2 minutos

Sucede cada día entre algo después de las 22:00 y algo antes de las 00:00. O no; no siempre tengo esa suerte. Apenas dura un par de minutos, un puñado de segundos iluminados por la luz cálida naranja de una farola que proyecta sombras mágicas sobre la cortina del dormitorio que compartimos. Cada día entre las 22:00 y las 00:00 vacío la mochila y pongo el punto y final a un nuevo día con ella, con mi hija.

Normalmente es mamá la que se ocupa del turno de noche. Nuestro reparto de tareas actual me hace a mí responsable de la siesta de la tarde. Mientras termino de fregar, de recoger la cocina y de dejarlo todo listo para el día siguiente, ellas completan las rutinas del aseo: lavado de manos y cara, cepillado de dientes, paso por el inodoro, pijama… Los pasos silenciosos de mamá por el pasillo y ese clic tan familiar de un sujetador que se abrocha son todo cuanto necesito escuchar. Ya está dormida.

Empieza entonces nuestro ritual de recogida. Una película en el salón, un libro en la otra habitación, el repaso diario a una actualidad a la que siempre llegamos tarde… De vez en cuando, los tres pitidos agudos que ponen en marcha la yogurtera sobre la encimera de la cocina. Y de pronto, un chasquido metálico y un gruñido desde la habitación del fondo. La casa escucha alerta y los músculos se tensan.

Nuestra hija ya empieza a dormirse sola a menudo durante sus despertares nocturnos. Sin embargo, cuando no lo consigue y aún estamos despidiéndonos del día, soy un padre feliz. Descalzo para no hacer ruido salgo disparado hacia ella y la cojo en brazos con la misma urgencia que debí de sentir hace ya más de dos años en aquel frío paritorio de hospital. Mis manos se estiran tratando de apretar su diminuto cuerpo caliente contra mi pecho, sintiéndola relajarse al instante en contacto conmigo, la cabeza descansando sobre mi hombro reflejada en ese espejo que trae a la habitación la luz de aquella farola naranja. El último abrazo del día. A veces me olvido de no permitir que sea también el primero.

Y durante dos minutos que ojalá no terminaran nunca no me importa nada más. Contemplo su cara, su paz infinita ajena al mundo que heredará. Escucho su respiración rítmica, esperando el áspero suspiro que me pide que la tumbe de nuevo. La miro, y la quiero, y la beso con los ojos, y le pido perdón por no haber sabido esperar, por haberla hecho llorar.

Cada día entre algo después de las 22:00 y algo antes de las 00:00, todo cobra sentido.

Los abuelos están para malcriar

Esta de hoy va a ser una entrada a mitad de camino entre el desahogo y la reflexión. Como tantas veces, dejaré más preguntas en el aire que respuestas sobre la mesa. El camino, estoy seguro, me servirá para dejar a un lado mis juicios rápidos y trabajar un poco más en uno de los objetivos que, como padre, me he propuesto para este tercer año de vida de nuestra hija: mejorar mi tolerancia con los abuelos. Espero que un relativista como yo sepa hacerlo.

Delegar la crianza. ¿En manos de quién?

Si me conocéis, es probable que me hayáis leído o escuchado defender la crianza en tribu o, al menos, lamentar su declive debido a nuestro estilo de vida actual. Sin embargo, soy muy consciente de que tengo un grave problema de confianza a la hora de permitir que otras personas intervengan en la educación y los cuidados de mi hija. ¿Exceso de celo o perfeccionismo? ¿Falta de fe en los demás? Un poco de todo y alguna mala experiencia anterior hacen que me cueste delegar en todos los ámbitos de la vida. Qué le vamos a hacer… Y si me cuesta poner mi trabajo en manos de terceros, cómo no me iba a resultar difícil dejar la crianza de mi hija a cargo de otros, precisamente una de las tareas más complejas y que yo entiendo como más importantes en la vida.

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«La isla del abuelo»

Cada generación de padres tiene que lidiar con sus propios demonios. Uno de los de la nuestra es, sin duda, el exceso de información. A cambio, quizá para compensar la jauría de títulos dirigidos al padre novato que acechan en cada librería, nos ha tocado disfrutar de los álbumes ilustrados. Nada tienen que ver los cuentos de hoy con los clásicos que nos tuvieron que leer nuestros padres. Supongo que en aquella época no eran tan aficionados a cogérsela con papel de fumar como somos nosotros hoy, pero no puedo evitar sentir cierta compasión ante la imagen de mis padres recorriendo una vez tras otra las horrendas páginas de esos cuentos llenos de imágenes grotescas, ilustraciones sexistas y diseños desesperantes.

Elegir un cuento hoy en una librería infantil es una tarea peliaguda. Es más que recomendable llevar una selección previa de títulos favoritos. Si no, corremos el mismo peligro que quien osa hacer la compra con hambre en las tripas y dinero en la cartera. Así lo quisimos hacer nosotros poco antes del último cumpleaños de nuestra gusanita, y tuvimos la suerte de acertar.

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Diálogos de besuguines I

Ayer por la tarde, en uno de nuestros habituales paseos por el barrio, bolsa de pipas en mano, nuestra pequeña cotorra nos hizo doblar el espinazo de la risa a mamá y a mí. Desde que empezó a construir frases apretando palabras unas junto a otras no pasa un día sin que nos arranque como mínimo una sonrisa con alguna de sus salidas y ocurrencias.

No sé qué vida tendrá esta sección que me invento hoy para el blog. Quizá muera con esta primera entrega, quién sabe. En cualquier caso, como el primer lector de este diario soy y seré yo mismo, lo aprovecharé para grabar en él esas palabras que, de otra manera, se llevaría el viento que tan puñetero sopla al doblar cada esquina de nuestra Burgos natal. Cuando mi memoria piscícola haya perdido por el camino el recuerdo de esas risas que un día fueron, siempre podré volver aquí y recordar.

Quedan así inaugurados solemnemente los diálogos de besugos pezqueñines.


 

Los que sois padres sabréis seguramente que casi todos los niños atraviesan una etapa en la que se empeñan en no querer andar. Da igual que la puerta del portal acabe de cerrarse a un centímetro de tus cuartos traseros; ellos ya estarán cansados. Nuestra hija ha adoptado últimamente la costumbre de hacer un giro de 180º repentino y plantarse entre nuestras piernas alzando los brazos al cielo como quien clamara piedad de un ser supremo. Al grito de «¡papá, aúpa!» exige su derecho a ser porteada, y sonríe satisfecha cuando se ve izada hasta su atalaya preferida. Se convierte así cada paseo en una lucha de poder en la que las partes deben jugar sus cartas con habilidad para optimizar la relación entre esfuerzo físico, dolor articular y tiempo de desplazamiento. Y se producen diálogos como este:

—Papá, quiero pipas.
—¡Pero bueno! O sea que, además de que te lleve aúpa, ¿también quieres pipas? ¡Tú lo quieres todo!
—Sí.
—¿Hay algo que no quieras?
—Sí, andar.

Lo tiene clarísimo…

 

La niña que hablaba demasiado

Antes de que nuestra hija campara a sus anchas entre mamá y un servidor, no tenía yo ni la más remota idea de a qué edad aproximada adquieren los niños cada nueva capacidad. No sabía cuándo empezaban a gatear, a ponerse de pie, a caminar… No digamos ya asuntos más complejos como la edad hasta la que «debían» tomar el pecho o el biberón. Y, para qué nos vamos a engañar, sé que dentro de no mucho habré vuelto a olvidarlo y volveré a ser un cenutrio feliz.

De un tiempo a esta parte nos han llegado con frecuencia comentarios relativos a lo mucho y bien que habla nuestra muchachita para la edad que tiene. No es raro que el sorprendido elogio «hay que ver lo que habla esta niña» venga rematado por un incordioso «para no ir a la guardería», pero eso es harina de otro costal. La cuestión aquí es que no sé qué pensar. Por un lado, un espasmo de orgullo de padre recorre mi sistema nervioso amenazando con desplegar una magnífica cola de pavo real asomándome del culo. Por otro, mi sociópata interior murmura desde su cueva que eso se lo dirán a todas… Continúa leyendo La niña que hablaba demasiado

Dependencia

La semana pasada se dieron a conocer los resultados del último análisis del Observatorio de la Dependencia acerca de la situación en que se encuentra la aplicación de dicha ley en España. Como era de esperar, las cifras son nefastas. Como es habitual, también, los comentarios del artículo que enlazo al comienzo son extremistas y están plagados de troles que presumen de actitudes racistas y, en este caso y para variar, gerontofóbicas.

Con todo, la publicación de los datos del Observatorio en los medios de comunicación estuvo en general teñida de pesimismo y tono crítico. Puede que el Gobierno que dio luz verde a la aprobación de una ley semejante pecara de inocente pensando que sus sucesores estarían dispuestos a dotar de la financiación necesaria a las medidas que contempla. Sin embargo, la percepción general de buena parte de la población es que es lamentable que personas que necesitan una ayuda reconocida por nuestra propia legislación estén muriendo diariamente por decenas sin haber visto satisfechos sus derechos.

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El futuro negro del «yo»

Hace ya algún tiempo —¡ay! las crisis del blog— nuestro amigo Adrián hacía pública su denuncia del despido que había sufrido como consecuencia de su petición de reducción de jornada por cuidado de hijos. Su caso, uno más en un país poco amigo de trabajadores que quieran hacer uso de sus derechos, tuvo mucha repercusión. Fueron varios los medios que ayudaron a darle voz; entre ellos, El País en esta colaboración del propio Adrián.

Como siempre que la triste situación laboral de nuestro entorno pretende llamar nuestra atención, se pudo constatar una vez más una deprimente realidad: el «enemigo» está entre nosotros. Una lectura rápida de los comentarios de cualquier noticia de este tipo es suficiente para hacerse una idea de la clase de sociedad egoísta, envidiosa e individualista en la que vivimos. Los ataques más feroces a quien lucha por sus derechos como trabajador no provienen siquiera de los empresarios a quienes el ejercicio de dichos derechos pudiera perjudicar. Son los propios trabajadores los que claman al cielo ante lo que consideran privilegios de los que ellos no pueden disfrutar. Veamos algunos ejemplos.

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