno de los cuales murió. No conocemos a ninguna de las familias directamente, pero sí a través de terceros. Es triste, pero la cercanía personal de los acontecimientos negativos hace que nos afecten más. Por otra parte, terminó de convencernos haber escuchado en boca de mi madre cómo vivió las 24 horas de incertidumbre durante las que tuvo que esperar con aterrada resignación el desenlace de la meningitis que yo sufrí de pequeño. No se lo deseo a ningún padre.

Con todo, el ejemplo de esta vacuna es paradigmático: al mismo tiempo que la autoridad sanitaria recomiendan su aplicación, la sanidad pública no la incluye en el calendario. Eso deja fuera a todas las familias que, lamentablemente, no pueden permitirse un gasto extra imprevisto de 200 ó 300€. Pero incluso aquellas que sí podemos, nos encontramos con farmacias desabastecidas por la falta de previsión y listas de espera de varios meses.

Qué suerte tenemos de poder elegir. Y qué difícil es.

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