Los niños son esponjas

Cuidado con las esponjas

Hay una idea subyacente a lo largo de todo el libro “Se me hace bola” de Julio Basulto que terminé de leer hace poco: la mejor forma de conseguir que nuestros hijos coman bien es comer bien nosotros primero. Predicar con el ejemplo, que diría el otro.

Y es que hay mucha verdad en esa afirmación popular de que los niños son esponjas. No puedes permitirte ni un momento de debilidad: basta con que tu hija te pille un día con el dedo en la nariz para que la tengas hurgándose con todo el abanico de dedos que tiene en cada mano a todas horas.

Hace unos días vivimos un buen ejemplo: mamá no es mucho de ponerse collares si no es para ocasiones especiales. Sin embargo, desde hace unas semanas, usa de vez en cuando uno con cuentas rojas a modo de collar de lactancia para evitarse dolorosos pellizcos y arañazos —¡qué uñas tiene la tía!—. Pues a partir del primer día la gusanita se pone como loca cada vez que ve el collar y no para hasta que no se lo ve puesto y puede acariciarlo con emoción. Incluso ha extendido la costumbre a otras cosas que parecen collares, como una cadena para chupete con cuentas de colores que nos regalaron cuando nació. Nos va a salir presumida.

Hay que tener mucho cuidado, es cierto, pero también podemos encontrarle un lado positivo a esa capacidad innata de los niños para imitar todo lo que ven. Recientemente, por ejemplo, hemos jugado con eso a nuestro favor para enseñarle a sonarse los mocos.

Quitarle los mocos a la gusanita siempre había sido una odisea que ni las 12 pruebas de Astérix —más o menos como cortarle las uñas—, así que cuando cogió su primera moquera después de Navidad tuvimos que ingeniárnoslas para facilitar la tarea. Le enseñamos cómo lo hacíamos nosotros con un pañuelo de papel, y como le hizo gracia, empezó a prestar su nariz al mismo ejercicio, al principio, y a intentar incluso hacerlo ella solita poco después. A cambio destroza todos los paquetes de pañuelos que encuentra a su paso, pero nos parece un peaje asumible si lo comparamos con los malos ratos que pasábamos con el suero y el sacamocos. Ya no tengo que limitarme a quitarle los mocos con Photoshop.

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