Diálogos de besuguines VII

—Papá, me dan miedo las luces de la calle.
—¿Qué luces? ¿Pero en qué quedamos: te dan miedo las luces o te da miedo la oscuridad?
—Las luces de las sirenas.
—Pues no te preocupes, que yo las apago.
—¿Pero cómo?
—Con un botón mágico que tengo.
—¿Pero de verdad? ¿Y dónde está?
—Aquí— mientras levanto la sábana y aprieto su ombligo con mi dedo índice.
—Eso no es un botón. No me hagas bromas. ¿Por qué dices que es un botón?
—Porque así a lo mejor te sientes mejor y tienes menos miedo, ¿no?
—¡No! Así me siento todavía más mal.
—Ay, hija, no te me hagas mayor tan rápido…— con la que sería la última carcajada de aquel día juntos.

Nuestra hija se hace mayor. ¿Habremos hecho algo mal para que ya no crea en los botones mágicos?

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Bodas, niños y ausencias

Algún día haré una reflexión más general sobre ese nuevo fenómeno viral conocido como «niñofobia» —ya os adelanto que yo tiendo a negar su existencia—. Mientras tanto, hoy me gustaría pensar un poco en voz alta sobre uno de esos ámbitos en los que, para consternación y cabreo de otros, algunos no quieren tener niños cerca: las bodas. ¿Son las bodas sin niños una aberración? ¿Un síntoma de un mundo enfermo? Es un asunto complejo; al final, ¿puede haber algo peor que casarte en una boda que no es la que tú quieres? Continúa leyendo Bodas, niños y ausencias

Otra forma de sentir

Aunque mis batallas se cuentan más por derrotas que por victorias, la paternidad me ha enseñado a enfrentarme de una forma nueva a la gestión de emociones propias y ajenas. Nunca fui muy proclive a exteriorizar sentimientos, más allá del evidente enfado silencioso con que cruelmente castigaba a los padres de aquel adolescente difícil de aguantar.

Ser padre me ha descubierto nuevas formas de expresar lo que siento. Me ha obligado a abrir la boca y ponerle voz a palabras que durante muchos años solo he sabido escupir por escrito. Pero mi relación con mis sentimientos no ha evolucionado solo de cara al exterior, sino que también he descubierto maneras nuevas de sentir.

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El «Garbanzogate»

El 9 de enero de 2018 al filo de las 11 de la mañana María Merino publicó un tuit. And all hell broke loose. Estoy seguro de que ni en pintura habría imaginado esta madre y dietista-nutricionista la repercusión que su frase «Mi hijo no sabe lo que es una galleta: él es feliz desayunando garbanzos» alcanzaría. Quién le iba a decir a ella que una inocente imagen de su hijo desayunando ensimismado de un tupper de legumbre pudiera remover las tripas de tanta gente…

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Guisantes con jamón, queso e hinojo

Siendo mamá y yo jóvenes irresponsables, circulaba entre los cartones de vino del botellón un tópico de sabiduría popular que siempre me pareció ridículo. Venía a decir que el buen calimocho debía prepararse con un vino malo, un vinarro ácido de cartón mal diseñado y precio ridículo. Siempre me hizo gracia.

Ahora que nos hemos convertido en una familia cocinillas, nos enfrentamos a una versión actualizada de esos mismos reparos. Y es que hay quien considera una aberración introducir en cualquier tipo de procesamiento culinario ingredientes de calidad como un buen vino o licor, una verdura fresca de calidad o un jamón de primera. Claro que «en crudo» se disfrutan de otra manera sus sabores vírgenes, pero eso no quiere decir que utilizar elementos premium en una receta no vaya a mejorar el resultado final.

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A mí no

En una vida que ya me parece imposible, antes de nuestra primera hija, era habitual que mamá y yo cenáramos los viernes en casa de los —ahora— abuelos maternos. No sé muy bien por qué, también la televisión formaba parte del convite. Y digo que no sé muy bien por qué porque nunca fueron una familia de comer con la tele cuando mamá y el tío eran pequeños. Sea como fuere, eran viernes de «Hermano mayor» en Cuatro, y tampoco faltaban a la mesa los comentarios clásicos que uno puede esperar ante un panorama como el que presentaba el programa.

Afortunadamente, entre el repertorio de tópicos nunca habitó el de la torta a tiempo. Sin embargo, sí desprendían nuestros argumentos a buen seguro un cierto tufillo a condescendiente superioridad. «Eso a mí no me pasaría»; «eso es que no lo han parado a tiempo»; «eso es que siempre le han dado lo que quería»…

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Especias con lentejas, o las lentejas más especiadas de la Historia

A mamá la traigo de cabeza con mi uso y abuso de las especias. Cuando estoy a los mandos de la cocina se me caen polvos de todos los colores sobre la sartén. A veces sale mal; a veces sale bien. A veces el resultado es catastrófico pero, ¡ay, amigo! también hay días en los que el mejunje que llega al plato explota sobre la lengua en una locura de sabor adictivo indescriptible y difícil de identificar.

Los expertos en especias os dirán que no deberían vivir más de un año encerradas en esos tarritos vuestros de la cocina; que pierden aroma y dejan de tener gracia. Probablemente tengan razón. Por eso también intento utilizarlas a diestro y siniestro, para que no terminen formando parte del limbo de las especias rancias.

Sobre la encimera de la cocina, entre el soporte de los cuchillos y el microondas, más de una veintena de especieros esperan silenciosos su turno. Tener tantas especias diferentes nos obliga a experimentar. Si esperáramos a que una nueva receta exigiera cucharada y media de estragón para ir gastando aquel bote que compramos con ocasión de aquella caldereta de pintarroja de Arguiñano, estaríamos apañados.

Entre los alimentos que más agradecidos se muestran con las especias están las legumbres y, entre ellas, las lentejas en particular. Aprendimos a asociarlas al curry y el jengibre en un breve taller estival de cocina vegana que celebró la aldea castellana de mamá hace algunos años. Desde entonces, son blanco habitual de nuestros experimentos culinarios, que culminaron hace poco en este plato con el que pretendí batir el récord mundial de uso de especias sobre legumbre. Si no lo hice, probablemente me quedé cerca.

«¿Es necesaria tanta tontería?» os preguntaréis. Pues sí y no. Cada una de las especias puede ser probablemente prescindible de forma individual. Algunas tienen más peso en el sabor final que otras, y las cantidades son orientativas. ¿Compraría yo un bote de pimienta rosa solo por esta receta? Probablemente sí. Porque estoy loco. Lo importante es que el conjunto encuentre algún sentido, y en este caso el resultado son unas lentejas picantes con un fuerte sabor a India que en casa —incluida nuestra hija de 3 años— nos chiflaron.

¿Alguien se atreve a probar?

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