Diálogos de besuguines V

Sostenía yo a nuestra bebé de un par de semanas de vida en el sofá mientras jugaba con la mayor al restaurante imaginario que había dispuesto con sus manos mágicas entre nosotros. Una de las sillas de su escritorio chiquitín de IKEA hacía las veces de mesa; la otra, era la trona que nos había acercado a mi acompañante —mamá— y a mí para que pudiéramos sentar a nuestra bebé.

Llegó la hora de comer antes de lo previsto, y la camarera de dos años y medio sirvió varios platos invisibles sobre la mesa, aconsejándome que fuera sentando ya al bebé en su trona. Pero ya sabemos cómo son los bebés, tan suyos, y la nuestra no estaba en ese momento muy por la labor.

—¡Siéntalo en la trona, que ya está la comida!
—Pues ahora mismo es que creo que no la puedo poner en la trona. Me parece que se quiere dormir y voy a ver si consigo que lo haga aúpa antes de comer. ¿No lo podemos poner en el microondas para que se mantenga caliente mientras tanto?

Siguieron tres segundos de silencio y la cara atónita de aquella pequeña chef y camarera.

—¿Al bebé? ¡No!

Y es que una de las características más curiosas del castellano es la facilidad con la que omitimos sujetos y objetos de la acción. Mientras que otros idiomas como el inglés o el alemán obligan prácticamente siempre a introducir, como mínimo, un pronombre, nosotros hablamos alegremente con verbos cuyos actores pasivos y activos han de adivinarse entre el contexto. Y claro, cuando el contexto es breve y los interlocutores manejan aún una versión preciosamente ingenua de la lengua… suceden estas cosas.

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Pasta con salsa de manzana y chips de verdura

Cuando cocinar se convierte en una obligación diaria no es difícil que terminemos encontrándonos ante algo parecido al bloqueo del escritor. «¿Qué pongo hoy para comer…?». Por fortuna, la cocina nos brinda recursos mucho más socorridos que la pluma a la hora de salir del apuro. Los más sencillos e inmediatos son probablemente los platos comodín, aquellos que admiten que les pongamos encima prácticamente cualquier cosa para obtener un resultado, como mínimo, comestible. Pasta, arroz, pizza, huevos revueltos, empanadillas, croquetas… No le hacen ascos a casi nada.

Eso conlleva un problema menor, como es el hecho de que resulte difícil repetir aquel menú que resultó espontáneamente delicioso y que nos inventamos en diez minutos con los restos que pudimos rescatar del fondo de la nevera un domingo a última hora. Me sucede habitualmente con la pasta, para la que me invento salsas y aliños que, pasado un tiempo, soy incapaz de recordar. Por eso dejo aquí de vez en cuando anotada alguna receta que nos gustó especialmente, por si en uno de esos días de atasco culinario nos sirven para echar mano de ellas y comer algo decente.

La pasta que os propongo hoy bebía de la misma fuente de inspiración que la pizza que tuve que inventarme un día para aquel #amimanera de @Madresfera: mi tierra burgalesa. Aquella reineta de Caderechas se quedó esta vez, eso sí, en manzana roja madrileña, pero la esencia de la combinación de sabores seguía siendo la de esa fruta ácida y dulce pochada despacito con una buena cebolla horcal burgalesa y una zanahoria de la huerta del tío Julio.

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El huevo, la gallina y la revista

Ya he hablado en más de una ocasión sobre el complejo carácter esquizofrénico del feminismo. En función de la lente morada que uno engarce en su cámara, un mismo acto puede aparecer retratado como profundamente machista o como orgullosamente feminista. En el fondo, la mayor parte de esas dualidades se pueden reducir a un problema de huevos y gallinas. Porque, ¿qué fue primero?

¿Las mujeres se maquillan porque así se sienten mejor consigo mismas, o se sienten mejor maquilladas porque así se lo ha impuesto el entorno? Al fin y al cabo, en la naturaleza son muchas las especies en las que son los ejemplares de un único sexo los que se esfuerzan por hacer un despliegue de medios y colores para atraer a su pareja. ¿Significa eso que también las niñas humanas ven nacer en su seno poco a poco la necesidad instintiva de decorarse con pendientes, llevar un pelo largo y lustroso o subirse en unos tacones de vértigo? ¿O el sentimiento de necesidad nace más bien de esa herencia patriarcal fruto de siglos de dominación? Todo un nudo gordiano difícil de resolver en tanto en cuanto nos es imposible aislarnos del mundo en el que nos ha tocado vivir.

Todo esto viene al hilo de un ejemplo del que soy poco amigo: el de las revistas de maternidad. Y digo bien: «maternidad», y ahora entenderéis por qué. Yo mismo he criticado públicamente en varias ocasiones un enfoque que yo entiendo machista. Sin embargo, dándole la vuelta a la historia del huevo y la gallina, el argumento se complica. Veamos.

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MasterChof y los bebés

No sé las veces que le habré dicho a mamá que no deberíamos volver a engancharnos a MasterChef. Porque, sí, después de leer a Delibes también se puede perder el tiempo con algo de telebasura. Hace un par de años habría aceptado el debate acerca de si MasterChef es televisión de calidad. Con el paso de cada edición —amateur, junior o celebrity—, sin embargo, tengo más y más claro que es un programa que vende modelos que difícilmente encajan con nuestros valores.

Más allá de la sana curiosidad culinaria y la sed de un formato de fácil consumo con el que distraernos, poco podemos buscar en un programa casposo, machista y, seguramente, incluso clasista. Televisión pública ejerciendo apología del maltrato animal en los ruedos, ocultando publirreportajes militares entre plato y plato, o vendiendo un modelo de vida elitista en el que se conceden privilegios innecesarios a personajes acostumbrados a saraos de otro mundo entre páginas de papel cuché.

En esas estábamos el martes pasado derrumbados en el sofá cuando cedí al morbo del espectador y nos unimos al estreno de la segunda edición de MasterChef Celebrity. No tardaría en soltar un viejuno «¿Ves? Ya te había dicho yo que no teníamos que verlo más». Y es que la primera prueba de plató tuvo un final que nos pareció tan poco necesario como de mal gusto. Después de que los concursantes elaboraran con más o menos acierto un par de papillas —dulce y salada—, apareció al fondo un jurado excepcional para llevar a cabo la cata: 6 bebés de menos de un año repartidos en dos tandas de tres.

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El colecho o el arte de la guerra

Me encanta el colecho. Adoro llegar el último a la cama y encontrarme a mamá y a la chiquitina desparramadas por el colchón con el resplandor amarillo de la farola de la esquina colándose entre las cortinas como única fuente de luz. Me chifla despertarme por la mañana y ver a mi niña aún dormida,  poniendo morritos o con la mano posada sobre un papo colorado.

Pero. Dormir, lo que se dice dormir, yo como mejor duermo es solo en mi propia cama.

El colecho nos regala momentos preciosos. Nos ha ahorrado infinidad de salidas de la cama y patadas a esquinas de muebles de IKEA con el meñique descalzo de un pie congelado. Nos ha facilitado la vida y la lactancia, y nos ha permitido dormir tranquilos durante más de dos años. No tenemos más que levantar un poco el párpado para echar un vistazo alrededor y comprobar que toda la tribu sigue ahí, durmiendo, respirando.

Pero también nos hemos despertado unos a otros con choques inoportunos o ronquidos altisonantes. Hemos encajado patadas en las costillas y en los riñones y, como quien se acuesta con niños, mojados nos hemos levantado. Y es que los niños, especialmente una vez que aprenden a rodar sobre sí mismos, tienen una capacidad asombrosa para ocupar espacio y defenderlo con uñas y dientes desde lo más profundo de sus sueños.

Nuestra hija, en su esfuerzo por no ceder ni un milímetro de sábana fresca, ha desarrollado toda una batería de posturas con las que estratégicamente reclama su territorio. Estas son sus cinco más mortíferas.

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Las recetas son para el verano

Si el verano pasado en casa fue el de los polos (de plátano y cacao, de sandía, de mango o de salmorejo, entre otros), el de 2017 ha sido el de los helados de fruta. Esta vez los hemos presentado en casa como algo puntual: el desayuno de uno de los pocos sábados que teníamos despejados para disfrutar los tres juntos en la cocina, una merienda sorpresa en alguno de esos días de San Porquesí… Casualidad o no, nos hemos librado de los berrinches que ya vivimos el año pasado cuando a nuestra hija se le antojaba tomar helado de postre y no quedaba ningún polo en el congelador.

A diferencia de algunos de los polos que elaborábamos el año pasado, los helados de esta segunda edición del verano cocinillas tienen como base única la fruta triturada. Prescindiendo del zumo y cambiando el orden de las elaboraciones conseguimos helados más cremosos en lugar de polos helados con la pulpa distribuida desigualmente. Solo necesitamos una cosa: fruta troceada congelada previamente.

Podemos congelar fruta a propósito o podemos aprovechar simplemente esas piezas que han madurado más de la cuenta y que es difícil comer al natural sin ponerse hecho un cristo. Hay que ver la velocidad a la que evolucionan los plátanos en el frutero con el calor de estos meses… En casa, los helados se han convertido en una receta más de aprovechamiento para que no se pierda nada.

Estos han sido nuestros preferidos del verano:

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Porque hay abuelos

No puedo negar que haberme convertido en padre me ha cambiado la vida. Hay quien lucha por esquivar una alteración así, pero a mí no me ha importado dejarme llevar por esa avalancha inevitable. Entre las muchas cosas que mi paternidad ha transformado se encuentra la relación con mis padres y los padres de mamá. De un día para otro ella y yo dejamos de ser aquellos hijos —yerno y nuera— independientes que iban y venían a su antojo. De repente éramos el nexo de unión entre unos recién estrenados abuelos y una deseadísima nieta.

Haber trepado un peldaño más en la escalera genealógica de la vida me ha permitido acercarme de otra forma a la relación con mis padres, entenderlos más y desde un ángulo completamente nuevo. A cambio, también esta transformación ha sido fuente de inevitables fricciones. Nos habíamos olvidado ya de lo que suponía tener que dar explicaciones o convivir tanto tiempo bajo un mismo techo. Y quizá nunca hasta ahora habíamos sido tan exigentes con el comportamiento de unos padres que nos lo han dado todo.

Y aunque las fricciones se manifiesten en forma de un rostro demasiado habituado a las malas caras, tenemos que reconocer su esfuerzo y estarles agradecidos.

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