Guisantes cremosos con jamón

No podemos negarlo: en esta casa somos muy de guisantes. A nuestras hijas les encantan esas pequeñas bolitas verdes —igual que los edamames; se observa una tendencia ahí, ojo—, y son un plato muy socorrido cuando no disponemos de mucho tiempo para cocinar y necesitamos algo rápido y sano con que salir del paso. Un sofrito breve y facilón, unos guisantes congelados escaldados lo justo, et voilà.

Más allá del «sota, caballo y rey», también nos da de vez en cuando por experimentar con tan simpática legumbre. Ya registré aquí un día aquella aromática receta de guisantes con jamón, queso e hinojo que tanto gustó a mamá. También conté hace algún tiempo cómo le dimos una vuelta a la tradicional versión jamonera para llegar a unos guisantes encebollados con zanahoria que sustituían la carnaza por verduras y especias.

En esta tercera ocasión convertimos el plato original en una receta de aprovechamiento, en la que gastamos un trozo de patata, la media manzana que dejan siempre mis hijas empezada después de merendar, o esas últimas lonchas del jamón de empresa que se va quedando demasiado curado y salado por culpa de nuestra lentitud a la hora de dar cuenta de él. Veréis qué textura y sabor nos ayudan a darle al plato.

Sartén de guisantes con jamón y verduras

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Diálogos de besuguines VIII

—Papá, ¿por qué siempre hay un dibujo si todos usamos lo mismo?

Los niños son así; no necesitan mucho más que una frase para dejarnos en fuera de juego. De los clarísimos; de esos para los que nunca nadie reclamó la intervención del VAR. Con esta pregunta a la puerta del baño de un bar quiso profundizar mi hija de entonces 3 años en un debate que nuestra sociedad no quiere terminar de enfrentar.

Ni siquiera hace falta llegar al extremo aún lejano que generalice los aseos unisex —lo que eliminaría de un plumazo, entre otras cosas, esperas ineficientes o la herencia machista anclada a la pared de vuestro baño en forma de cambiador solo para mujeres—. Existe un debate previo menor, conocido quizá tan solo entre los padres y madres que comparten en corresponsabilidad el cuidado de sus hijos: ¿quién lleva al niño y quién a la niña cuando necesitan ir al váter? Cuando él va con ella o ella con él, ¿a qué baño deben entrar?

Hubo hilos que resultaron de una madeja difícil de desmarañar en los que se vertieron opiniones para todos los gustos, como este de @PapaEnGotham. El resultado de su encuesta puede no ser estadísticamente significativo, pero sí deja claro que no para todos es evidente la misma respuesta. Motivos de higiene, pudor o pura costumbre se entremezclan para venir a poner patas arriba nuestra comodidad de adultos independientes cuando tenemos que enfrentarnos a nuestros usos sociales de la mano de una niña.

Poco más pude hacer yo aquel día que darle la razón a mi hija. Me da miedo ver en ella cada día más gestos y actitudes que sugieren que empieza a asimilar que hay lugares diferentes reservados para cada cual en función de lo que tenga o sienta entre las piernas. Mientras tanto, seguiremos trabajando para que le resulte imposible de entender por qué tantas veces encuentra diferencias donde debería haber igualdad.

Salsa anisada de yogur

Hace poco un conocido de mis padres se unió a nosotras durante una comida familiar. Siendo extranjero, imagino que esperaba catar así parte de la gastronomía tradicional burgalesa —o, al menos, española— que habitualmente forma parte de las mesas festivas en nuestro país. Su cara al descubrir el menú que habíamos preparado mamá y yo no podía esconder la sorpresa.

Y es que en esta casa se cocina de todo menos tradicional. O, mejor dicho, se cocina de todo «además de» tradicional. Nos encanta buscar inspiración en la gastronomía del otro extremo del globo y en la del pueblo de al lado, y por eso comer es uno de los incentivos fundamentales que encontramos nosotras en cualquier viaje. De ese recorrido nacen a veces burdas imitaciones, éxitos inesperados y mezclas interesantes que corremos a apuntar para que no caigan en el olvido.

Una de las mezclas que ha habido que repetir una y otra vez es la de esta salsa aromática de yogur. Nos sirve tanto para acompañar unos bhajis de cebolla o unos kibbeh de carne, como de postre original si nos gustan los yogures sin azúcar. Nuestras hijas lo estuvieron reclamando así durante días después de haberlo catado por primera vez en una de nuestras cenas menos ortodoxas.

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Mudanzas

Si hay un rasgo característico de mi forma de ser que me haga dudar de mi pertenencia a la raza humana es, sin duda, la poca aversión que siento por las mudanzas. Sinceramente, no entiendo por qué le guardáis semejante manía a esa oportunidad caída del cielo para hacer limpieza, redescubrir antiguos tesoros olvidados y poner en práctica un nuevo sistema de ordenación de vuestros libros, discos y prendas de vestir. Son todo ventajas, ¿no?

Supongo que eso asesina a sangre fría a lo que quiera que quedara de mi niño interior; no hay cosa que siente peor a un niño que una mudanza. Si nos cuesta un triunfo convencerla para que salga del salón para lavarse los dientes o de casa para dar un paseo, ve tú a contarle a mi hija de 3 años que tiene que dejarlo todo porque abandonamos la casa…

Los cambios afectan sobremanera a los niños, que no terminan de entender en este caso por qué son las víctimas inocentes de nuestras necesidades y antojos de movilidad geográfica. Como adultos necesitamos nuestro tiempo de adaptación y asimilación de todo tipo de cambios; imagínate cuánto deben de necesitarlo ellos, para quienes el hogar representa todavía un porcentaje muy elevado de todo cuanto conocen y han vivido.

Cómo reaccione un niño a una mudanza es algo imprevisible. Algunos manifestarán cierta excitación positiva durante un tiempo, hasta que sean plenamente conscientes de las implicaciones que el cambio supone para ellos; otros darán rienda suelta a través de destapes de ira en diferido a la nueva frustración que su entorno familiar les impone. Las consecuencias pueden no ser inmediatas, y quizá no sea hasta pasadas unas semanas después del aterrizaje que empecemos a advertir cambios sustanciales en su comportamiento que nos dejen desconcertados.

Ante semejante incertidumbre, solo hay una cosa que podemos hacer: tener un poco de sentido común y respetar su ritmo y sus emociones. Nada nuevo bajo el sol; así debería ser nuestro acompañamiento hacia ellos ante todas las vicisitudes que la vida irá poniendo en su camino. Continúa leyendo Mudanzas

Falsa menestra de calabacín

Ya he contado alguna vez lo poco aficionada a la cocina que ha sido siempre mi madre. Con todo, y debido fundamentalmente a sus horarios de trabajo fuera de casa, era ella la que asumía siempre el esfuerzo de tener la comida lista. Existía una única excepción: la tortilla, responsabilidad habitual de mi padre, quien nos descubrió —entre otras cosas— una tortilla de cebolla que volvió no hace mucho para inspirarnos.

Mi madre, preocupada cada vez más por la salud y la alimentación, se animó, sin embargo, ya hace unos cuantos años a probar versiones más ligeras de uno de nuestros platos nacionales. Así llegó a nuestro plato de vez en cuando la tortilla de calabacín, prima-hermana de la de patata que sustituía el popular tubérculo por el fruto de la cucurbitácea. El intento era loable, mamá, pero a mí nunca me ha convencido.

Con todo, saqué algo en claro de aquel camino culinario iniciado por ella. Buscando darle una vuelta a su idea original, llegué un día a esta propuesta para cenar uno de los últimos calabacines de la temporada de verano en la huerta del tío Julio. La receta es perfecta para acompañar unos huevos fritos, como plato principal de una cena, o como guarnición. A mamá —la de ahora, no la mía— le encantó. Me apunto aquí la receta; nos vendrá bien, seguro, cuando la explosión anual de calabacines de la temporada que viene nos pille como siempre desprevenidos.

La lista de la compra

  • 1 calabacín de tamaño supermercado, o ⅔ si es más grande como los del tío Julio.
  • 2 patatas pequeñas o 1 mediana.
  • ½ cebolleta.
  • Aceite de oliva virgen extra.
  • Especias verdes secas: perejil, ortiga, cebollino…
  • Sal.

El camino a la perdición

  1. Picamos la cebolla relativamente fina. La pasamos a un plato hondo o un bol y la cubrimos con una tapa o papel film apto para microondas con un par de agujeros pinchados. Cocemos la cebolleta en su propia humedad durante 3 minutos a potencia media para que no se quemen las puntas.
  2. Cuando esté lista, pasamos la cebolleta precocinada a una sartén amplia en la que habremos calentado un par de cucharadas de aceite. Dejamos que se vaya pochando poco a poco.
  3. Lavamos las patatas, las pelamos y las cortamos en dados de no más de medio centímetro de lado. Igual que habremos hecho con la cebolleta, las pasamos por el microondas un par de minutos.
  4. Vamos simultaneando los tiempos de microondas con la preparación del resto de ingredientes. Mientras se cuecen las patatas, lavamos también el calabacín y lo picamos con piel en dados del mismo tamaño que aquellas. Una vez estén listas las patatas y picado el calabacín, incorporamos ambos ingredientes a la sartén y subimos un poco el fuego.
  5. Salamos al gusto y condimentamos con una pizca de cada tipo de especia. Aquí combinamos perejil seco con una mezcla de ortiga, caléndula, cebollino y aciano secos.
  6. Vamos salteando las verduras procurando que vayan cogiendo color de manera uniforme. Es preferible utilizar una buena sartén que les permita resbalar para poder saltearlas en condiciones y no tener que removerlas con un utensilio de cocina que convierta la patata y el calabacín en puré.
  7. Cuando veamos que estos dos últimos ingredientes empiezan a tener un tono doradito que nos guste, lo tenemos. ¡Que aproveche!

El truco final

Podéis jugar todo lo que queráis con las especias. Si queréis darle un punto adicional de gracia al revuelto, probad a añadir un poco de chile —o cualquier otro tipo de pimiento picante— fresco picado bien fino. Rico, rico.

Depósitos de niños

Si nos conocemos o si me habéis leído anteriormente, es probable que ya sepáis de mi empeño personal en contra de la corriente que, con gran eco en la esfera pública y política, presiona en favor del adelanto generalizado de la edad de escolarización. No os podéis hacer una idea de la rabia que me da que tanta gente asuma sin rechistar que no se puede educar a un niño de menos de 3 años en casa. Demuestra una falta de imaginación preocupante; con la de cosas que nosotros adultos podemos enseñarles a esas criaturas que acaban de aterrizar en nuestro mundo…

Es posible que en mi empeño haya dejado entrever en alguna ocasión una percepción negativa de las escuelas infantiles. Nada más lejos de mi intención: las guarderías son una herramienta útil y necesaria, y nosotros mismos hemos hecho uso de ellas cuando las circunstancias y nuestra situación personal así lo han requerido. Habrá situaciones y entornos familiares en los que la escolarización temprana sea la única solución positiva para el bebé, y en muchos hogares caerá como una bendición del cielo la gratuidad asociada a esa universalización de la escolarización de 0 a 3. Pero no nos equivoquemos: eso no significa que no exista un amplio margen de mejora para acercar más el concepto de escuela infantil a lo que los protagonistas de esta historia necesitan.

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Vinagreta de arándanos

Pocos eventos y situaciones se me ocurren que puedan dar pie a un mayor número de usos y costumbres tradicionales en una familia que aquello que se pone sobre la mesa compartida en cualquiera de las celebraciones navideñas. En nuestra casa siempre hubo cordero en Nochebuena y sopa en Nochevieja. De un tiempo a esta parte y desde que la pequeña de la familia empezó a dosificar sus visitas transoceánicas a un máximo de dos al año, los acompañan los productos típicos de la gastronomía local y nacional que más echa de menos. Y en medio, una ensalada.

No sé quién fue el primero que propuso la combinación, pero un mézclum de lechugas con queso de cabra y mermelada de arándanos ocupa desde entonces cada Navidad un lugar central sobre el mantel. Y es que añadirle un toque dulce a —casi— cualquier ensalada es a menudo garantía de éxito: fruta, cebolla cruda o cocinada, verduras con un punto dulce como el tomate, el pimiento o la zanahoria, pasas… Todo vale.

Con estos precedentes, y buscando siempre la forma de darle una vuelta a nuestras recetas, se nos ocurrió un día probar una alternativa más saludable a las cucharadas de mermelada industrial con que endulzan la ensalada navideña los abuelos. El resultado, un aliño facilísimo de preparar que le viene como anillo al dedo a multitud de preparaciones.

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