Niñofobia

Probablemente esta no sea la clásica entrada sobre niñofobia que cabría esperar en un blog de paternidad. Quienes hayáis pasado por aquí con anterioridad sabréis ya que soy un padre agonías. Si, además, leéis de forma habitual a otros progenitores del género, os habréis topado a buen seguro más de dos y tres veces con encendidas referencias al término de moda reciente.

Las redes sociales tejidas alrededor de la experiencia de tener hijos bullen periódicamente con la última queja airada ante malas miradas y peores palabras. Son varios los casos que han logrado cierto alcance viral después de que familias con hijos fueran rechazadas en restaurantes, museos o medios de transporte. ¿Estamos ante una epidemia de odio al menor? Yo tengo reticencia a aceptar que de verdad se trate de semejante fenómeno.

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Diálogos de besuguines IX

Con la excepción de alguna escapada breve de vuelta a Madrid, no hemos hecho todavía ningún trayecto particularmente largo en coche con nuestras hijas. En Semana Santa, por ejemplo, nos limitamos a organizar excursiones de ida y vuelta en el mismo día. Nos sirvieron para ir tanteando el terreno de su resistencia mientras descubríamos juntas algunos de los destinos que teníamos marcados sobre el mapa.

Nuestra mayor no nació siendo una gran viajera. Sus primeros años transcurrieron entre paradas constantes en la próxima salida y vómitos en una bolsa de plástico. Afortunadamente, su relación con el coche fue mejorando progresivamente, y hoy podemos decir que no resulta un problema en ningún caso. La pequeña siempre ha sido más tolerante, y hace ya mucho que viaja detrás tan tranquila aunque ni papá ni mamá vayan sentados junto a ella entre las dos voluminosas sillas a contramarcha.

No podemos ya quejarnos, por tanto; pero tampoco nos gusta estirar la cuerda más de lo necesario. Aunque ambas sepan ya distraerse por su cuenta o con mínima intervención por nuestra parte, sus recursos son aún limitados. Cuando el trayecto se prolonga más allá de la media hora es fácil que empiecen a escucharse las protestas y los «¿cuándo llegamos?».

—¿Cuánto queda?
—Más o menos la mitad.
—¿Como de casa al cole?
—Un poquito más.
—¿Como del cole a casa?

Aquella singular ocurrencia de camino al burgalés Valle de las Caderechas me hizo esbozar una sonrisa al volante. Con sus tres escuetas preguntas dejaba constancia irrefutable nuestra hija de la relatividad del tiempo y el espacio. Porque no se tarda lo mismo en llegar de casa al cole cuando una arrastra aún las legañas que en regresar del cole a casa cuando lo que aprietan son el hambre o el sueño.

Nos desesperan la falta de paciencia de los niños a los que las esperas se les hacen eternas. Pretendemos que entiendan desde los 4 meses que un «papá va a volver enseguida» debería ser tranquilizador a pesar de las horas eternas que ellos experimentan en la guardería. Nos cuesta comprender que sus piernas cortitas viven en una escala diferente, y que caminar una manzana más allá o trepar por una escalinata diseñada para los zancos de un varón adulto puede de verdad resultarles agotador.

Entender que sus tiempos son otros nos ahorrará muchos dolores de cabeza. Si aprendemos, como padres, a ponernos en su lugar, a buen seguro seremos capaces de acompañarlos mucho mejor en esta aventura que es la vida que hemos emprendido juntos.

Kikos caseros al punto de sal, curry y cayena

Siempre que una bolsa de revuelto de frutos secos aparece sobre la mesa surge el debate. Hay quien abomina las pasas, los garbanzos secos, las habas fritas… Suele encontrarse mayor consenso en torno a los cacahuetes o los distintos tipos de pipas. Y luego están los kikos, uno de los principales dolores de cabeza de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción y mi elemento preferido de las bolsas de «pispejo», como se conocía por aquí en mi infancia a esa mezcla de aperitivo seco.

Hacía ya mucho que quería meterles mano en la cocina y tratar de elaborar una versión un poco más saludable, huyendo como mínimo de la palada de sal que suele acompañarlos y quizá también de aromas innecesarios que bien podemos sustituir por las especias que más nos gusten en casa. Porque, en serio, ¿qué tipo de barbacoas conocen los fabricantes de kikos con «sabor barbacoa»?

Después de probar varias recetas alternativas, por fin hemos encontrado el punto perfecto que nos gusta en casa. Evitar la fritura al 100% nos habría alejado del sabor que buscábamos, pero al menos reducimos el contenido de sal y nos entretenemos un rato con las materias primas y los ingredientes que nosotras mismas hayamos elegido. Es importante también contar con un tipo de maíz duro apropiado para este menester; el maíz crudo para palomitas corresponde a otra variante que no funciona bien en este tipo de receta.

¿Vamos allá?

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Un marco para la Educación Activa

Hace algunos días tuve la suerte de participar en un taller sobre Educación Activa, un paradigma educativo que viene a agrupar algunas metodologías que como Montessori o Amara Berri comparten ciertos fundamentos pedagógicos.

El taller, impartido en un centro escolar constituido en torno a este tipo de educación, estaba primordialmente orientado a personal docente, por lo que me planté allí como el único padre —y el único hombre…— en medio de un nutrido grupo de profesoras de toda Castilla y León. Durante la mañana que pasamos juntas, aquellas maestras con bagajes formativos tan variopintos pusieron en común sus impresiones, sus miedos y, sobre todo, sus ganas de implementar un cambio real en el modelo educativo imperante en España.

No soy pedagogo ni especialista en ningún tipo de materia relacionada con la educación. Sin embargo, me quedé con una breve lista de notas que me parecieron interesantes y que me gustaría que formaran parte de un debate público sobre nuestra educación que apenas amaga con despegar en círculos reducidos como el de aquel taller.

Somos cada vez más los que abogamos por un modelo renovado que desplace el foco hacia las personas y lo aleje del resultadismo capitalista y cortoplacista que parecería regir las sucesivas reformas educativas que sufrimos. La jornada de formación que pasé junto a ellas me abrió los ojos en muchos sentidos, y me hizo atisbar un rayo de esperanza en todos esos grupos de trabajo que desde el corazón de la educación pública bregan por hacer las cosas mejor. Merece la pena la reflexión.

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Sopa chana masala

Cuando mamá y yo éramos habitantes de la gran ciudad resultaba complicado encontrar una receta de inspiración india en nuestra cocina. Preferíamos dedicarnos a otros menesteres y dejar los mejunjes especiados en manos de profesionales.

Desde que volvimos a ser una familia de provincias, sin embargo, el paladar nos pedía el sabor hindú que tanto echaba de menos y que tan escaso es entre la oferta gastronómica de los restaurantes de nuestra pequeña localidad. Por eso hemos incorporado al catálogo de platos, salsas y elaboraciones con que nos atrevemos en casa más de una preparación de digno apellido indio.

Mucho más allá del curry que tanto me gusta introducir en —casi— todo lo que hago en los fogones, hay recetas extremadamente sencillas cuya explosiva mezcla de sabores y especias resulta tan sabrosa como cualquiera que podamos degustar en un indio de Lavapiés. La combinación que os propongo hoy de una sencillísima sopa tradicional con la potente salsa india de cebolla del chana masala es un buen ejemplo.

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Guisantes cremosos con jamón

No podemos negarlo: en esta casa somos muy de guisantes. A nuestras hijas les encantan esas pequeñas bolitas verdes —igual que los edamames; se observa una tendencia ahí, ojo—, y son un plato muy socorrido cuando no disponemos de mucho tiempo para cocinar y necesitamos algo rápido y sano con que salir del paso. Un sofrito breve y facilón, unos guisantes congelados escaldados lo justo, et voilà.

Más allá del «sota, caballo y rey», también nos da de vez en cuando por experimentar con tan simpática legumbre. Ya registré aquí un día aquella aromática receta de guisantes con jamón, queso e hinojo que tanto gustó a mamá. También conté hace algún tiempo cómo le dimos una vuelta a la tradicional versión jamonera para llegar a unos guisantes encebollados con zanahoria que sustituían la carnaza por verduras y especias.

En esta tercera ocasión convertimos el plato original en una receta de aprovechamiento, en la que gastamos un trozo de patata, la media manzana que dejan siempre mis hijas empezada después de merendar, o esas últimas lonchas del jamón de empresa que se va quedando demasiado curado y salado por culpa de nuestra lentitud a la hora de dar cuenta de él. Veréis qué textura y sabor nos ayudan a darle al plato.

Sartén de guisantes con jamón y verduras

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Diálogos de besuguines VIII

—Papá, ¿por qué siempre hay un dibujo si todos usamos lo mismo?

Los niños son así; no necesitan mucho más que una frase para dejarnos en fuera de juego. De los clarísimos; de esos para los que nunca nadie reclamó la intervención del VAR. Con esta pregunta a la puerta del baño de un bar quiso profundizar mi hija de entonces 3 años en un debate que nuestra sociedad no quiere terminar de enfrentar.

Ni siquiera hace falta llegar al extremo aún lejano que generalice los aseos unisex —lo que eliminaría de un plumazo, entre otras cosas, esperas ineficientes o la herencia machista anclada a la pared de vuestro baño en forma de cambiador solo para mujeres—. Existe un debate previo menor, conocido quizá tan solo entre los padres y madres que comparten en corresponsabilidad el cuidado de sus hijos: ¿quién lleva al niño y quién a la niña cuando necesitan ir al váter? Cuando él va con ella o ella con él, ¿a qué baño deben entrar?

Hubo hilos que resultaron de una madeja difícil de desmarañar en los que se vertieron opiniones para todos los gustos, como este de @PapaEnGotham. El resultado de su encuesta puede no ser estadísticamente significativo, pero sí deja claro que no para todos es evidente la misma respuesta. Motivos de higiene, pudor o pura costumbre se entremezclan para venir a poner patas arriba nuestra comodidad de adultos independientes cuando tenemos que enfrentarnos a nuestros usos sociales de la mano de una niña.

Poco más pude hacer yo aquel día que darle la razón a mi hija. Me da miedo ver en ella cada día más gestos y actitudes que sugieren que empieza a asimilar que hay lugares diferentes reservados para cada cual en función de lo que tenga o sienta entre las piernas. Mientras tanto, seguiremos trabajando para que le resulte imposible de entender por qué tantas veces encuentra diferencias donde debería haber igualdad.