3 canciones para (no) dormir – Volumen 2

Hace tiempo que os hablé ya de nuestras tres primeras canciones fetiche para dormir a la que por aquel entonces aún debía de ser una bebé, ya grandecita, pero bebé al fin y al cabo. Han llovido siestas y noches desde entonces, pero el sueño sigue siendo uno de los asuntos que más inseguridad me genera y que más me trae de cabeza. ¿Pero por qué no se duermen?

El gusto musical de nuestra hija va evolucionando al mismo ritmo con que ella deja atrás tallas de ropa y números de pie. Le chiflan los coros (su más favorito del mundo mundial es el «O Fortuna» de Carl Orff) y los tambores, y siempre que se acuerda de pedirnos que pongamos música en casa insiste en que pinchemos algo «de esos chicos», refiriéndose a Corvus Corax, un conjunto muy peculiar que hace ya tiempo se coló entre mis debilidades. «Son mis amigos» dice la tía… Menudas películas se monta.

Así pues, también hemos debido actualizar nuestra lista de temas infalibles para acompañar su sueño. Sinceramente, no tengo ni idea de si sirven para algo. En cualquier caso, este es el podio definitivo:

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Un precio relativo

Cuando mi jefe me preguntó por primera vez cuándo tenía pensado reincorporarme tras mi excedencia no tenía muy claro cuánto tiempo nos aguantaríamos mi hija y yo. Ya intuía, sin embargo, que lo que empezó como la solución a un mes de agosto sin guardería probablemente se extendería. «Sé que sea cuando sea, me parecerá demasiado pronto». Un buen puñado de meses brevísimos hechos de días eternos en los que apenas encontraba tiempo para hacer nada ya son historia. Historia familiar, al menos. Y a medida que el final se acerca es hora de hacer balance.

En estos casos hay una pregunta cuya respuesta resume perfectamente la experiencia: si tuviera que volver a tomar esta decisión, ¿repetiría? Y la respuesta es que sí, que una y mil veces, que haría lo que hiciera falta para poder disfrutar otra vez del año que hemos vivido juntos los dos, los tres. Un año «en blanco» desde el punto de vista de una sociedad centrada en la producción y el consumo tiene un precio que hay que estar dispuesto a pagar. Una parte se paga en forma de renuncia laboral; otra, quizá la más inmediata e importante para la mayoría, en metálico. Pero quizá la que menos en cuenta se tiene es la factura personal, la del esfuerzo físico, la del agotamiento mental, la de la soledad… Porque no, una excedencia para cuidar de un niño pequeño no son unas vacaciones.

El precio puede parecer más o menos elevado en función del sistema de valores y prioridades que rija la vida de cada uno. Para mí, en nuestro caso único y particular, es un precio irrisorio si tengo en cuenta todo lo que he comprado a cambio.

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Macarrones integrales con gambones

En casa tenemos varios comodines que utilizamos cuando necesitamos poner en marcha una receta de aprovechamiento para liquidar esos «plingues» que han sobrado de la cena. Empanadillas, croquetas, arroces, pasta… Tenemos dónde elegir. Lo malo es que acabamos convirtiendo la pasta en un recurso de segunda y cuando da la casualidad de que nos sale un plato rico nos cuesta repetirlo más adelante si no partimos del mismo tipo de sobras. Por eso me gusta también de vez en cuando innovar con alguna receta que sí sea reproducible.

Es el caso de este plato de pasta con gambas que os propongo hoy. Lo hice un día por casualidad intentando acabar unos pimientos que empezaban a querer arrugarse en el frigorífico. A mamá le gustó tanto el resultado que tuve que repetir el mejunje unos días después para poder hacerle la foto y registrar aquí la receta. Ya sabéis que de memoria no ando sobrado y, si no apunto aquí mis inventos, dentro de 15 días habrán quedado en un limbo de platos olvidados para desgracia de mamá.

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Conflictos en diferido

De momento, no podemos quejarnos de nuestros «terribles dos». Nuestra hija da muestras cada día de estar tomándose con mucha calma su «adoslescencia» y, para alivio de mi psiquiatra, da muestras de una madurez sorprendente cuando nos toca enfrentarnos a sus ocasionales rabietas. Nunca sabremos qué parte del mérito es suyo y cuánto influye nuestra manera de enfrentarnos a sus arranques de frustración, pero lo cierto es que normalmente nos encontramos una respuesta bastante razonable cuando tratamos de ayudarla en esos momentos de angustia y desconcierto.

Y cierto desconcierto es también lo que siento yo cuando me toca lidiar con un tipo particular de berrinches. Son aquellos para los que no existe una salida óptima. Haga lo que haga, estoy perdido. Si trato de mantenerme firme en una posición que no le gusta, la situación amenaza con entrar en barrena. Se genera una espiral de gritos encadenados que puede evolucionar hasta el punto absurdo de que la pobre se olvide hasta de por qué había empezado a llorar. Si en cambio cedo y le ofrezco una salida satisfactoria que sofoque el incendio, sé que con toda probabilidad el fuego se reproducirá poco después en forma de conflicto en diferido.

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Croquetas caseras #amimanera

En esta casa no hay receta de croquetas. Se hacen a ojo de buen cubero. Ni siquiera es habitual que programemos el hecho de preparar croquetas. Se hacen cuando sobra cualquier tipo de preparación apta para formar parte del relleno de una croqueta. Es decir, casi cualquier cosa. Las últimas que hemos hecho han sido de gambas, de pollo, zanahoria y cebolla, y de carne guisada. Mi madre las hace de vez en cuando de morcilla, de huevo cocido, o de jamón.

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Política de no intervención

Hablamos y discutimos muy a menudo acerca de cierto tipo de límites: los que debemos o no imponer a nuestros hijos para garantizar que un día lleguen a ser adultos sanos y socialmente capaces. Sólo el tiempo juzgará con razón si los que nosotros le enseñamos a nuestra hija son adecuados o no. Mientras tanto, cada día me devano los sesos tratando de dilucidar dónde trazar la línea que bordea otro tipo de límites: los míos como padre de parque.

Y es que, ¡ay, amigos!, qué difícil es saber cuándo uno debe intervenir en las variopintas situaciones que el parque infantil nos depara. Por un lado están los niños, menores de 3 años en su mayoría a las horas a las que nosotros frecuentamos el área infantil. Niños que no saben compartir, que ignoran por completo la existencia de una virtud conocida por los expertos como «paciencia», y que dan por sentado que el resto de seres animados han sido creados para cumplir sus expectativas. Por otra parte están las madres —y dos padres—, las abuelas —y tres abuelos—, cuya visión de lo que es mejor para un crío no siempre coincide con la nuestra. Veamos algunos ejemplos que le han resultado problemáticos últimamente a este padre mojigato.

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Serviettenknödel, o como se diga

La receta de hoy no es mía. Ea, ya está dicho. Lo que voy a hacer es poco más que traducir la original alemana que utilizamos para cocinar estos típicos Knödel. No la habría publicado si no hubiera sido por abrumadora petición popular —hola, Antonio—, pero ahí queda.

Si habéis viajado un poco más allá de los Pirineos quizá hayáis notado que pocos países europeos son tan amantes del pan como lo somos nosotros. Esa costumbre tan española de bajar a por el pan, esa vuelta a casa con la barra bajo el brazo, son algo tan nuestro como el mismo castellano. En otros lares, en cambio, son más habituales los acompañamientos de patata, los arroces o, como en Alemania, los Knödel.

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