Mil niñas de color de rosa

2017 fue un año decisivo para el feminismo. De eso no cabe ya duda. También fue el año de la ofensa, y 2018 amenaza con seguir sus pasos en el camino de la indignación. Sumergidos en la mala costumbre de la lectura diagonal entre titulares capciosos y tuits prestos a la ambigüedad, es fácil saltar precipitadamente al charco de la discusión. Entono el mea culpa el primero. Quizá por eso, y a pesar de que cada vez sean menos los dispuestos a leerlas, no sobran explicaciones.

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Paciencia

—Espera, déjame que me lave los dientes y ahora juego contigo.

—Espera, cariño, que tengo que comer y ahora cuando termine te leo el cuento.

—Espera, chiquitina, que tengo que coger a tu hermana que está llorando.

—Espera, hija, que se me quema la comida y ahora te doy un papel para pintar.

—Espera, mi amor, que tenemos que ir a comprar un par de cosas antes de jugar.

—Espera un poco, que todavía no es la hora de merendar.

—Espera, que tengo que recoger la cocina antes de ir contigo.

—Espera, que no sé qué me está diciendo mamá y si me hablas tú, no la oigo.

—Espera, cariño, que ya falta poco para llegar.

—Espera, hija, que todavía no hemos pedido la comida al camarero.

—Espera, que te tengo que vestir antes de seguir jugando.

—Espera, que tengo que preparar la mochila para poder salir a la calle.

—Espera a mañana, hija, que ya es hora de ir a la cama y hay que madrugar.

—Espera un poco, que tengo que ir al baño y ahora sacamos la plastilina.

—Espera, que estoy mirando cuál es la mejor manera de llegar a la tienda.

—Espera, que te tienes que lavar los dientes y el morro antes de ir a jugar.

—Espera, que primero nos tenemos que duchar.

—Espera.


 

Y aún tengo los santos bemoles de espetarle a mi hija de 3 años que no tiene paciencia y que tiene que aprender a esperar. ¡Pero qué estoy diciendo! Si la pobre se pasa el día esperándome… Lo dije un día y lo repito una vez más: los niños no necesitan que introduzcamos frustraciones artificiales en su aprendizaje diario; la vida normal ya está repleta de lecciones al respecto.

Había una vez una familia

Había una vez una familia. Podríamos decir que constituía la familia prototípica de españolitos de bien. Papá y mamá trabajaban duro para poder pagar la guardería privada de su hija de 2 años. Fijaos si trabajaban duro que, además, habían recurrido a los servicios de una mujer nicaragüense para que se ocupara de la niña durante el día, la llevara a la escuela, la recogiera y le diera de comer.

Aquella mujer nicaragüense trabajaba en aquella casa madrileña desde las 8 de la mañana hasta las 7 de la tarde, hora en la que por fin papá y mamá podían disfrutar de su hija antes de acostarla. Todos estaban de acuerdo en que era una suerte que aquella mujer nicaragüense no tuviera hijos propios de los que ocuparse. Salvo por ese niño de 7 años que la esperaba en Nicaragua. Pero de aquel niño no iba este cuento.

Había una vez una familia que vivía en un mundo de locos.

Ahora, decidme, ¿de verdad nadie ve nada malditamente retorcido en el modelo que hemos elegido como sociedad para ser padres? Porque el cuento no es tal; es la historia real de una familia de carne y hueso. Una familia que trabaja para malpagar los cuidados de su propia hija a una mujer que malvive desviviéndose para hacer llegar algo de dinero con que sostener la precaria economía de su propia familia allende el Atlántico. Dos familias en dos extremos opuestos de la pirámide neoliberal. Dos familias que ni ven ni crían a sus hijos. ¿Cuándo nos volvimos así de locos?

Porteamos; conclusiones después de 3 años

A lo largo de las tres entradas anteriores os he contado cómo ha sido nuestra experiencia con el porteo desde el punto de vista de las herramientas: fulares, mochilas, complementos… Me queda, por tanto, cerrar con una reflexión acerca de lo que nos parece y ha parecido esta forma de transporte y, casi diría, de vida.

Lo intuíamos ya antes de tener a nuestra primera hija en brazos: portear nos encanta. Llevar a nuestras pequeñas tan cerca nos ha proporcionado momentos preciosos y anécdotas graciosas; nos da un gustirrinín de amor inigualable. Sin embargo, también nos ha traído dolores de espalda y de cabeza, y somos conscientes de que no siempre es la mejor alternativa. Hemos atravesado crisis de porteo y hemos experimentado cómo un carro puede salvarte la vida. Por eso, después de largos meses en los que era imposible mantener a nuestra hija mayor tumbada o sentada más de 5 minutos, hemos tratado de ir abriéndole hueco a una silla de paseo sin la que, después de tres años de porteo, hoy no sabríamos cómo sobrevivir.

Cada familia deberá encontrar el punto de equilibrio entre uno y otro método que mejor se adapte a sus circunstancias. Negar, en cambio, en redondo las ventajas de cada uno de los sistemas no dejaría de ser un pequeño sinsentido. Suficientemente compleja es la logística de un hogar familiar en nuestro modelo de sociedad y ciudad de hoy en día como para dejar de lado porque sí cualquier herramienta que pueda ayudar.

Así hemos sentido nosotros el porteo:

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Porteamos; los complementos

Así como la compra de una silla de paseo puede llevar aparejada la adquisición de un bolso a juego, unos guantes de paseo para el frío, una burbuja para la lluvia o un saco, también el mercado del porteo ofrece algunos complementos más o menos interesantes para hacer más versátil o más apañada la experiencia. Nosotros hemos probado algunos. Esto es lo que nos han parecido.

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Porteamos; la etapa toddler

Pasado el primer año y medio de vida de nuestra hija mayor sufrimos nuestra mayor «crisis de porteo». El verano llegó sin piedad y, solo de pensar en salir a la calle cargados con esa cantidad de kilos encima, nos derretíamos. Hacía ya algún tiempo que nuestra mochila Boba hacía mella en hombros, espalda y cadera durante las sesiones más largas de porteo, y hasta tal punto nos daba pereza sudar y sufrir que empezamos a portear más en brazos que en mochila.

Vislumbrábamos ya el final de una etapa que sabíamos echaríamos mucho de menos, pero no veíamos otra salida. Leyendo este año a Un papá como Vader se me saltaban las lágrimas solo de pensar en no volver a disfrutar de esa cercanía con nuestra hija. Pero decidimos intentarlo. Sabíamos que eran cada vez más las opciones para el porteo de niños grandes y casi todas las marcas empezaban a contar en sus catálogos con mochilas para el segmento toddler. Nos apetecía recuperar el hábito y, en cuanto el calor aflojó, dimos el paso. Hoy os cuento el segundo capítulo de la serie «Porteamos».

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Porteamos; la etapa bebé

Igual que al colecho, al porteo llegamos de la forma más natural. Llevar a nuestras hijas bien cerca de nosotros era lo que nos pedía el cuerpo. A eso se sumó el hecho de que ninguna de las dos haya aguantado nunca mucho tiempo a gusto en el carro, así que las distintas formas de porteo —siempre ergonómico, por favor— se convirtieron pronto en la única solución de desplazamiento que nos evitaba a todos dolores de cabeza.

Con el tiempo todas hemos sabido adaptarnos a las necesidades familiares de cada momento, y pasados un par de años supimos llegar a un compromiso razonable en el uso de la silla de paseo y la mochila de porteo. También nosotros como padres aprendimos que una y otra tienen sus ventajas, y somos de la opinión de que salimos ganando si aprovechamos lo mejor de cada sistema en lugar de aferrarnos de forma tozuda a una única alternativa.

Mientras nuestra hija mayor fue bebé probamos varios sistemas portabebé buscando la opción ideal para cada momento del año y cada etapa de su desarrollo. Estas son todas las fases que recorrimos con ella:

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