El porteo y El Prado

Ya dije hace no mucho que no soy muy amante del arte moderno —así, en general, sea lo que sea que significa eso de «moderno»—. Soy mucho más de los clásicos, los que estudiábamos siempre en esas clases de Historia del Arte del colegio en las que nunca llegábamos a analizar el siglo XX. Entre los autores que sí son de mi devoción siempre ha estado El Bosco. Me fascinan sus mundos imaginados, los locos detalles que esconden cada uno de sus cuadros. No podía perderme por tanto la exposición temporal que El Prado le dedicaba al pintor flamenco durante este año.

A través de una compañera mía me enteré de que las entradas para la muestra estaban volando, así que nos pusimos manos a la obra y reservamos hora para nuestra visita con casi tres meses de antelación. Así somos nosotros, unos locos de la vida.

1. La sorpresa

El proceso de reserva a través de la web no nos pareció especialmente claro, todo hay que decirlo, pero eso es otra historia. Mientras llegaba la fecha que habíamos elegido para la visita, nos dio por comentárselo a un par de amigos por si estaban tan mal de la cabeza como nosotros y se aventuraban a intentar la expedición con sendas hijas pequeñas.

Estaba yo revisando el PDF de la reserva comprobando la fecha y la hora cuando me encontré con una sorpresa: las condiciones de la entrada incluyen un punto específico para prohibir el acceso con mochilas portabebés. Imaginaos mi cara de asombro. Soy muy dado a enfadarme con este tipo de tonterías y a embarcarme en cruzadas a las que nadie me ha invitado, así que no pude evitarlo: tenía que consultar al museo.

2. Primer intento

Lo primero que hice fue acudir a su página web, en cuya sección de contacto se puede encontrar una preciosa dirección de correo electrónico de «atención al visitante». Por deformación profesional sé que hay gran cantidad de empresas que disponen de una por el estilo a pesar de que nunca nadie atiende las peticiones enviadas a este tipo de buzones, pero aun así me parece una buena forma de reclamar porque me permite explicar detalladamente el motivo de mis quejas y preguntas.

Con mucha educación —o eso me parecía a mí— le planteé al museo mis dudas: ¿a qué tipo de mochilas se referían? Quizá la norma estuviera pensada para mochilas de porteo de montaña, que son extremadamente voluminosas y con estructuras metálicas que fácilmente pueden golpear a otros visitantes o incluso las obras de arte.

Por otra parte, si el museo ofrece como alternativa sillas de paseo de forma gratuita, ¿no resultaría mucho menos molesto para todos poder utilizar una mochila de porteo ergonómica en el pecho? Son mochilas que, en la mayor parte de los casos, consisten únicamente en un conjunto de telas. No ocupan apenas espacio y permiten llevar al niño pegado al adulto sin peligro para nadie.

Y empezó la espera…

3. Segundo intento

Pasaron los días y la respuesta no llegaba, así que decidí proceder al siguiente paso: Twitter. Una vez más, soy consciente de que no todos los organismos utilizan las redes sociales como sus usuarios y clientes esperan, pero aun así proseguí con la esperanza de obtener una respuesta más inmediata. Inicié la consulta a @museodelprado. En este caso la respuesta sí llegó. No de forma tan rápida como cabría esperar, pero al menos llegó.

El tipo de respuesta, eso sí, es de las que me exasperan. Si ya estoy dando una descripción detallada de mi problema, querida empresa cuyo cliente soy yo, no espero una respuesta estándar por defecto con un texto copiado de las condiciones sobre las que yo ya te estoy consultando. Cuando me responden así, siento que me tratan de tonto, así que insistí en que no estaban contestando mis preguntas y reiteré mis dudas aportando incluso fotografías para que vieran a lo que me refería.

Y hasta ahí llegó la conversación en Twitter, porque la cuenta oficial del museo decidió que ya había hecho suficiente y que lo que tenía yo que hacer era resolverlo todo a través del canal de ayuda de la página web. Vuelta al principio, por tanto.

4. ¿La respuesta?

Varias semanas después, recibí con sorpresa por fin un correo que pretendía resolver mi consulta inicial. Mira tú por dónde, volvían a pegarme el texto de las condiciones que yo ya conocía, como si no se hubieran leído ni una línea de mi pregunta. Por supuesto, no respondían a ninguna de las cuestiones que yo les planteaba. Con bastante poca fe ya, traté de continuar el hilo a través del correo electrónico. De eso hace ya tres meses. Todavía sigo esperando…

Entre idas y venidas llegó por fin el día de nuestra visita. Habíamos tratado de resolver una consulta con el museo con casi tres meses de antelación y seguíamos igual que al principio. Desde luego, la atención que recibimos nosotros no dice mucho a favor del servicio de atención al visitante de uno de los principales museos no ya madrileños, sino de toda España. ¿Con cuánto tiempo hay que organizar una visita al Prado para poder resolver las dudas a tiempo? ¿Y si parte de la logística de un viaje dependiera de ello? Un desastre.

5. La entrada

Nuestra idea inicial había sido intentar que la visita al museo coincidiera con la siesta de la niña, para lo que contábamos con poder portearla en la mochila durante la misma. Siendo los gafes que somos, nuestras previsiones se torcieron por completo. Para cuando llegó agosto, la siesta se había desplazado a otra franja horaria, así que tuvimos que entrar al museo ya comidos y dormidos.

A pesar de todo, allá que nos dirigimos. Hicimos la breve cola para la recogida de entradas y pasamos por taquilla con la peque en la mochila sin que nadie hiciera el más mínimo comentario. Presentamos las entradas en la puerta sin ningún problema. Incluso pasamos dos controles de seguridad sin mención alguna a la mochila de porteo. Bien es cierto que el primer guarda de seguridad estaba prestando más atención a la pantalla del móvil que al monitor del escáner, y que la segunda tenía más curiosidad por la anécdota de la vecina que le estaba contando una trabajadora del museo que por cómo llevábamos a la niña. Así que llegamos hasta dentro con nuestra navaja de la fruta y nuestra mochila de porteo.

Uno de los argumentos del museo para prohibir la entrada con mochilas es que cuentan con sillas de paseo gratuitas a disposición de los visitantes, así que nos decidimos a probarla por si un milagro hacía que la niña aguantara el recorrido en la silla. La solicitamos en la consigna y nos encontramos con otra sorpresa: solamente había una silla —¿cuántos visitantes decís que tiene el Museo del Prado cada día?—. Nos la dieron y, mira tú por dónde, no pudimos avanzar ni un metro con ella. Los ejes de las dos ruedas delanteras estaban rotos y se bloqueaban en perpendicular a la dirección de la marcha. Estupendo. La silla se quedó en la consigna.

6. La visita

Una vez dentro, la aventura fue mal desde el principio. El sistema de reserva con hora evita grandes aglomeraciones, pero aun así nuestra hija se agobiaba y aburría a partes iguales. Era nuestra primera visita similar con ella. Hasta ese día nos habíamos limitado a pequeñas exposiciones gratuitas de las que podíamos salir corriendo en cualquier momento. Supongo que pagamos la novatada.

La llevamos todo el rato alternando entre la Tonga, la mochila y los brazos, y no tardó en empezar a reclamar de forma constante la teta que tanto la tranquiliza cuando se pone nerviosa o se aburre. Hacia la mitad de la exposición ya teníamos claro que no veríamos la mitad restante. Para colmo, un tufillo familiar empezó a emanar desde la zona del pañal, por lo que seguir como si nada mezclándonos en los grupos de visitantes dejaba de ser una opción. Una vez visto el tríptico «El Jardín de las Delicias», nos dimos por vencidos y pusimos fin al recorrido saltándonos las obras que nos quedaban aún. Lección aprendida.

Conclusión

La experiencia nos sirvió para reforzar nuestra percepción del absurdo que encierra la prohibición que da motivo a esta historia. Es una falta total de sentido común preferir que los papás entremos al museo con una silla de paseo. En una exhibición especial como la del Bosco hay que hacer cola para acercarse a prácticamente todos y cada uno de los cuadros, o al menos para los más importantes del artista. Intentar aproximarse a las obras con una silla de paseo me parece una locura; es una molestia y un riesgo para el resto de los visitantes y una fuente segura de tropiezos y atropellos de tobillos.

Visitar un museo lleno de gente es precisamente una de esas circunstancias en las que el porteo pone de manifiesto su máxima idoneidad. Si porteamos en el pecho no hay ningún riesgo de golpear involuntariamente a otros visitantes o a cualquiera de las obras. Es más, si no podemos portear en el pecho, ¿podríamos acaso llevar un niño en brazos? Porque no alcanzo a entender qué diferencia ven entre una postura y otra. Sinceramente, no se me ocurre ninguna manera de que un niño pequeño cause menos molestias al resto de visitantes que llevándolo bien pegado al pecho en cualquier tipo de portabebés.

Entiendo perfectamente que no se puedan llevar mochilas durante la visita, o que la prohibición se refiriera a esas enormes mochilas de montaña con su estructura metálica. No entiendo en absoluto que se prohíban el resto de las mochilas de porteo, ni mucho menos que uno de los museos más importantes del mundo demuestre semejante falta de respeto a los visitantes ignorando sus consultas por cualquiera de los medios de contacto que pone a su disposición. Abandonar una conversación con un cliente cuando ésta se complica dice muy poco del departamento de atención al visitante del Museo del Prado.

Si la prohibición no se pone en práctica como hemos visto —y lo mismo me han contado algunos otros papás que hicieron la prueba—, ¿qué sentido tiene mantenerla en las normas escritas que se envían junto con la entrada? Y si no son capaces de argumentar para defenderla, ni tampoco de explicar los detalles exactos de la prohibición, ¿no será que estamos ante una norma que no tiene hoy el más mínimo sentido? Pongámonos al día. La experiencia logística de la visita es también fundamental para el que pretende ser uno de los mejores museos del mundo.

Desde otra altura

Mamá y yo nos llevamos un buen trozo. En la cocina tenemos un pequeño taburete que ella utiliza como escalón cuando no alcanza alguna de las baldas superiores de los armarios. Se me olvida a menudo, pero cuando me acuerdo me hace mucha gracia poner mis ojos a la altura de los suyos y ver lo distinta que es su perspectiva. Tiene que ser un agobio encontrarse en medio de una aglomeración de gente y no ver por encima del hombro del resto, ¿verdad?

Hace un par de días compramos un espejo nuevo para la entrada de casa y en un ataque de bricomanía se me ocurrió colgarlo. Ya sabéis que soy muy Monica Geller y no me gusta tener trastos tirados por casa sin colocar. El caso es que cuando lo vio mamá lo primero que dijo fue que por qué lo había puesto tan alto. A mí me parecía una altura estándar, pero claro, viéndolo desde su punto de vista, parece raro no verse reflejado más que de cuello para arriba.

Entonces me di cuenta de que en casa hay ahora una persona todavía más pequeña. Intentamos adaptar lo que podemos a su altura y dejar a su alcance sus libros, sus juguetes e incluso algo de comida para que ella se sirva cuando tenga hambre. Protegemos los enchufes y las esquinas que pueden suponer un riesgo más elevado para ella. Y, sin embargo, nos esforzamos en todo eso sin pararnos a hacer el ejercicio más importante antes de nada: ponernos a su altura. ¿Habéis probado a recorrer vuestra casa desde la altura de vuestros hijos? ¡Cómo cambia la cosa!

Desde ahí abajo no se ve lo que hay encima de las mesas, ni de la encimera de la cocina, ni de las baldas más altas de las estanterías. ¡Cuánta incertidumbre con la que vivir! No me extraña que nuestra gusanita se ponga tan nerviosa cuando está en la cocina con nosotros mientras preparamos la cena. Le encanta que la cojamos entonces en brazos o que la sentemos en la encimera para ver lo que hacemos. Normal, ¡desde el suelo no ve nada de lo que pasa!

Así que si no habéis hecho la prueba, os recomiendo que busquéis un rato y probéis. Daos una vuelta por casa gateando. Veréis qué distinto es el mundo desde ahí abajo y, seguramente, entenderéis también muchas cosas.

Guarrindongada de melocoatún

Hace ya unos añitos desde que David de Jorge, también conocido como Robin Food, se hizo un hueco entre el plantel de los cocineros más televisivos de nuestro país. Si soy sincero, tengo que admitir que nunca he visto ninguno de sus programas. Sin embargo, sí sé que es conocido, entre otras cosas, por sus «guarrindongadas», una aportación simpática que se cuela entre las esferificaciones y otros términos rimbombantes del resto de los chefs de alta cocina para acercar el producto de sus fogones a la realidad de los hogares españoles.

Esas mezclas inconfesables que se comen por la noche en cada casa a la luz de la puerta abierta de la nevera nos sirven a menudo para dar buena cuenta de latillas a medio terminar, chuscos de pan de hace dos días y antojos azucarados que combinan sorprendentemente bien con el embutido más selecto. Y en una cocina como la nuestra donde no se tira nada, hay mucho hueco para las «guarrindongadas».

La de hoy se la debemos a mi madre, que supongo obtendría a la vez la idea de las páginas de cocina de alguna de las revistas del corazón que de vez en cuando caían en sus manos. Contada la receta suena a guarrería, pero es un recurso fresco, rápido y fácil de preparar que bien puede salvarnos una cena y que a mí me encantaba comer en casa. La receta original de mi madre es incluso más inmediata que la que yo os propongo. Ya sabéis que a ella no le gusta mucho cocinar. Yo le he dado una vuelta para tratar de hacer una versión más casera y sana con algo más de elaboración. Al final de la receta os contaré en qué varía. Quedaos vosotros con la que queráis (confieso que a mí me gusta bastante más la versión original de mi madre, todo sea dicho).

La lista de la compra

  • 3 melocotones amarillos que estén empezando a ponerse maduros.
  • 2 latillas de atún al natural.
  • ⅛ de cebolleta pequeña.
  • Un poco de esta lactonesa casera de Javi Recetas o, en su defecto, mayonesa casera. Ambas son igual de fáciles de hacer en casa en vivo y en directo, pero nosotros hacemos siempre lactonesa por aquello de evitar el huevo crudo que no le sienta bien a la pequeña de la casa.

El camino a la perdición

  • Pelamos los melocotones y los abrimos por la mitad haciendo un corte que rodee toda la pieza de fruta hasta el fondo con un cuchillo y girando después las dos mitades con fuerza con la mano.
    Yo he probado a hacer el corte tanto siguiendo el borde de la pipa como girando la fruta 90º para hacerlo por medio de ésta. Ambas técnicas me han funcionado igual de bien. Si se abre la pipa, cosa fácil con este tipo de fruta, podéis quitarla bien con una cucharilla o un cuchillo. Aseguraros de que no queden fragmentos pegados a la carne, eso sí.
  • Picamos la cebolleta en trozos muy pequeños.
  • Escurrimos las latas de atún y desmigamos el contenido. Después lo mezclamos bien con la lactonesa y la cebolleta. La cantidad de lactonesa o mayonesa depende de lo que os guste. Yo no pondría tanto como si fuera una ensaladilla rusa, pero eso ya cada uno.
  • Disponemos con una cuchara una montañita de la mezcla de atún y cebolleta sobre cada una de las mitades del melocotón. ¡Y listo!

El truco final

Esta receta está mucho más rica fresquita que a temperatura ambiente. Lo ideal es tener todos los ingredientes en el frigorífico antes de prepararla. También podéis dejar lista la mezcla y los melocotones y ponerlos un rato a enfriar antes del emplatado final.

La variación de mamá

En mi receta tenemos que pelar 3 melocotones y abrirlos por la mitad, además de preparar una mayonesa o una lactonesa casera en el momento de ir a elaborar la receta. Podéis ahorraros la primera parte del trabajo sustituyendo los melocotones frescos por sus primos en almíbar. Ya vienen pelados y sin hueso, y el hueco que dejan al quitárselo es bastante más generoso que el que os va a quedar a vosotros haciéndolo a mano. Además, el toque dulce adicional del almíbar queda muy rico junto al salado del atún.

En lugar de salsa casera, siempre podéis utilizar una mayonesa comprada. Aunque el sabor no tiene nada que ver, también queda bien en la receta, y os evitáis el dolor de cabeza de posibles cortes de la mayonesa casera —que son fáciles de evitar, ojo— o de huevos crudos en mal estado.

Por último, mi madre utilizaba siempre atún en escabeche en lugar de al natural. A mí me gustaba más porque incrementa el juego de sabores del conjunto, pero como la nueva mamá que tengo a mi lado es poco amiga de los vinagres, nuestra versión prescinde del escabeche y se ahorra así un poco del mejunje que traen las latillas y que poco color de aceite de oliva natural tiene.

Eso sí que es vida

Comparan los símiles populares de la lengua castellana el vivir bien con el vivir «a cuerpo de rey», «como un marajá» o, incluso, «como un cura». Esto último debía de ser más bien para los curas de antes que hacían y deshacían en el pueblo a su antojo y que, después del alcalde y de la Guardia Civil, debían de ser la siguiente autoridad competente para mandar y ordenar cuanto quisieran. No me dan mucha envidia en ese aspecto a mí los párrocos de hoy en día que he conocido a lo largo de mi vida, qué queréis que os diga.

Desde que soy papá, sin embargo, he escuchado en boca de mucha gente añadir un nuevo paradigma de la buena vida a la lista anterior: los bebés. ¿Nunca nadie le ha dicho a vuestros retoños aquello de «lo tuyo sí que es vida»? A la nuestra muy a menudo, especialmente cuando era más pequeñita. Y oye, que se lo hagan todo a uno y poder estar todo el día tirado en un sitio blandito no tiene que estar tan mal, ¿no? Pues no.

Es obvio que es una frase hecha, pronunciada desde el cariño y con sentido del humor, y así debemos entenderla. No obstante, si hiciéramos más a menudo el ejercicio de intentar ponernos en el lugar de nuestros hijos, ejercicio que ya sabéis que a mí me fascina hacer de vez en cuando, nos daríamos cuenta de que tan placentero no debe de ser vivir en el cuerpo de un bebé pequeño.

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¿Salimos a comer?

Incluso si no fuera una necesidad biológica básica, comer sería una de mis actividades favoritas. No tengo un paladar especialmente exquisito pero me gusta probar de todo y en casa nos encanta salir a comer, siempre dentro de un orden presupuestario razonable. Los primeros meses de paternidad vinieron acompañados de una cierta reducción en el número de salidas. Las cenas fuera de casa estaban prohibidas si no queríamos desatar el Apocalipsis en la Tierra a la hora de volver a casa, así que nos limitábamos a comer por ahí a mediodía.

Durante un tiempo intentábamos buscar restaurantes que fueran adecuados para niños, huyendo de la comida rápida y tratando de encontrar siempre una trona a nuestra disposición. Con el paso de los meses hemos ido descubriendo que el concepto de restaurante familiar o local baby-friendly no es entendido igual por todas las partes, así que cada vez nos limitamos menos en ese sentido y acudimos a restaurantes «normales» aunque tengamos que apañarnos como sea para que la niña esté entretenida y pueda sentarse a la mesa.

En general diría que no abundan los restaurantes pensados especialmente para familias con hijos pequeños, ni siquiera en una ciudad tan grande como Madrid. En alguna ocasión hemos encontrado propuestas que intentaban hacer un acercamiento a esa idea de negocio, pero el resultado no suele gustarnos. Muchas veces se entiende el ir a comer con niños con la idea de poder comer tranquilo sin los niños, que es justo todo lo contrario de lo que a nosotros nos gusta hacer. Hemos visto restaurantes que ofrecen un espacio separado para padres e hijos, con los clásicos menús infantiles de croquetas, calamares, patatas fritas y espaguetis para que los padres se queden con la tranquilidad de que los niños «algo habrán comido seguro». Nosotros lo que buscamos son lugares que piensen en el bienestar de la familia en su conjunto, donde podamos sentarnos todos a la misma mesa, compartir la misma comida y no sentir que nos miran mal si nos tenemos que levantar cada dos por tres a dar un paseo por el comedor con una niña que no puede aguantar una sentada de dos horas en una mesa de adultos.

Mientras recorríamos las profundidades de la montaña vizcaína en nuestra última escapada familiar nos encontramos por casualidad con un restaurante que nos llamó particularmente la atención en ese sentido, pero de manera positiva. Se trata del Huri Barrena, un pequeño local en el pueblo de Otxandio, cerca de donde nos alojábamos. Nos costó tres intentos conseguir mesa para comer. No dan cenas de lunes a jueves y los días festivos y fines de semana debe de estar siempre hasta arriba. Y no me extraña.

El libro de visitas que tienen disponible junto a la barra rebosa opiniones agradecidas acerca de una comida fabulosa y un trato atentísimo, pero a nosotros nos gustaría destacar otro aspecto de nuestra experiencia allí. Desde que entramos por la puerta trataron a nuestra hija como a una comensal más, atendiendo obviamente las necesidades particulares de una niña pequeñita, pero prestándole siempre tanta atención como a cualquiera de nosotros. Nos preguntaron directamente si queríamos usar una trona —con su edad y tamaño ya hay casos en los que podría sentarse en una silla normal— y le pusieron plato, vaso y cubierto directamente, cosa que creo es la primera vez que nos pasa.

Gracias a lo exitosa que ha resultado nuestra experiencia con el baby led weaning, nuestra hija come prácticamente de todo y por su cuenta. Entiendo que la mayoría de la gente no esté acostumbrada a ver a una niña tan pequeña devorar un trozo de rabo de toro o un buen plato de alubias pintas con morcilla, y supongo que es normal que siempre seamos nosotros los que tenemos que reclamar que le pongan plato, pan y cubierto como a los demás. Por eso nos sorprendió encontrarnos de pronto un restaurante en el que la tenían en cuenta desde el principio.

Aquel jueves contamos al menos otras tres familias con niños pequeños comiendo en el Huri Barrena. Compartían espacio con cuadrillas de obreros y grupos de amigos, y todos degustamos satisfechos un menú del día casero de principio a fin, riquísimo y por un precio casi ridículo. No es un restaurante para niños; es un restaurante que acostumbra a tratar con ellos y que sabe cómo hacerlo. No hace falta más. A nuestra hija le chiflaron las alubias del primer plato, devoró las anchoas a la plancha del segundo y se relamió con el yogur del postre que elegimos de entre la larga lista de deliciosos dulces hechos en casa que incluía el menú. Desde mi punto de vista, es así como aprenden a comer los niños, no apartándolos en una mesa separada con un menú especial que busque el éxito fácil y alejarlos de la mesa familiar. Ojalá sigamos encontrándonos muchos más lugares así.

Mi más sincera admiración

Yo antes de ser padre era un tío organizado. Alguna vez alguien me dijo que debería haber nacido en algún lugar entre el punto más al sur de Baviera y el más septentrional de Schleswig-Holstein, de tan cuadriculada como es mi forma de ser. En uno de mis trabajos anteriores me conocían por mis listas de tareas con 3 estados posibles de completitud, y durante esas etapas de despiste existencial que habitualmente atravieso no es raro que acabara pensando que podría dedicarme a algún tipo de profesión que girara en torno a la organización de eventos o similares.

Hasta que nació ella.

Hemos tardado cerca de año y medio en hacer una salida de más de tres días que no fuera a casa de los abuelos. Las malas noches y el poco cariño que la pequeña sentía por los viajes en coche nos habían desanimado hasta ahora. Armados de valor, este año nos decidimos por fin a aventurarnos lejos de hogares conocidos y, tras darle muchísimas vueltas, terminamos escogiendo el País Vasco como destino para nuestra primera semana de vacaciones familiares.

Debo confesar que no soy lector habitual de blogs especializados en viajes con niños, aunque tengo varios en mi lista de favoritos por si en algún momento decido echar mano de ellos. Sin conocer siquiera los detalles de su logística, tengo que admitir que no puedo sentir más admiración —y seguramente envidia— por sus protagonistas. Continúa leyendo Mi más sincera admiración

Los libros son para el verano

Hace ya varios días que estrené mi nueva condición de papá a tiempo completo. En un movimiento que sólo el tiempo dirá cuán acertado ha sido, he dejado de lado un trabajo que me gustaba para dedicarle todo mi día a nuestra hija. De repente, después de año y medio de paternidad, me encuentro en una situación completamente nueva. Nunca hasta ahora habíamos pasado tanto tiempo a solas los dos sin mamá de por medio.

Más allá de miedos e incertidumbres, lo que sí tenía claro es que quería aprovechar al máximo cada día que esta aventura me regale a su lado. No tengo aún muchos planes programados, pero me gustaría que fueran unos meses de descubrimiento con ella. Ya que vamos a prescindir de la escuela infantil durante un tiempo, espero ser capaz de enseñarle el mundo en el día a día. Como le digo yo a veces a mamá, me da cierta pena que tantos niños aprendan lo que es un autobús a través de las fichas de la escuela en lugar de subiéndose directamente a uno. Así pues, ya que nos hemos dado esta oportunidad, confío en que sepamos sacarle todo el partido.

Las horas de la mayor parte de los días acaban rellenándose solas entre las actividades rutinarias de aseo y comida y las labores del hogar. Ya era consciente de que no sería capaz de encontrar tanto tiempo libre como la gente me decía con sana envidia, pero aun así es sorprendente cómo vuelan los minutos entre recados mañaneros y tareas en la cocina. Con todo y con eso, y teniendo en cuenta también que mamá disfruta de una estupenda jornada de verano estos días, sí vamos descubriendo huecos que podemos ocupar con las actividades que más nos interesan.

Y lo que más nos interesa a día de hoy es huir del calor. Para eso tenía una localización ya en mente desde mucho antes de acogerme a la excedencia. La conocimos el verano pasado, precisamente en un hábil movimiento de escapatoria de una de las enésimas olas de calor con que nos castigó el estío madrileño: la sala infantil de la biblioteca Mario Vargas Llosa.

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