Sí, otra de superpoderes

Una breve búsqueda en Google te permitirá encontrar centenares de entradas describiendo por qué podemos decir que papás y mamás adquirimos superpoderes en el momento en que nuestros retoños caen en nuestras manos. Soy plenamente consciente, por tanto, de que esta entrada es tan original como una equipación oficial de fútbol de 17€; pero qué le voy a hacer, se me ocurrió el domingo mientras paseaba con la gusanita dormida y no está la cosa como para desperdiciar ideas absurdas.

La Madresfera esconde una mitología tan compleja que ríete tú del universo Marvel. Hay superpoderes para todos los gustos, algunos tan delirantes como los de los protagonistas de aquella «Mistery men» que parodiaba el cine de superhéroes al uso. Cabría pensar que ya que nos estamos inventado la película, podríamos al menos elegir un poder molón de verdad, pero la realidad es que la mayoría resultarían bastante pobretones en una aventura en condiciones.

Adquirí yo conciencia de mi superpoder, como decía, dando un paseo el domingo por el parque. Como siempre que la gusanita se duerme, mi organismo entero había activado el DEFCON 1, alerta ante cualquier amenaza exterior que pudiera poner en peligro su plácido descanso. No sé los vuestros, pero nuestra bebé es muy suya con sus siestas y entra en un estado «berserker» muy destructivo por las tardes si no ha podido dormir todo lo que el cuerpo le pide.

Y ahí fui consciente. Metros, qué digo metros, ¡kilómetros! antes de que llegue a nuestro lado, mi sentido «padrácnido» —no era fácil sintetizar «padre» y «arácnido» en una sola palabra, a ver qué os pensáis— se pone alerta y detecta cualquier peligro que pudiera interrumpir el sueño del sujeto protegido. Desde que soy papá, puedo intuir cuándo va a arrancar una moto aparcada en la acera antes de que su dueño supiera siquiera que iba a comprarse una moto; detecto un perro ladrador antes incluso de que ponga la primera pata en el parque; huelo el grito que va a pegar un niño al pasar junto a nosotros mientras sus padres están todavía manos a la obra tratando de concebirlo.

En los ejemplos anteriores he aplicado el factor de exageración del 50% que todos sabemos que se permite introducir en cualquier anécdota, pero sabéis tan bien como yo que están basados en hechos reales. Y vosotros, ¿qué superpoder os pedís?

 

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#padresigualitarios

Ser padre revoluciona tu forma de interpretar la realidad; te hace ganar conciencia de problemas que hasta ese momento habías esquivado con la habilidad de un Neo cuyas aspiraciones se limitaban en muchos casos a evitar complicaciones y vivir despreocupado. Las ganas de regalarle a nuestros hijos un mundo mejor, más justo y cuidado, nos llevan a mojarnos más, a esforzarnos por participar y ser parte activa del cambio que queremos.

Antes de ser papá leía a menudo sobre machismo y feminismo, sobre desigualdad de género y estereotipos. Sin embargo, acompañar a una nueva señorita en sus primeros meses en esta nuestra sociedad me ha hecho darme cuenta de lo profundas que son las raíces de este problema tan complejo.

La paternidad —y la maternidad— está plagada de eso que los entendidos llaman «ideología de género». Una cultura que, nos guste o no, sigue atribuyendo roles distintos a hombres y mujeres, insiste en relegar a un segundo plano a muchos padres a la hora de participar en la crianza de sus hijos. Y los padres lo permitimos. Lo permitimos cuando aceptamos con pasividad que sean ellas, las mamás, las que deban tomar siempre la iniciativa que los estereotipos les atribuyen; lo permitimos, y lo fomentamos, cuando damos vida a esas actitudes machistas que hemos heredado y de las que a veces seguimos participando. Eso ya es de por sí negativo, en tanto en cuanto que constituye un primer modelo negativo de desigualdad para nuestros hijos; hijos que, además, se ven a menudo marcados desde su nacimiento para comportarse como se supone que un niño o una niña debe hacerlo en función de su género.

Pero volvamos al papel del papá. Hablamos de una situación compleja que se puede abordar desde muchas ópticas. Una es la concepción tradicional que, tristemente, alimentan aún hoy muchos jóvenes de que es a la mujer a quien corresponde ocuparse de los hijos. No hace falta esforzarse mucho para escuchar comentarios socarrones tildando de «calzonazos» al que rehúsa unas cañas o un partido de fútbol después del trabajo porque quiere volver con sus hijos —ay, los límites del humor…—. Y recalco «quiere» porque yo quiero estar con mi hija; no vuelvo con ella porque tenga que echarle una mano a mamá. Desempeñar mi papel de padre es algo inherente a mi vida desde el momento en que me convertí en uno; no es algo que deba o no deba hacer como una obligación ajena; es parte de mí y quiero que así sea.

En el lado opuesto queda la óptica del feminismo. Para desgracia de una lucha por la igualdad que necesitaría unidad para avanzar, el movimiento está tan fragmentado como los frentes populares de Judea de «La vida de Brian». Un mismo hecho como, por ejemplo, la lactancia materna es contemplado por una parte del feminismo como un privilegio de la mujer que le debe servir para empoderarse —qué de moda está esta palabra—, mientras que otra parte lo percibe como una forma de esclavitud impuesta por una sociedad patriarcal que relega a las mujeres al cuidado del hogar. Algunas mamás defienden su lactancia como algo propio y exclusivo, negándole al padre cualquier papel en ella. Es innegable que solo ellas pueden dar el pecho, pero un padre implicado tiene decenas de formas de contribuir a que la lactancia siga adelante con éxito, o al menos así lo veo yo. Es solo un ejemplo.

Es nuestro deber como padres actuar en igualdad en casa, aunque es difícil —imposible, de hecho— entender esa igualdad como un reparto idéntico de tareas. Yo no puedo dar a luz ni dar el pecho, mal que me pese, y odio planchar con todas mis fuerzas; a mamá le da mucha pereza fregar. ¿Corresponsabilidad significa entonces que debamos ambos planchar a partes iguales? Los dos cocinamos y barremos, los dos cambiamos pañales, los dos jugamos con la gusanita, los dos hacemos la compra, los dos ponemos y quitamos la mesa… ¿Y sabéis cuándo es cuando más lo disfrutamos? ¡Cuando, además, lo podemos hacer juntos!

Yo no ayudo a mamá en casa; no le echo una mano con la lavadora ni me limito a cocinar mi plato estrella los domingos. No le sostengo a la gusanita un momento para que vaya al baño, ni la entretengo media hora para que haga la cena. No, me niego. La casa y la niña son cosa de ambos, y ambos podemos y debemos sacarlos adelante a partes «iguales». «Iguales» entrecomillado porque la igualdad bien entendida no consiste en repartir todo al 50%, sino en que cada uno contribuya en la medida de sus posibilidades.

Conseguir que la mentalidad de esta sociedad cambie costará mucho. Hay quien habla de que deberá pasar aún una generación entera; a mí me parece que son incluso optimistas. Lo que no podemos hacer es sentarnos a esperar que la sociedad cambie por sí sola como un ente con vida propia. Nosotros somos la sociedad. Esta «padresfera» implicada y activa es un primer paso importante para visibilizar la necesidad de un cambio, pero un paso pequeño en una larga travesía llena de obstáculos. Cuanto antes nos pongamos en camino, antes llegaremos.

Si papá no leyera tanto

Debería dejar de leer. Si no leyera tanto, no habría conocido el «método Estivill». Si leyera menos, no habría entrado en contacto con pedagogías alternativas ni sería consciente de que se pueden hacer las cosas de otra manera. Si me limitara a aceptar las circunstancias como nos vienen dadas, no tendría una impresión tan clara de que los periodos de adaptación de las escuelas infantiles «de toda la vida» no son sino la versión extendida de las instrucciones del doctor Estivill.

O quizá sí, quién sabe. Porque yo ya sabía que no quería que mi hija llorara. Ya sabía que no quería dejarla en la guardería. Lo que no sé es por qué tanta gente se resiste a darse cuenta de que algo está muy mal cuando la educación de nuestros hijos empieza tantas veces en un mar de lágrimas y en abrazos aterrorizados con cada vuelta a casa. ¿De verdad os parece normal? ¿De verdad no somos capaces de encontrar una forma mejor de organizarnos? ¿De verdad no podemos hacerles más fácil la entrada en la escuela? No me lo creo.

Los juguetes que no lo eran

Desde que supimos que íbamos a ser papás hemos intentado ser prácticos siempre dentro de la nula practicidad que lleva asociada el hecho mismo de la paternidad—. Con mucho esfuerzo, fuimos capaces de reprimir el instinto consumista que parece apoderarse de los padres primerizos de la sociedad occidental y tratamos de adquirir única y exclusivamente aquellos bártulos que considerábamos imprescindibles. Eso no impidió, obviamente, que el día que fuimos al hospital a dar a luz nos confundieran con la caravana del Gran Circo Mundial, tan cargados como íbamos.

Decidimos, por ejemplo, que no tenía mucho sentido comprarle juguetes a una recién nacida que tardaría meses en ser consiente de que esos gusanitos que se movían al final de sus brazos eran sus deditos. Creo que el único muñeco que recibió de nosotros durante su primer medio año de vida fue el simpático «amigurumi» que le tejió mamá con tanta ilusión durante su embarazo. Todos los demás, que no son pocos, fueron llegando durante el goteo de visitas que nos acompañaron a lo largo de las primeras semanas en casa.

Nos hemos equivocado en muchas cosas desde que somos papás; no me duele reconocerlo. Pero creo que en esta acertamos plenamente. Nuestra pequeña gusanita ha tardado casi un año en empezar a mostrar el más mínimo interés por los juguetes. Para una mente inquieta como la suya ha resultado siempre mucho más atractivo observar y manosear con detenimiento todos esos objetos cotidianos que nos ve utilizar a los mayores o que se encuentra por casa durante sus temerarias expediciones.

Me resulta fascinante verla ensimismada durante larguísimos minutos admirando algo tan sencillo como un pañuelo de papel. A menudo me descubro a mí mismo espiándola desde detrás de su «diminúsculo» hombro, divertido por ese rictus de concentración que adopta su morrete cuando está intentando averiguar qué demonios es ese trozo de plástico rojo que sus padres introducen de vez en cuando en los agujeros de la pared que siempre encuentra tapados.

A día de hoy todavía tiene fijación por algunos objetos cotidianos, y aunque le encanta pasar las páginas de sus libros de animales y desmontar las piezas del tren de madera que le trajeron los Reyes, aún puede pasarse horas asiendo con firmeza ese tesoro que ha descubierto y que no ha logrado desentrañar. Esta semana, por ejemplo, estamos viviendo su época «dadoísta» no dadaísta, no; «dadoísta». Le encanta esconder en la mano un dado de colores que forma parte de un juego de madera de la familia de la jenga y de aquel popular Tozudo. Puede tenerlo agarrado horas y horas; gatea con él, come con él y si por cualquier motivo necesita abrir la mano para lavarse o mientras la vestimos, no duda en cambiar el preciado talismán de mano con agilidad para que nadie se lo quite. Lo que sea, menos dejarlo.

Antes del «Dadoísmo» hubo otros movimientos artísticos en casa. Algunos tienen breves resurgimientos contestatarios cuando surgen nuevas corrientes que se imponen con fuerza, pero en general podemos decir que tal y como llegaron, la mayoría se fueron también. Podemos citar algunos de sus elementos fetiche:

  • El cepillo para el pelo de Mercadona, cuyas cerdas resultaron ser ideales para estimular exponencialmente la producción de baba durante los viajes en metro.
  • La funda de las gafas de mamá, que vive su renacimiento particular desde que descubrimos que puede abrirse y cerrarse y guarda una toallita en su interior.
  • El cepillo de dientes, cuyo interés se esfumó de la noche a la mañana el mismo día que los papás pretendieron que pasara de ser un juguete a un instrumento de higiene bucal diaria.
  • Los tarros de especias en grano como el ajonjolí, que siempre han triunfado más como maracas en esta casa que los sonajeros de bebé.
  • Las llaves de casa, con ese delicioso regustillo metálico que acompaña a la perfección los platos de BLW más sofisticados.

Todo esto nos permite ahorrar mucho en juguetes, es cierto, pero vivimos bajo la amenaza constante de que cualquier cosa que estemos utilizando para cualquier actividad se convierta en un nuevo icono del arte para la gusanita y tengamos que vérnoslas y deseárnoslas para poder seguir utilizándolo sin desencadenar el Apocalipsis de los gritos. Nos lo pasamos bien.

 

Los mandamientos de Estivill

La semana pasada la ya de por sí agitada Madresfera se vio sacudida por una, cómo no, polémica intervención de Eduard Estivill en el diario Qué. Vaya de antemano que no es santo de mi devoción, pero el contenido de la entrevista me dejó poco menos que anonadado.

Quizá me esté dejando llevar por la opinión negativa que su propuesta educativa me merece, pero me parece que hace falta ser bastante cínico para afirmar cosas como que su método solo tiene detractores en las redes sociales recordemos que la primera edición de su “Duérmete, niño” es de 1996, mientras que Facebook no llegó a nuestros ordenadores hasta 2005 ó 2006. Punto y aparte merecería su altivo “No conozco a las personas que me indica” cuando se le pregunta por Carlos González y Rosa Jové, a quienes pretende negar cualquier presencia en el ámbito científico.

En cualquier caso, lo más sangrante de la entrevista es el momento en el que afirma sin ruborizarse imagino, porque no estaba allí para verle la cara que en ningún momento hay que dejar llorar a los niños para dormir como así lo explica en su libro, y que quien lo ha leído lo ha entendido así. Parece ser que los padres españoles tenemos un serio problema de comprensión lectora cuando tan extendida estaba la percepción contraria de que su método se basa precisamente en eso: en dejar llorar a los niños.

Podéis leer en esta excelente entrada de Mama i miu la experiencia de una de las muchas mamás que hoy se arrepienten de haber aplicado el método de Estivill, y que demuestra sin lugar a dudas la relación entre este y el “dejar llorar” a los niños. Opiniones aparte sobre lo que él denomina “tratamiento”, sería de agradecer que al menos tuviera el detalle de no insultar la inteligencia de sus lectores.

A pesar de que tengo muchas cosas mejores que hacer y, sobre todo, que leer, he querido revisar con atención su polémico libro para hablar con conocimiento de causa. Es un libro que duele leer, que desprecia el sufrimiento de niños y padres por igual y que destila un tono tan repugnante que más de una vez me ha dejado con ganas de no continuar leyendo. Con un discurso que suena a teletienda —«[el “tratamiento”] funciona en un 96% de los casos»— pretende dar un manual de instrucciones precisas que en repetidas ocasiones llama a seguir con fe y exactitud militar—«Si seguís al pie de la letra las “instrucciones”, en menos de una semana tendréis a un nuevo dormilón en casa.»—, como si los niños fueran estanterías Kallax de IKEA fabricadas con molde.

Mención especial merecen las expresiones que utiliza a lo largo de todo el libro para referirse a la astucia de unos niños que, desde su más tierna infancia, tratan de manipular a sus padres como demonios. Perlas como el clásico «No tienen un pelo de tontos», «Logrará salirse con la suya», «El niño es muy listo y puede inventárselas de mil colores», o «Jamás cedáis si intenta sabotear vuestros intentos de educarle» son solo una muestra. Me pregunto qué clase de niños habrá conocido el doctor Estivill durante su vida.

Intentando obviar los fragmentos en los que literalmente habla de dejarlos llorar esos los podéis ver muy bien documentados en el blog de Mama i miu, estos son algunos extractos del libro que me han llamado poderosamente la atención:

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Papá es un payaso

Soy un payaso. Así, con todas las letras. Pero solo en dos circunstancias que me obligan a deshacerme de mi timidez crónica: cuando me disfrazo y cuando estoy con mi hija. Todavía no nos hemos disfrazado con ella, pero miedo me doy. En mi defensa diré que el segundo supuesto es una exigencia del guion: de no ser tan payaso, no sé cómo me las apañaría para criar al terremoto que nos acompaña.

Si la vecina me viera en casa por un agujerito pensaría seguramente que estoy como unas maracas, pero no; lo más probable es que solo esté —y nótese el uso intencionado del “intentando”—:

  • Intentando cortarle las uñas a la gusanita,
  • intentando cortarle el pelo,
  • intentando peinarla,
  • intentando limpiarle el morrete después de comer,
  • intentando lavarle las manos antes de cenar,
  • intentando cambiarle el pañal,
  • intentando vestirla,
  • intentando desvestirla,
  • intentando bañarla,
  • intentando quitarle los mocos.

O vete tú a saber qué. Nuestra gusanita es incapaz de estarse quieta, es superior a sus fuerzas. Y no le gusta ni lo más mínimo que la sujeten para participar en ninguna de las torturas anteriores, así que no nos queda otra que recurrir a todo nuestro arsenal de payasadas como maniobras de distracción. No os podéis ni imaginar lo que tenemos que hacer a veces para conseguir, después de un cuarto de hora de lucha, cortarle una uña. Una. Dos no, una.

A veces rozamos el límite de nuestra paciencia, supongo que es inevitable. Estamos hablando en general de acciones necesarias que tenemos que hacer con ella cada día, y no siempre es fácil mantener la compostura. A mí me da igual que vaya en chándal a una boda si le molesta menos que le pongamos esa ropa que un vestido más difícil de embutir, pero es un sufrimiento tener que pasar por esa batalla cada dos por tres cuando tienes que ir a algún sitio con un mínimo de prisa.

En cualquier caso, me alegra sentir que cuando estoy con ella todo lo demás me da igual. No me importa hacer el bobo ni lo más mínimo, sea donde sea. Si con ello consigo arrancarle una de sus sonoras carcajadas, una de esas en las que se ríe tanto que llega a caerse redonda al suelo de la risa, ya el día entero ha merecido la pena.

 

Vacunas socialistas

Hace poco llevamos a la gusanita a una nueva ronda de vacunación. Después de un año ya estamos acostumbrados a verla en todo tipo de situaciones, pero recuerdo con amargura sus primeras vacunas. Nunca la habíamos visto llorar tanto ni poner esa expresión de pena. Qué impotencia ver esos ojos suplicantes; no pude evitar que me punzara la culpa de dejarla sentirse abandonada, desprotegida por esos padres que hasta entonces nunca habían dejado que le pasara nada malo.

A pesar de aquello y de los pésimos días que siguieron debido a la reacción que le produjeron, tengo la convicción de que las vacunas son un regalo de la ciencia que no deberíamos rechazar. Lo cortés no quita lo valiente: soy consciente de que entrañan un mínimo riesgo que podemos asumir pero no ignorar. Habiendo leído sobre los efectos secundarios negativos que puede tener, por ejemplo, la vacuna del papiloma humano, es inevitable tener miedo a que te toque a ti. La probabilidad es mínima, pero no por nada existe una Asociación de Afectadas por dicha vacuna.

Con estos precedentes, me sume en un conflicto interno el hecho de que existan vacunas que no se incluyen en el calendario oficial sobre cuya aplicación ni las mismas autoridades sanitarias son capaces de alcanzar un acuerdo. El último ejemplo lo constituye la de la meningitis B. Este medicamento que antes era exclusivamente de “uso hospitalario” se puede adquirir ya con receta médica en las farmacias españolas. Queda sujeta a discreción de los padres la decisión de si administrársela a sus hijos.

Y ahí es donde sufro. No me importa tener que pagarla porque afortunadamente podemos permitírnoslo, pero ¿con qué criterio decido? La incidencia de la enfermedad en nuestro país es muy baja, pero sus consecuencias una vez contraída pueden ser fatales. ¿Merece la pena arriesgarse a sufrir los efectos secundarios ante una probabilidad tan baja de enfermar?  La Asociación Española de Pediatría considera que sí, aunque nuestra pediatra —entre otras voces contrarias— no lo ve tan necesario.

En momentos así, en cierto modo, me gustaría vivir en un Estado mucho más intervencionista. Nada de liberalismo sanitario y que cada uno decida; sería mucho más fácil delegar esa responsabilidad en las instituciones y que, cual Estado socialista de manual, decidieran por nosotros qué vacunas se deben administrar y cuáles no.

Obviamente estoy exagerando, pero no deja de ser una decisión sin vuelta atrás que puede no gustar tomar. “¿Y si sale mal?”. La paternidad es un camino lleno de encrucijadas, pero apenas son un puñado las decisiones que pueden tener consecuencias graves de forma inmediata; la mayoría tendrán efectos tan difusos y a tan largo plazo que seguramente no lleguemos nunca a ser realmente conscientes de qué parte de culpa tuvimos.

Nuestra motivación para decidirnos a vacunar ha sido casi más visceral que racional, aunque creo que habríamos optado por hacerlo en cualquier caso. Por una parte, pesan los cuatro contagios recientes de bebés en nuestra ciudad, uno de los cuales murió. No conocemos a ninguna de las familias directamente, pero sí a través de terceros. Es triste, pero la cercanía personal de los acontecimientos negativos hace que nos afecten más. Por otra parte, terminó de convencernos haber escuchado en boca de mi madre cómo vivió las 24 horas de incertidumbre durante las que tuvo que esperar con aterrada resignación el desenlace de la meningitis que yo sufrí de pequeño. No se lo deseo a ningún padre.

Con todo, el ejemplo de esta vacuna es paradigmático: al mismo tiempo que la autoridad sanitaria recomiendan su aplicación, la sanidad pública no la incluye en el calendario. Eso deja fuera a todas las familias que, lamentablemente, no pueden permitirse un gasto extra imprevisto de 200 ó 300€. Pero incluso aquellas que sí podemos, nos encontramos con farmacias desabastecidas por la falta de previsión y listas de espera de varios meses.

Qué suerte tenemos de poder elegir. Y qué difícil es.