Brócoli al horno

Nada tan injusto como el odio al brócoli. La propia palabra ha quedado ya imbuida de connotaciones que la convierten en el paradigma de lo asqueroso, lo maloliente y lo poco apetecible. El pobre, culpable tan solo de ser primo de la coliflor y el hedor con que esta puebla los pasillos de casa cuando se la recuece sin contemplaciones.

Es cierto que esta verdura presenta un sabor fuerte y una textura peculiar. Estamos acostumbrados a que nos la sirvan descolorida, «blandurria» y sin gracia ninguna. La culpa es nuestra por desgraciarlo en la cocina.

Afortunadamente, en casa hemos aprendido desde bien pequeños a apreciar brecol, coliflor y romanescu, cada uno con sus matices y peculiaridades. Nuestras hijas pueden devorar un plato de brócoli al vapor con entusiasmo; si, además, le añadimos un sofrito de ajo por encima… cabe incluso la posibilidad de que esa cena sea la protagonista en nuestra rutina final de «lo mejor de tu día».

Con esta receta vamos un paso más allá. El brócoli quedará ligeramente crujiente, acompañado de una mezcla de toques salados y sabor a monte. Lejos queda la imagen de esos arbolitos blandos de rancho de comedor penitenciario. En esta casa vuelan del plato. ¿Vamos?

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Natillas de chocolate y plátano sin azúcar

En casa no somos muy partidarios mamá y yo de proponer equivalentes saludables a productos que habitualmente no lo son. El mensaje que lanzamos a los niños ofreciéndoles de continuo helados, galletas o postres sin azúcar puede resultarles confuso. Preferimos centrarnos en alimentos frescos. Ahí no hay lugar para el error. Por eso, ahora que hemos encontrado nuestra frutería de confianza, no es de extrañar que el chico que nos atiende se sorprenda de que repitamos compra de varios kilos de fruta al menos un par de veces por semana.

No obstante, a nadie amarga un dulce, y de vez en cuando nos gusta probar. Comprar un día un helado por «San Porquesí» o cocinar un postre casero original un martes cualquiera de julio nos sirve para alejar dos fantasmas nutricionales: Por un lado, aquel que asocia inevitablemente cualquier día especial a la comida lechona. Por otro, el sentimiento de prohibición que tan a menudo termina despertando en los niños un deseo ansioso e irrefrenable por devorar hasta a escondidas aquellos dulces que normalmente sienten como vetados.

A pesar del ritmo al que consumimos la fruta, el calor estival juega a veces en nuestra contra. Quizá hayamos atravesado un par de días más del lado de la nectarina y la sandía, y dos de los plátanos de la docena que compramos el lunes llegan al jueves agonizando en la cesta de la fruta. En ese caso, una receta dulce de aprovechamiento como la de hoy acude siempre al rescate. Nos vale un simple batido de leche y plátano, pero también podemos aprovecharlos para darle consistencia a un helado casero de fruta congelada batida o a unas natillas.

Natillas de fruta sin azúcar las hemos probado en varias ocasiones. De papaya o papayón, de caqui… Pero el resultado que más nos gusta, sin lugar a dudas, es el de esta versión con plátano. Es cierto que mantienen un regusto bananil que quizá no agrade a quien reniega del plátano como nuestra amiga Natalia, pero el conjunto nos parece el más aproximado a lo que uno espera cuando se come unas natillas de chocolate.

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Vinagreta de pesto

El reparto de las tareas de cocina en casa sigue normalmente uno de los siguientes dos criterios:

  1. Cocina quien esté libre porque ha conseguido zafarse de la presa de las niñas.
  2. Cocina la persona especialista en el tipo de plato de que se trate.

Cuando seguimos cualquiera de las recetas con las que solemos enriquecer nuestra cocina, mamá o yo nos ponemos a los fogones indistintamente. Tiramos en ese caso del primer criterio. Sin embargo, hay preparaciones en las que uno de los dos tiene mejor mano que el otro. Es lo bueno de ser un equipo complementario…

Mamá, por ejemplo, es la responsable de todos los arroces que llegan a nuestra mesa. Paellas, arroces caldosos, risottos… Nadie como ella les tiene cogido el punto. Para los platos más especiados, como unas legumbres con verdura que necesitan un poco de gracia o un aliño arriesgado para una ensalada, suelo ser yo quien decide.

De uno de los últimos experimentos nació una vinagreta que a mamá le encantó. Se convirtió en una receta de aprovechamiento a la que recurrir cuando nos sobra un poco de albahaca de cualquier otra preparación. El resto de ingredientes los tenemos siempre en la despensa, así que podemos improvisarla en cualquier momento.

La lista de la compra

  • ¼ vaso de aceite de oliva virgen extra.
  • 20 ml de vinagre de manzana.
  • 20 – 30 g de hojas de albahaca.
  • 5 dátiles (no es necesario que sean medjool, aunque son más fáciles de triturar).
  • 1 rodaja de queso de oveja curado.
  • ¼ de cucharadita de eneldo seco.
  • ¼ de cucharadita de sal de apio.

La sal de apio tradicional se elabora con semillas de apio. En casa, sin embargo, tenemos siempre un tarro de esta alternativa casera de Mercado Calabajío que utiliza en su lugar las hojas. Con un ramo de apio horneado en una o dos tandas tienes sal suficiente para un montón de tiempo. Guardándola en un tarro hermético bien cerrado es un recurso maravilloso para salar carnes, pescados y todo tipo de platos.

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Niñofobia

Probablemente esta no sea la clásica entrada sobre niñofobia que cabría esperar en un blog de paternidad. Quienes hayáis pasado por aquí con anterioridad sabréis ya que soy un padre agonías. Si, además, leéis de forma habitual a otros progenitores del género, os habréis topado a buen seguro más de dos y tres veces con encendidas referencias al término de moda reciente.

Las redes sociales tejidas alrededor de la experiencia de tener hijos bullen periódicamente con la última queja airada ante malas miradas y peores palabras. Son varios los casos que han logrado cierto alcance viral después de que familias con hijos fueran rechazadas en restaurantes, museos o medios de transporte. ¿Estamos ante una epidemia de odio al menor? Yo tengo reticencia a aceptar que de verdad se trate de semejante fenómeno.

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Diálogos de besuguines IX

Con la excepción de alguna escapada breve de vuelta a Madrid, no hemos hecho todavía ningún trayecto particularmente largo en coche con nuestras hijas. En Semana Santa, por ejemplo, nos limitamos a organizar excursiones de ida y vuelta en el mismo día. Nos sirvieron para ir tanteando el terreno de su resistencia mientras descubríamos juntas algunos de los destinos que teníamos marcados sobre el mapa.

Nuestra mayor no nació siendo una gran viajera. Sus primeros años transcurrieron entre paradas constantes en la próxima salida y vómitos en una bolsa de plástico. Afortunadamente, su relación con el coche fue mejorando progresivamente, y hoy podemos decir que no resulta un problema en ningún caso. La pequeña siempre ha sido más tolerante, y hace ya mucho que viaja detrás tan tranquila aunque ni papá ni mamá vayan sentados junto a ella entre las dos voluminosas sillas a contramarcha.

No podemos ya quejarnos, por tanto; pero tampoco nos gusta estirar la cuerda más de lo necesario. Aunque ambas sepan ya distraerse por su cuenta o con mínima intervención por nuestra parte, sus recursos son aún limitados. Cuando el trayecto se prolonga más allá de la media hora es fácil que empiecen a escucharse las protestas y los «¿cuándo llegamos?».

—¿Cuánto queda?
—Más o menos la mitad.
—¿Como de casa al cole?
—Un poquito más.
—¿Como del cole a casa?

Aquella singular ocurrencia de camino al burgalés Valle de las Caderechas me hizo esbozar una sonrisa al volante. Con sus tres escuetas preguntas dejaba constancia irrefutable nuestra hija de la relatividad del tiempo y el espacio. Porque no se tarda lo mismo en llegar de casa al cole cuando una arrastra aún las legañas que en regresar del cole a casa cuando lo que aprietan son el hambre o el sueño.

Nos desesperan la falta de paciencia de los niños a los que las esperas se les hacen eternas. Pretendemos que entiendan desde los 4 meses que un «papá va a volver enseguida» debería ser tranquilizador a pesar de las horas eternas que ellos experimentan en la guardería. Nos cuesta comprender que sus piernas cortitas viven en una escala diferente, y que caminar una manzana más allá o trepar por una escalinata diseñada para los zancos de un varón adulto puede de verdad resultarles agotador.

Entender que sus tiempos son otros nos ahorrará muchos dolores de cabeza. Si aprendemos, como padres, a ponernos en su lugar, a buen seguro seremos capaces de acompañarlos mucho mejor en esta aventura que es la vida que hemos emprendido juntos.

Kikos caseros al punto de sal, curry y cayena

Siempre que una bolsa de revuelto de frutos secos aparece sobre la mesa surge el debate. Hay quien abomina las pasas, los garbanzos secos, las habas fritas… Suele encontrarse mayor consenso en torno a los cacahuetes o los distintos tipos de pipas. Y luego están los kikos, uno de los principales dolores de cabeza de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción y mi elemento preferido de las bolsas de «pispejo», como se conocía por aquí en mi infancia a esa mezcla de aperitivo seco.

Hacía ya mucho que quería meterles mano en la cocina y tratar de elaborar una versión un poco más saludable, huyendo como mínimo de la palada de sal que suele acompañarlos y quizá también de aromas innecesarios que bien podemos sustituir por las especias que más nos gusten en casa. Porque, en serio, ¿qué tipo de barbacoas conocen los fabricantes de kikos con «sabor barbacoa»?

Después de probar varias recetas alternativas, por fin hemos encontrado el punto perfecto que nos gusta en casa. Evitar la fritura al 100% nos habría alejado del sabor que buscábamos, pero al menos reducimos el contenido de sal y nos entretenemos un rato con las materias primas y los ingredientes que nosotras mismas hayamos elegido. Es importante también contar con un tipo de maíz duro apropiado para este menester; el maíz crudo para palomitas corresponde a otra variante que no funciona bien en este tipo de receta.

¿Vamos allá?

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Un marco para la Educación Activa

Hace algunos días tuve la suerte de participar en un taller sobre Educación Activa, un paradigma educativo que viene a agrupar algunas metodologías que como Montessori o Amara Berri comparten ciertos fundamentos pedagógicos.

El taller, impartido en un centro escolar constituido en torno a este tipo de educación, estaba primordialmente orientado a personal docente, por lo que me planté allí como el único padre —y el único hombre…— en medio de un nutrido grupo de profesoras de toda Castilla y León. Durante la mañana que pasamos juntas, aquellas maestras con bagajes formativos tan variopintos pusieron en común sus impresiones, sus miedos y, sobre todo, sus ganas de implementar un cambio real en el modelo educativo imperante en España.

No soy pedagogo ni especialista en ningún tipo de materia relacionada con la educación. Sin embargo, me quedé con una breve lista de notas que me parecieron interesantes y que me gustaría que formaran parte de un debate público sobre nuestra educación que apenas amaga con despegar en círculos reducidos como el de aquel taller.

Somos cada vez más los que abogamos por un modelo renovado que desplace el foco hacia las personas y lo aleje del resultadismo capitalista y cortoplacista que parecería regir las sucesivas reformas educativas que sufrimos. La jornada de formación que pasé junto a ellas me abrió los ojos en muchos sentidos, y me hizo atisbar un rayo de esperanza en todos esos grupos de trabajo que desde el corazón de la educación pública bregan por hacer las cosas mejor. Merece la pena la reflexión.

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