«El monstruo de colores»

Hace unos días os contaba cómo habían llegado a nuestra pequeña biblioteca particular dos libros «monstruosos» que le encantan a la lectora más joven de esta casa. El «Monstruo rosa» llegó de la mano de un colega de profesión: «El monstruo de colores», de la editorial Flamboyant. Por la edad del público objetivo, seguimos disfrutando de libros con poco texto pero ricos en ilustraciones de las que cuentan infinitas historias.

Continúa leyendo «El monstruo de colores»

Pasta de centeno con salsa de zanahoria

Entre las muchas verduras de temporada que asaltan nuestra despensa después del verano suelen pasar desapercibidas las zanahorias. No ocupan tanto como los enormes calabacines del tío Julio ni son tan abundantes como las decenas de tomates que nos traemos cada fin de semana de la huerta, pero también son numerosas y tenemos que ir buscando formas alternativas de darles salida poco a poco.

Aparte de comerlas crudas como aperitivo o en ensalada, las añadimos en buena parte de los sofritos que utilizamos como base de nuestros platos. Este año, sin embargo, hemos incorporado una receta nueva al menú semanal que a mamá le encanta y que nos sirve para consumir alguna zanahoria más: la salsa de zanahoria para los platos de pasta.

Continúa leyendo Pasta de centeno con salsa de zanahoria

«Monstruo rosa»

A pesar de mi aversión crónica a los saraos en sociedad hace unos meses recibí una invitación de Madresfera que picó mi curiosidad. El Corte Inglés organizó una sesión de trabajo —en concreto, un focus group, para los modernos— con un grupo de padres para rebuscar en nuestra forma de vivir y entender la paternidad a la caza de alguna clave que les permitiera enfocar su nueva campaña de vuelta al cole. Soy cliente esporádico de la marca, admiro su servicio de atención al cliente y, habitualmente, detesto su comunicación publicitaria. Sin embargo, por deformación profesional pudo más el ansia curiosa que el rechazo del tipo vergonzoso que soy, así que me animé a conocer este tipo de dinámicas que nunca viene mal tener a mano en el ámbito en el que me muevo profesionalmente. La experiencia fue increíblemente enriquecedora y, sin ningún ánimo pretencioso, algunos de los resultados me han hecho mucha gracia.

Mi historia personal con el departamento de atención al cliente de El Corte Inglés habla de un trato siempre exquisito. En este caso, su deferencia con nosotros no lo fue menos. Además de la agradable merienda que disfrutamos aquella cálida tarde de lunes, nos fuimos a casa con una tarjeta regalo en el bolsillo a la que no tardaríamos en encontrar utilidad en casa.

Continúa leyendo «Monstruo rosa»

A contramarcha #yoviajoseguro

Hoy me toca una entrada peliaguda. Forma parte de la campaña que, con motivo de la Semana Europea de la Movilidad, ponen en marcha desde Ni un peque más en peligro para concienciar sobre la diferencia vital entre los sistemas de retención infantil (SRI) a contramarcha y los que más acostumbramos a ver en nuestro país a favor de la marcha. Y digo que es peliaguda porque en este, como en tantos otros asuntos del mundo paternal / maternal, es difícil defender una opción sin hacer que los partidarios o usuarios de la alternativa se sientan ofendidos o atacados.

Esta entrada no va de quién es mejor padre. No se trata de menospreciar ni atacar. No se buscan culpables ni ganadores del premio al «Padre del año». No. Se trata de informar para salvar vidas. En concreto, esas vidas que a los padres son las que más nos importan: las de nuestros hijos.

Continúa leyendo A contramarcha #yoviajoseguro

#ElTemaDeLaSemana – Una afición para compartir

Es curioso que sea precisamente una de las aficiones que más he dejado de lado desde que estrenara mi paternidad, pero me encantaría que a nuestra gusanita le gustara la bicicleta como mínimo tanto como a mí. Y cuando hablo de compartir la afición no me refiero solamente a que disfrute montando en bici, sino a que podamos hacerlo juntos.

La falta de amigos ciclistas en mi entorno más cercano me convirtió hace tiempo en un lobo solitario. Acostumbro a salir solo en bicicleta y perderme por caminos que voy descubriendo a medida que los elijo en el último segundo. No obstante, en esas raras ocasiones en las que consigo engañar a algún compañero de kilómetros, disfruto de la compañía y de esas conversaciones sinceras que las dos ruedas propician. Tanto como lo hago de la soledad cuando pedaleo en solitario. Nada me gustaría más que encontrar en mi hija una nueva compañera de ruta, una nueva confidente en esa intimidad que el campo seco y abierto de Castilla y los bosques bajos de la sierra burgalesa ponen a disposición de quien quiera aventurarse a conocerlos.

Antes de ser padres, mamá y yo volvíamos a casa de los ahora abuelos más de la mitad de los fines de semana. Allí es donde aparco yo mi colección de bicicletas para dar rienda suelta a mi afán por pedalear. Unos días tocaba montaña; otros, carretera. Cuando nació nuestra gusanita las escapadas al norte hubieron de reducirse necesariamente por muchos motivos, pero fundamentalmente por lo poco que le agradaban los viajes en coche y por lo poco que dormíamos ninguno de los tres cuando cambiábamos nuestra amplia cama con cuna de colecho por unos colchones más estrechos que alojaban nuestros cuerpos cual sardinas en lata de aceite de oliva virgen extra.

Los fines de semana en casa de los abuelos eran menos y, para colmo, nos levantábamos siempre cansados y deseosos de aferrarnos a las sábanas unos minutos más mientras ellos entretenían a la pequeña insomne. Nunca me pareció que fuera oportuno dejar a mamá sola con el pastel toda la mañana para huir sobre dos ruedas. Ni eso, ni quemar en un viaje a ninguna parte la poca energía que mi cuerpo era capaz de salvaguardar cada noche. Mamá era por aquel entonces la que más tiempo pasaba a diario con nuestra hija, así que sentía la necesidad de estar presente todo el tiempo posible durante los fines de semana o por las tardes en cuanto salía del trabajo.

Con el tiempo, y a medida que la nieta va conociendo a sus abuelos, nos sentimos más cómodos delegando en esa cuadrilla de locos que a veces nos parecen nuestros dos pares de padres. Y así por ejemplo, durante las últimas vacaciones en casa hemos podido aprovechar para leer y salir en bici como hacía casi dos años que no lo hacíamos.

De momento no me planteo tener una bicicleta en condiciones en Madrid. No estoy acostumbrado a tener que montarla en el coche para poder salir al monte con ella. Sin embargo, no paro de darle vueltas a la idea de cómo poder acompañar a mi hija en sus inicios sobre las dos ruedas. Soluciones hay muchas, pero la bicicleta es una de esas aficiones que no son fáciles de mantener cuando vives de alquiler a muchos kilómetros de la que siempre ha sido tu casa. El espacio es limitado y Madrid es una ciudad muy poco práctica para moverse por ella o fuera de ella sobre el sillín. El tiempo corre en mi contra para neutralizar la escapada, pero con ganas y amor estoy seguro de que no me ganarán el sprint final.

No me deja dormir

Es muy probable que me arrepienta de haber escrito esta entrada pero hace tiempo que vengo dándole vueltas y estoy seguro de que poner por escrito mis ideas me ayudará a ordenar las peregrinas disquisiciones que me persiguen desde hace algunas semanas. ¿Desahogo? Puede que haya algo de eso. ¿Dudas? Muchas.

Hoy voy a hablar del sueño infantil. Id cogiendo piedras. Continúa leyendo No me deja dormir

Festivales y niños, capítulo 2

El otro día hablaba del festival musical favorito de esta familia, el Demandafolk. Terminaba la entrada confesando que no hemos sido capaces de reunir el valor suficiente para intentar la aventura de acampar allí con nuestra niña de menos de dos años. A cambio, eso sí, nos buscamos una alternativa similar que facilitara la logística familiar para no pasar un verano sin música. Y la encontramos no muy lejos de allí, en el también burgalés pueblo de Villangómez.

Desde hace 6 años ya, también en agosto, se celebra en esta pequeña localidad castellana el Pollogómez Folk. Igual que sucede en el Demandafolk, festival con el que está hermanado, el Pollogómez pretende poner en valor el modelo de crecimiento rural sostenible de un pueblo que hasta entonces era quizá tan sólo conocido en la provincia por la fuerza de su industria avícola.

Lo que nos gusta

  • A diferencia del evento del que os hablaba el otro día, todos los actos del Pollogómez tienen lugar a lo largo de un único día, por lo que no es necesario acarrear tantos bártulos ni organizar pernoctaciones campestres. Eso facilita mucho las cosas para los que vamos con niños pequeños y fue uno de los principales motivos que nos animaron a probar el festival este año. Lo único que tenemos que pensar es si vamos a quedarnos a comer allí para pasar el día entero. Si no creemos que vayan a aguantar tanto tiempo, siempre podemos acercarnos a Villangómez a media tarde a la hora en que estén programadas las primeras actuaciones musicales.
  • Si tenemos intención de comer en el pueblo, también aquí podemos dar buena cuenta del menú casero a precios populares que la organización pone a la venta para los visitantes. No sé si todos los años repetirán como hace el Demandafolk con su caldereta de cordero, pero este año pudimos comer un guiso de ternera con arroz a mediodía y, como no podía ser de otra manera, unos buenos pollos asados a la brasa para cenar.
  • La vía de acceso es relativamente buena, y aunque los últimos kilómetros sean de carretera provincial, podemos acercarnos bastante utilizando la autovía A-1 que une Madrid y Burgos.
  • Antes de los conciertos de la tarde, todo el pueblo se moviliza para organizar actividades para entretener a los más pequeños: talleres de oficios artesanos (trabajo del cuero, elaboración de jabón casero…), pintura libre de murales, exhibiciones caninas o automovilísticas, etc. Este año, además, el festival se inició con un encuentro de muralismo que decoró con algunas pinturas fabulosas muchas de las fachadas vacías del pueblo, una forma estupenda de animar a los visitantes a recorrer sus calles buscando las obras de un buen puñado de artistas urbanos de primer nivel.
  • La sesión musical empieza con una actuación dirigida al público más familiar. Eso no significa que los conciertos posteriores sean para adultos, pero la presencia este año— por poner un ejemplo— de Pepín abriendo el programa vespertino es garantía de diversión para mayores y niños por igual. Tengo que reconocer que nunca me había divertido tanto con un espectáculo infantil, volviendo un poco a lo que comentaba en la primera parte de esta serie acerca de cómo la música y el ocio para adultos no tienen por qué ser incompatibles con nuestros hijos pequeños.

Lo que menos nos gusta

  • Aunque con 6 años de experiencia ya se podría decir que es este un festival veterano, se nota todavía que todo se mueve gracias a voluntarios que cuentan con unos recursos bastante limitados. A la hora de la comida, por ejemplo, se apreciaba una falta de coordinación preocupante, y quizá las prisas o la falta de experiencia hicieran también que el guiso y el arroz no fueran precisamente para chuparse los dedos esta vez.
  • Desde un punto de vista estrictamente musical, resulta obvio repasando el cartel del festival que se trata de un evento menor. Aunque este año contaban ya con un grupo extranjero entre los participantes, lo normal es que el cartel se nutra de formaciones españolas y de la región. No sé cuál será la ambición de crecimiento del Pollogómez limitados como están por el espacio libre que les concede la plaza principal del pueblo, pero hay margen de mejora en este aspecto y en la calidad del sonido en directo.
  • La página web del festival y su capacidad de respuesta en redes sociales dejan todavía mucho que desear. Es difícil encontrar la programación completa del festival y en el mismo pueblo se echan de menos algunas indicaciones para los que venimos de fuera.

Nuestra experiencia

No podemos decir que el Pollogómez nos gustara tanto como el Demandafolk, pero sí nos pareció un lugar perfecto en el que disfrutar del sábado con toda la familia. Quizá pasar allí todo el día desde primera hora sea excesivo para los más pequeños, especialmente si el tiempo no acompaña y el sol de agosto castiga demasiado la plaza central del pueblo. No obstante, no se puede pedir mucho más a un festival gratuito y popular. La música vuelve a ser una excusa para revitalizar las zonas rurales de nuestra provincia y, siempre que podamos, allí estaremos nosotros en familia para acompañar este tipo de iniciativas.