Queridos Reyes Magos

Hace tiempo que es Navidad en El Corte Inglés; los polvorones acechan a la vuelta de cada esquina; y los anuncios de Loterías auguran desde aquel mayo caluroso una vida de desgracias para aquel que ose no comprar el décimo en sus vacaciones en Villajumilla de la Jarana. ¿Habéis escrito ya la carta a los Reyes?

En casa jugamos aún con la exigua ventaja que nos concede la inocente edad de nuestra hija. Haber conseguido controlar su exposición a las marcas y franquicias de animación, y el hecho de que nadie más que nosotros se haya ocupado de construir sus expectativas navideñas nos lo sigue poniendo relativamente fácil. Nuestro angelito no ha pedido nada más que dos puzles y no ha visto un solo catálogo de juguetes.

Ahora bien, ¿qué pasa si al resto de los Reyes Magos les parece que ese par de rompecabezas y los cuatro cuentos que hemos incorporado nosotros a la lista son poca cosa? ¿Tenemos derecho los padres de un niño a imponer qué se les regala, en qué cantidad o por parte de quién? Nuestro entorno familiar es relativamente razonable ante peticiones así, pero nos gusta adelantarnos y tratamos de hablar las cosas con ellos antes de encontrarnos con el desastre. Pero ¿qué nos queda cuando el entorno prefiere obviar la opinión de los padres?

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Cuscús naranja sin naranja

En la cocina se puede jugar con muchos elementos: por supuesto con los sabores o las texturas, pero también con los colores. Que un plato nos entre por los ojos ayuda mucho a que la impresión que nos llevemos sea buena. Lo demuestran habitualmente la genial Mangiare a mesa puesta con sus preciosos Pantone a mesa puesta, o el divertidísimo Mikel Iturriaga —a.k.a. El Comidista— cuando afirmaba en su receta para la crema de calabaza perfecta que todo lo que tuviera el mismo color que la calabaza quedaría bien en la mezcla: zanahoria, boniato…

En casa no es fácil encontrar tiempo para disfrutar de verdad de la cocina, pero cuando nos las arreglamos para que un día tenga 24 horas y media nos gusta jugar con el menú y probar cosas divertidas que sepan bien. Es lo que hicimos un día al inventarnos el acompañamiento para este cuscús que hoy os cuento. Queríamos un cuscús naranja como el otoño y, guiándonos fundamentalmente por los colores, llegamos hasta esta receta que desde entonces es imprescindible en nuestro recetario particular.

La lista de la compra

  • Un vaso de 250 ml de cuscús integral.
  • 250 ml de caldo de verduras.
  • 1 cebolla.
  • 1 zanahoria.
  • 1 rodaja de aproximadamente 1 cm de calabaza cacahuete.
  • 2 cucharadas de almendras tostadas.
  • 2 cucharadas de pistachos tostados sin sal pelados.
  • 2 cucharadas de nueces peladas.
  • 2 cucharadas de avellanas tostadas peladas.
  • 4 orejones.
  • 1 diente de ajo.
  • ½ cucharadita de cúrcuma.
  • ½ cucharadita de curry amarillo.
  • Aceite de oliva virgen extra.
  • Sal.

El camino a la perdición

  1. Pelamos la cebolla y la cortamos en juliana. En una sartén amplia añadimos un chorro de aceite de oliva y, en cuanto esté caliente, empezamos a pochar la cebolla a fuego lento.
  2. Pelamos el ajo y lo laminamos. Lo incorporamos a la sartén.
  3. Limpiamos bien el interior de la calabaza si la rodaja pertenece a la parte de las pepitas. La pelamos y la cortamos en láminas largas con un pelador bien afilado o una mandolina. Si lo hacemos con cuchillo, hay que intentar que las láminas no sean demasiado gruesas. Lo añadimos a la sartén.

    Cebolla en juliana pochándose con la calabaza

  4. Lavamos y pelamos la zanahoria y, siguiendo el mismo método que con la calabaza, la cortamos en tiras finas que acto seguido incorporamos al sofrito.

    Añadimos la zanahoria en láminas

  5. Salamos y espolvoreamos el curry y la cúrcuma sobre las verduras.

    Condimentamos con curry y cúrcuma

  6. A medida que se van pochando, las salteamos con algo de maña. Si tenemos una buena sartén antiadherente es preferible hacerlo así para no romper demasiado la calabaza removiendo con una cuchara.
  7. Mientras se cocinan las verduras, ponemos a calentar en un cazo el caldo. Justo antes de que rompa a hervir lo vertimos en un bol sobre el cuscús. Removemos bien y tapamos rápidamente.
  8. Una vez haya absorbido la sémola todo el caldo, echamos un chorrito de aceite de oliva y removemos bien con un tenedor para evitar que se formen grandes bolas de cuscús pegado. Volvemos a tapar y reservamos.
  9. Picamos los frutos secos con un cuchillo o con una picadora y los añadimos todos a la sartén y removemos.

    Picamos los frutos secos

  10. Cortamos los orejones en tiras y, con cuidado para que no se queden todas pegadas unas a otras, las repartimos por encima de las verduras. Removemos.

    Cortamos los orejones en tiras

  11. En cuanto las verduras estén bien pochaditas a nuestro gusto, disponemos una parte del cuscús en cada plato y rematamos con el contenido de la sartén por encima.

    Incorporamos los orejones a la sartén

El truco final

El cuscús está siempre más rico recién hecho que recalentado, pero en casa nos gusta tanto esta mezcla de ingredientes que nos encanta incluso como tupper del día siguiente. Si utilizamos cuscús integral como es nuestro caso, es importante echarle un ojo para que no quede demasiado seco, así que quizá tengáis que añadir un poco más de caldo o agua si veis que absorbe muy rápido el líquido. También conviene dejarlo bien tapado si lo vais a guardar para el día siguiente, ya que la nevera seca mucho los alimentos.

Muchas recetas sugieren añadir mantequilla al cuscús cocido para desapelmazar. Nosotros optamos en su lugar por aceite de oliva virgen extra. El sabor es diferente, pero el efecto final sobre la textura es similar y, probablemente, más sano.

Casualidad

Muchas veces, paseando por las calles abarrotadas de Madrid, o mientras contemplo ensimismado los pies aburridos de mis compañeros de vagón de metro pienso en la casualidad. Cada día nos cruzamos con centenares —miles, incluso, a veces— de personas cuyas vidas transcurren por una vía independiente de la nuestra que, de golpe y porrazo, ¡zas!, se funde con nuestros raíles. Durante un segundo, quizá a lo largo de tres metros de acera, compartimos camino. ¿Adónde los dirigirán sus pasos? ¿Qué estarán pensando? ¿Serán hoy felices? Y como llegaron a nuestra vida, se van. Se diluyen de nuevo en el paisaje anónimo de la ciudad. Desaparecen para siempre.

Hay unos pocos, no obstante, que no se van. Algunos elegidos por el azar insisten en cruzar su zancada con la nuestra, y vuelven a aparecer al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente… Y, de entre ellos, solo un puñado pequeño, de los de mano de niña de dos años, se queda para hacer del nuestro un camino diferente. Nuestra vida se construye así entre decisiones y casualidades de un destino caprichoso que determina incluso cómo comienza a su vez la vida de tus hijos.

Un enredo imposible de decisiones y casualidades nos hizo dar con nuestros huesos en una ciudad vestida con boina a la que nunca quisimos venir. Un buscador veleidoso nos llevó un día a la bitácora de un papá que a su vez conoció por casualidad a la mamá de su vida. Y sin saber muy bien cómo aquel papá y aquella mamá se metieron en el puñado de esos pocos que repetían en la nuestra. Y después de dos años de paseos cruzados, nadie supo cómo, acabaron teniendo un papel fundamental en el nacimiento de nuestra segunda hija. Y aquella niña cuyo trayecto apenas comenzaba quiso dejar que la casualidad decidiera que tres matronas estuvieran de guardia y que fueran ellas y no otras quienes, por casualidad, atendieran a aquella mamá que tantas veces había soñado cómo quería que fuera su parto.

Y así, como sin querer, aquellas personas que ella no conocía fueron las primeras en cruzarse en su camino por casualidad, y por suerte. Y así, sin palabras que nadie pudiera entender todavía, aquella bebé se preguntó adónde se dirigirían aquellas chicas encantadoras vestidas de verde; qué estarían pensando; y si serían entonces felices como parecía serlo su mamá en aquella noche de luna casi llena de un mes cualquiera de octubre. Y todo, por casualidad.

«Alphabet»

Tenemos aún varios meses de margen antes de entrar de lleno en la vorágine de la elección de colegio para nuestra hija mayor. Sin embargo, la sensación de urgencia nos acompaña ya desde hace tiempo, y la conversación sobre el futuro educativo de las niñas aflora a menudo entre mamá y yo.

Admito que en este aspecto soy pesimista. Tengo que esforzarme por ser positivo y quedarme con la parte buena —que seguro que la tiene— de lo que quiera que logremos encontrar. Pero no me resulta fácil. Me cuesta arrancar de mi retina las imágenes de cualquiera de los reportajes que ponen sobre la mesa el desastroso panorama del sistema educativo que hemos montado entre todos. No es agradable dejar la educación de tus hijas en manos de un sistema tradicional y tradicionalista después de escuchar en la voz de neurólogos, pedagogos y psicólogos cómo hemos convertido la principal etapa formativa de nuestras vidas en una absurda carrera de borregos.

El último documental que hemos visto en casa relacionado con el tema ha sido «Alphabet», un largometraje austriaco de 2013 que continuó abriéndonos los ojos y, al mismo tiempo, hundiéndonos en la miseria. Me llama la atención que un producto sobre los niños de hoy en día y la educación dé ganas de llorar. Sí, se ha avanzado mucho en alfabetización; la educación universal y gratuita nos acerca más a la igualdad real de oportunidades. Pero, ¿por qué hemos dejado que los sistemas educativos de todo el mundo se hayan convertido en fábricas de corte uniforme y producción en masa?

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Lo menos bueno

El otro día os contaba por qué salimos tan satisfechos del Hospital Universitario de Torrejón después de que mamá diera a luz allí a nuestra segunda hija. Repetiríamos la elección sin dudarlo. Eso no quiere decir, obviamente, que no haya aspectos mejorables de la atención, de las instalaciones, etc. Lo bueno, sin embargo, es que la actitud del centro hacia las críticas constructivas y las sugerencias es impecable y, al menos desde la comunicación que mantuvieron con nosotros, en todo momento mostraron su predisposición al cambio si es para mejorar.

Os cuento hoy lo que menos nos gustó de nuestro paso por Torrejón.

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Un buen lugar para nacer

Cada nuevo episodio de alerta por contaminación nos aleja un poco más de esta Madrid a la que nunca quisimos venir, pero mientras el divorcio no sea definitivo, tenemos que reconocer que la vida en la gran ciudad tiene algunas ventajas. Quien como nosotros viene «de provincias» quizá no se haya siquiera planteado que en la capital uno pueda elegir libremente en qué hospital quiere que lo atiendan. ¿Qué va uno a elegir si hay un único centro hospitalario en su ciudad?

Esa libre elección incluye la posibilidad de decidir dónde intentarás que nazcan tus hijos. Supongo que para mucha gente no hay motivo alguno por el que modificar la designación del hospital que nos toca por defecto, de la misma manera que muchas familias no sienten la necesidad de plantearse si todas las maniobras e intervenciones que los sanitarios efectuaron a lo largo de su parto debieron haber ocurrido de aquella manera. Pero cuando te informas y te das cuenta de que muchas de las cosas que se consideran normales no deberían serlo tanto, la elección del lugar en el que traer a tus hijos al mundo pasa a tener un peso fundamental entre las decisiones importantes que debes tomar durante el embarazo.

Después de que las limitaciones de nuestra situación nos permitieran darle menos vueltas de las que nos habría gustado, nuestra segunda hija terminó naciendo en el Hospital Universitario de Torrejón. La suerte —hay quien dice que la luna— estuvo de nuestro lado y mamá pudo disfrutar —sí, disfrutar— un parto que poco tuvo que ver con el que ahora siente que sufrió hace ya casi tres años. El hospital de Torrejón atrae cada vez a más familias que buscan un lugar en el que, como mínimo, se las escuche. Por eso, por si alguien baraja esta opción entre las múltiples alternativas disponibles en Madrid, os cuento los aspectos más y menos positivos de nuestra experiencia —personal e intransferible— en ese centro. Empiezo hoy con el lado bueno de las cosas.

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Arroz al curry con verduras

Hubo en tiempo en que nos dio la fiebre por el curry. Después de una visita a Escocia en la que descubrimos que los restaurantes indios británicos poco tenían que ver con los que habíamos probado en España, tratábamos de imitar aquellas salsas sabrosonas y cremosas con más o menos acierto. Fundamentalmente todos nuestros platos repetían el mismo esquema: pochado de verduras, leche de coco y un buen toque de curry con una mezcla aleatoria de especias adicionales.

Esta semana se nos antojó repetir algo parecido e improvisamos un arroz meloso con curry y verduras que nos salió para chuparse los dedos. La preparación no puede ser más fácil y está tan rico que perfectamente puede hacer las veces de plato principal.

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