Dependencia

La semana pasada se dieron a conocer los resultados del último análisis del Observatorio de la Dependencia acerca de la situación en que se encuentra la aplicación de dicha ley en España. Como era de esperar, las cifras son nefastas. Como es habitual, también, los comentarios del artículo que enlazo al comienzo son extremistas y están plagados de troles que presumen de actitudes racistas y, en este caso y para variar, gerontofóbicas.

Con todo, la publicación de los datos del Observatorio en los medios de comunicación estuvo en general teñida de pesimismo y tono crítico. Puede que el Gobierno que dio luz verde a la aprobación de una ley semejante pecara de inocente pensando que sus sucesores estarían dispuestos a dotar de la financiación necesaria a las medidas que contempla. Sin embargo, la percepción general de buena parte de la población es que es lamentable que personas que necesitan una ayuda reconocida por nuestra propia legislación estén muriendo diariamente por decenas sin haber visto satisfechos sus derechos.

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El futuro negro del «yo»

Hace ya algún tiempo —¡ay! las crisis del blog— nuestro amigo Adrián hacía pública su denuncia del despido que había sufrido como consecuencia de su petición de reducción de jornada por cuidado de hijos. Su caso, uno más en un país poco amigo de trabajadores que quieran hacer uso de sus derechos, tuvo mucha repercusión. Fueron varios los medios que ayudaron a darle voz; entre ellos, El País en esta colaboración del propio Adrián.

Como siempre que la triste situación laboral de nuestro entorno pretende llamar nuestra atención, se pudo constatar una vez más una deprimente realidad: el «enemigo» está entre nosotros. Una lectura rápida de los comentarios de cualquier noticia de este tipo es suficiente para hacerse una idea de la clase de sociedad egoísta, envidiosa e individualista en la que vivimos. Los ataques más feroces a quien lucha por sus derechos como trabajador no provienen siquiera de los empresarios a quienes el ejercicio de dichos derechos pudiera perjudicar. Son los propios trabajadores los que claman al cielo ante lo que consideran privilegios de los que ellos no pueden disfrutar. Veamos algunos ejemplos.

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¿Y los niños azules?

El primer paso para superar un problema es reconocer su existencia. Yo tengo uno: soy machista. Me cubro de ínfulas feministas cuando defiendo el derecho de mi hija a ser tratada en igualdad de condiciones que el resto de los niños y, sin embargo, soy consciente de que aún me queda mucho camino por recorrer.

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El niño que nunca fue al colegio

Aún nos queda un cierto margen de tiempo para devanarnos los sesos con la difícil decisión de escoger un colegio para nuestra hija. Mientras llega ese momento, vamos prestando atención a lo que nos cuentan amigos y conocidos que ya han pasado por ahí. Y lloramos. También nos llegan noticias de Austria, desde donde la familia de uno de mis mejores amigos nos empezó a hablar del porteo o del baby-led weaning cuando nosotros aún no sabíamos ni cómo cambiar un pañal. Y yo, ávido de material con el que torturarme, me retuerzo de envidia agarrándome a aquellos aspectos de la crianza en los que opino que allí al norte nos llevan algo más de ventaja.

Fueron ellos quienes nos hicieron llegar este vídeo de un tal André Stern, un curioso francés cuya fama en el ámbito educativo se debe al hecho de que nunca durante su infancia pisó una sola institución formativa como alumno. La charla que imparte está en alemán, pero no os será difícil encontrar multitud de intervenciones suyas en inglés o incluso alguna entrevista en castellano.

No hace falta rebuscar mucho en el cajón de argumentos para darse cuenta de que algo así no es adecuado —ni posible— para todo el mundo. Ni siquiera para la mayoría, diría. Sin embargo, el testimonio del hijo del pedagogo e investigador Arno Stern, debería hacernos reflexionar a todos. Primero y sobre todo por un hecho evidente: el fruto de una infancia alejada de la escolarización no tiene por qué ser necesariamente un adulto desempleado, asocial y analfabeto como la propia presentadora de la charla sugiere.

Si os interesa la pedagogía y os cuestionáis cuál es el método o el sistema educativo ideal para nuestros hijos, os recomiendo que busquéis a los Stern, padre e hijo, y echéis un vistazo a lo que proponen. Insisto, como ellos, en que no se trata de oponerse a la escolarización —André se manifiesta en contra del home-schooling, de hecho—, pero plantean cosas muy interesantes sobre las que merece la pena reflexionar. Os resumo algunas de las tesis que defiende en su charla. Dan que pensar.

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Stuttgart, niños y otros cuentos de Navidad

Recuerdo una de nuestras primeras escapadas cuando vivíamos en Berlín. Nuestra economía familiar no nos permitía grandes desembolsos, así que nos habíamos propuesto firmemente conocer Alemania en profundidad. Muy en profundidad. Con nuestra maleta y utilizando un portal de viajes compartidos precursor de lo que hoy son en España Blablacar o Amovens, nos plantamos en Magdeburgo. Nos alojábamos en casa de una joven pareja de alemanes que conocimos a través de Couchsurfing, otro fantástico recurso para viajar de otra manera que por aquella época aún utilizábamos a menudo. Charlando con ellos nos reímos mucho de la ocurrencia misma que habíamos tenido de pasar un fin de semana en una ciudad universitaria e industrial que muy probablemente nunca formará parte de ningún circuito turístico. Así somos nosotros: nos gustan los destinos originales.

No debería sorprender a nadie por tanto que mientras algunos de nuestros amigos pasaban su otoño en Cuba, Tailandia, Japón o Nueva York, nosotros decidiéramos —nada más y nada menos— irnos cuatro días a Stuttgart en noviembre. Me resulta tan absurdo tratar de vender Stuttgart como un destino atractivo que no voy ni a intentarlo. Me rindo. Así, sin más. Pero oye, igual que me gusta regodearme en nuestras desgracias viajeras, también tengo derecho a contar cuándo las cosas nos han salido medianamente bien.

No creo que esta entrada convenza a nadie para dejarlo todo y poner rumbo a esta capital alemana, pero sí me va a servir para repasar algunas de las cosas que me llamaron la atención en relación a los viajes con niños y a las diferencias y semejanzas entre la experiencia paternal en Alemania y en nuestro país. Algunas de las cosas que contaré son extrapolables al resto del país; otras, no creo que pasen de lo anecdótico. Os cuento.

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El tutú

Ya he mencionado alguna vez que a nuestra hija le encanta bailar. De momento el ritmo no parece ser lo suyo, qué se le va a hacer. Pero interés le pone, eso sí. Bailamos de todo con ella: las canciones que nos inventamos, rock duro, empalagosas melodías infantiles, hip-hop, folk… Lo que se tercie. Cuando toca, incluso música clásica.

Ella no sabe lo que es el ballet ni por qué las bailarinas lucen ese atuendo tan peculiar. Todo lo que sabe es que tiene una camiseta en la que tres danzarinas figuras presumen de tutús. En su accidentalmente desteñida tela sobresalen tres balcones de tela delimitando la minúscula cintura de cada de una de ellas. Y como siempre que le preguntamos a nuestra hija si quiere ser tal o cual cosa de mayor, también en esta ocasión responde entusiasmada que ella quiere ser bailarina.

Y «sí, papá» fue igualmente su obvia respuesta a la propuesta que se me ocurrió hacerle un día de si ella también quería un tutú —«¿Para qué preguntas?»—. Igual que el hambre, la falta de medios también agudiza el ingenio, así que ni corto ni perezoso me puse manos a la obra. Rebuscando un poco por la habitación de los trastos de los abuelos no tardé en encontrar la solución. En unos segundos teníamos listo un tutú despampanante fabricado con una bolsa blanca de basura y unas tijeras. Bueno, a lo mejor no era despampanante, pero hacía el apaño. Y lo más importante, a ella le encantó. Se puso tan contenta que no paró de dar vueltas con él por casa en toda la noche. Lo llevaba puesto a todas partes, incluso para ir sentada en el coche.

Pasaron un par de semanas y volvimos a visitar a los abuelos. Volvía yo de dejar la maleta en la habitación cuando de repente me encuentro con una masa de gasa azul corriendo por el pasillo. Alrededor de mi hija flotaba un flamante tutú de verdad mientras ella corría y bailaba feliz cual perdiz. Y yo no supe qué cara poner. Ella era feliz y disfrutaba del regalo que acababa de recibir. Yo no podía evitar pensar que habíamos empezado a ponerles precio a su inocencia y a su imaginación. Soy un drama-papá.

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Huevos con tomate

Como casi todas mis recetas, ésta también llega tarde. Es una de las que utilizamos habitualmente después del verano para ir dando salida a esos últimos tomates maduros que nos llegan de la huerta burgalesa. Es también uno de los platos estrella de mamá y, aunque la elaboración es sencilla y sólo requiere un poco de paciencia y otro poco de delicadeza, el resultado no puede ser más sabroso. ¿Os animáis?

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